El origen de la crisis migratoria

septiembre 15, 2015 · Imprimir este artículo

Las raíces de la crisis migratoria

 Por Walter Russell Mead.
Refugiados sirios en la estación de Kobanya-Kispest en Budapest enfrentan a la policía.
Refugiados sirios en la estación de Kobanya-Kispest en Budapest enfrentan a la policía. Photo: attila kisbenedek/Agence France-Presse/Getty Images

La crisis migratoria que envuelve a Europa y gran parte de Medio Oriente es uno de los peores desastres humanitarios desde la década de 1940. Millones de personas desesperadas están en movimiento: refugiados sunitas expulsados por la barbarie del régimen de Assad en Siria, cristianos y yazidis que huyen de la pornográfica violencia del Estado Islámico, millones más de todas las creencias y religiones que huyen de una pobreza y opresión interminable. Los padres están confiando sus vidas y las vidas de sus hijos a criminales sin escrúpulos que les hacen cruzar el Mediterráneo en pequeñas y desvencijadas embarcaciones; profesionales y empresarios están renunciando a sus medios de vida e inversiones; agricultores están abandonando sus tierras; y desde el norte de África a Siria, enfermos y ancianos andan por los caminos, llevando consigo unas pocas y preciadas pertenencias.

Esta es la primera crisis migratoria del siglo 21, pero es poco probable que sea la última. El auge de las políticas de identidad en todo el Medio Oriente y gran parte de África subsahariana está dando lugar a oleadas de violencia como las que destrozaron a los Balcanes y al Imperio Otomano en los siglos XIX y XX. Los odios y rivalidades que impulsan a comunidades en peligro de extinción al exilio y la destrucción tienen una larga historia. Es probable que también tengan un largo futuro.

Lo que estamos presenciando es una crisis de dos civilizaciones: el Medio Oriente y Europa se enfrentan a profundos problemas culturales y políticos que no pueden resolver. La intersección de sus fracasos y limitaciones ha hecho que esta crisis sea mucho más destructiva y peligrosa de lo que debería haber sido, incubando el riesgo de una espiral de mayor inestabilidad y violencia.

La crisis de Medio Oriente tiene que ver con mucho más que con el resquebrajamiento del orden en Siria y Libia o con los odios sectarios y étnicos que alimentan una serie de guerras desde Pakistán hasta el norte de África. En el fondo, son las consecuencias del fracaso de toda una civilización para superar o acomodarse a las fuerzas de la modernidad. Cien años después de la caída del Imperio Otomano y 50 años después de la retirada francesa de Argelia, Medio Oriente no ha podido construir economías que permitan a su población vivir con dignidad, ni ha podido construir instituciones políticas modernas ni labrar el lugar de honor y respeto en los asuntos mundiales al que sus pueblos aspiran.

No vamos a repetir aquí los múltiples fracasos acumulados desde que la derrota del Imperio Otomano por Gran Bretaña liberó a los árabes de cientos de años de dominio turco. Pero vale la pena señalar que en todo ese tiempo el mundo árabe intentó poner en práctica una serie de ideologías y formas de gobierno, ninguna de las cuales funcionó. El nacionalismo liberal de principios del siglo XX fracasó, al igual que el nacionalismo socialista de Gamal Abdel Nasser y sus contemporáneos. El autoritarismo árabe también fracasó: compárese la economía que Lee Kwan Yew construyó en un Singapur carente de recursos naturales con el legado de los Assad en Siria o de Saddam Hussein en Irak.

Hoy estamos asistiendo al fracaso del islamismo. Desde la Hermandad Musulmana al Estado Islámico, los movimientos islamistas no han tenido más éxito en la curación de los males de la civilización árabe que los movimientos seculares del pasado. Peor aún, el fanatismo y la brutal violencia nihilista de grupos como el Estado Islámico desprestigian también a las versiones más moderadas de la espiritualidad y el pensamiento islámicos.

Los turcos y los iraníes han tenido más éxito económico e institucional que los árabes, pero en Turquía y el Irán de hoy, el panorama es desolador.

Al mismo tiempo, las creencias y prácticas tradicionales de la región están siendo puestas a prueba por valores foráneos. A través de todo el mundo islámico, las mujeres están tratando de dar forma a ideas teológicas y sociales que reflejen mejor su propia experiencia. La ciencia moderna y la crítica histórica y textual plantean a la piedad islámica tradicional muchas de las preguntas que la ciencia del siglo XIX y la crítica bíblica plantearon al cristianismo. Los jóvenes siguen expuestos a información, relatos e imágenes que son difíciles de conciliar con las incuestionadas tradiciones con las que fueron criados.

En Europa y Occidente, la crisis es más tranquila pero no menos profunda. La Europa de hoy a menudo no parece saber adónde va ni cuál es el objetivo de la civilización occidental, o incluso si ésta puede o debe ser defendida. Cada vez más, la versión contemporánea del liberalismo de la Ilustración se ve a sí mismo como radicalmente opuesto a los fundamentos religiosos, políticos y económicos de la sociedad occidental. Valores liberales como la libertad de expresión, la autodeterminación individual y una amplia gama de derechos humanos se han convertido en la mente de muchos en algo independiente del contexto institucional y civilizatorio que les dio forma.

El capitalismo, el motor social sin el cual ni Europa ni EE.UU. tendrían la riqueza o la fuerza necesarias como para entregarse a los valores liberales con alguna esperanza de éxito, es a menudo visto como un sistema cruel y anti-humano que está llevando al mundo a una catástrofe climática maltusiana. La fuerza militar, sin la cual los Estados liberales serían abrumados por sus adversarios, es vista con recelo en EE.UU. y con aborrecimiento en gran parte de Europa. Demasiada gente en Occidente interpreta el pluralismo y la tolerancia de una manera inhibe la defensa activa de esos valores contra las amenazas de estados iliberales como Rusia o de movimientos antiliberales como el Islam radical.

El enfoque que Europa ha dado a la crisis migratoria pone estas limitaciones de relieve. La burocracia de la Unión Europea en Bruselas ha concebido un conjunto de doctrinas legales en términos de derechos absolutos y ha tratado de construir sobre dichas doctrinas su política. Inspirándose en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y otros ambiciosos tratados y declaraciones, la UE sostiene que quienes solicitan asilo tienen un derecho humano absoluto al mismo. Los burócratas europeos tienden a ver esto como una cuestión jurídica, no política, y esperan que las autoridades políticas pongan en práctica este mandato legal sin discusiones ni restricciones.

En muchos aspectos, este es un enfoque encomiable y honorable. Los europeos están obsesionados, y con razón, porque no se repita lo que ocurrió en la década de 1930, cuando los refugiados de la Alemania de Hitler a menudo no pudieron encontrar adónde ir. Pero las solemnes intenciones de “hacer lo correcto” no siempre conducen a una política correcta.

En Europa oriental y central, simplemente no existen las condiciones sociales y económicas para absorber la migración masiva de Medio Oriente. Los estados nacionales relativamente homogéneos desde el punto de vista étnico de aquella región son resultado de una historia marcada por múltiples guerras, limpieza étnica y genocidio. La independencia y seguridad de estos países es aún frágil, y la mayoría de sus ciudadanos todavía cree que el papel del Estado es proteger el bienestar de su propio grupo étnico y expresar sus valores culturales.

Las sociedades más grandes, más seguras de sí mismas y más ricas del oeste y el norte de Europa están mejor preparadas para hacer frente a la inmigración. Pero las reglas que funcionan para Alemania y Suecia pueden producir rechazos incontrolables en otras partes de Europa. Añádase a esto las continuas crisis presupuestarias y del sistema de bienestar social y el masivo desempleo juvenil en muchas economías de la zona euro, y es fácil ver que la capacidad de Europa para absorber refugiados tiene un techo.

El flujo de refugiados hacia Europa podría además crecer muy fácilmente. En el corto plazo, los intentos de Europa para dar la bienvenida y reasentar a los refugiados acelerará el arribo de éstos. La noticia de que países ricos como Alemania están recibiendo con sus brazos abiertos a los inmigrantes estimulará a muchos más a emigrar. Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, ha pedido a los Estados miembros que acepten 160.000 migrantes a través de un sistema de cuotas. ¿Cuál será la respuesta cuando el número de migrantes supere ampliamente ese número?

La UE no alcanza a ver que el problema de los refugiados y la política de asilo debe tener tres componentes claramente distintos: el abrazo compasivo a quienes necesitan ayuda; un esfuerzo sostenido para reducir el flujo migratorio mediante la corrección o prevención de los problemas que lo generan; y un régimen eficaz de control de fronteras que limite el número de refugiados y migrantes que llegan a la UE.

Hay una segunda dimensión a esta política que va en contra del sistema de creencias europeo: el tema de la seguridad. La cuestión humanitaria de los refugiados y de quienes buscan asilo no puede ser separado de la quiebra de la política de seguridad occidental en Siria y Libia, y ésta no puede desligarse de las dificultades de larga data que muchos estados europeos tienen para adoptar una actitud responsable en el terreno de la seguridad militar.

El sueño de una paz liberal y humanitaria, compartido por el gobierno de Obama y la UE, no será alcanzable en el mundo malévolo y complicado en el que vivimos. Y por cierto, no será asequible tampoco con el tipo de políticas que son hoy favorecidas en las capitales de ambos lados del Atlántico.

—Mead es profesor de asuntos exteriores y humanidades en Bard College, un distinguido académico de estrategia y habilidad política estaounidense de la Hudson Institute y editor de American Interest.

Fuente: The Wall Street Journal, 15/09/15.

Video: La crisis migratoria en Europa

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