El euro: de moneda común a camisa de fuerza

marzo 19, 2011 · Imprimir este artículo

El euro: de moneda común a camisa de fuerza

Por qué la tasa de interés que es adecuada para Francia y Alemania no le sirve a Grecia, España e Irlanda

 

Los líderes europeos están pasando apuros para tapar las grietas de su gran experimento en el cual 17 países soberanos comparten una moneda.

El euro tuvo una primera década de vida sin mayores sobresaltos, tapándole la boca a los escépticos que entendían las razones políticas e históricas para su creación, pero hicieron hincapié en las dificultades económicas para hacerlo funcionar. Esas preocupaciones volvieron a cobrar fuerza el año pasado.

Se trata de una conversación, complicada por la abundancia de siglas, por la política local y por las rivalidades nacionales, que es difícil de seguir para quienes no son europeos. Pero se puede resumir en una contradicción y dos tensiones fundamentales.

La contradicción. El primer objetivo de Alemania y otros países es hacer que los rescates sean tan onerosos para los países que los reciben y sus acreedores privados que, de ahora en adelante, los gobiernos y los inversionistas cuiden más el bolsillo.

El segundo objetivo es persuadir a los mercados financieros de que hay un respaldo lo suficientemente contundente para que ningún gobierno caiga en cesación de pagos. Solamente entonces los inversionistas prestarán a tasas razonables a los gobiernos que necesitan dinero.

El inconveniente: mientras más presionan los líderes europeos en busca del primer objetivo, mayor es la probabilidad de que no consigan el segundo y desaten una oleada de ventas que puede generar el mismo tipo de rescate de los contribuyentes que intentan evitar.

Primera tensión fundamental. Se ha escrito mucho sobre la camisa de fuerza que supone una política monetaria para todos los integrantes de la zona euro. Conforme el Banco Central Europeo (BCE) coquetea con la idea de subir las tasas de interés, los problemas se vuelven más evidentes.

Alemania y Francia son tan grandes (representan 48% de la producción de la zona euro) que si el BCE establece tasas para el conjunto del bloque, los intereses adecuados para Alemania y Francia no lo son para el resto.

El economista de la Universidad de Stanford, John Taylor, diseñó una regla que usa la tasa de inflación y la brecha entre la producción real y la potencial para recomendar una tasa de interés. Compare la regla de Taylor con la tasa de corto plazo del BCE.

Para Alemania y Francia, las tasas del BCE son las apropiadas. En el caso de Grecia, España, y especialmente Irlanda, las tasas fueron demasiado bajas durante gran parte de la década pasada. El dinero barato generó un derroche de consumo e infló burbujas. Ahora, considerando el desempleo y las crisis bancarias, las tasas parecen demasiado altas.

La idea original era que los gobiernos nacionales iban a usar la política fiscal cuando la monetaria fuera demasiado laxa o demasiado rígida para sus economías. Pero no ha dado resultado. España e Irlanda tenían superávit fiscales, pero no lo suficientemente grandes para contrarrestar el dinero barato, los excesos de los bancos y las regulaciones inadecuadas. El límite a los déficit fiscales, por otra parte, fue evadido por casi todos.

Segunda tensión fundamental. Mediante la mejora de la productividad y la contención de los aumentos salariales, Alemania se ha vuelto más competitiva que otras economías de la zona euro.

El costo laboral promedio de fabricar algo en Alemania ha subido alrededor de 6% desde que comenzó a existir el euro, en 1999. En Francia, se incrementó 25% en el mismo período, en Italia 33%, en Irlanda 34%, en España 36% y en Grecia 41%. No es de extrañar, entonces, que Alemania se haya transformado en la locomotora exportadora de Europa.

Antes del euro, España e Irlanda habrían devaluado sus monedas para abaratar el costo de sus exportaciones. Su incorporación a la zona euro hace que tal opción sea imposible. Entonces necesitan alguna otra forma de competir con Alemania.

Una manera sería que Alemania aumentara los sueldos y tolerase una inflación mayor que la de sus vecinos. Alemania, sin embargo, no está interesada en esa posibilidad.

El resto de Europa, por lo tanto, tiene que recortar sueldos y aumentar significativamente la productividad (algo que es difícil de hacer rápidamente).
Fuente: The Wall Street Journal, 18/03/11.

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