La descapitalización del Banco Central de la República Argentina

julio 29, 2011 · Imprimir este artículo

Vaciamiento: cambio de reservas líquidas por “paga–Dios”

Por Agustín Monteverde

 

       La imposibilidad del gobierno argentino de recurrir al mercado de deuda voluntaria tiene su correlato en el endeudamiento con el Banco Central (BCRA).

       La autoridad monetaria viene financiando año tras año las arcas del Tesoro.

       Actualmente, el BCRA tiene bonos del gobierno por U$ 41.500 MM.

       Su tenencia de títulos públicos actual es 32 veces mayor a la del año 2000.

       La consecuencia directa de este financiamiento al Tesoro es que el BCRA está descapitalizado y, si fuera una institución privada, se la consideraría técnicamente quebrada.

       Buena parte de esos títulos públicos son letras de largo plazo no negociables en el mercado como contrapartida de las reservas apropiadas por el Tesoro para los pagos de deuda pública con acreedores privados.

       Por el pago al FMI en 2006 el BCRA recibió una letra por U$ 9.500 MM.

       Por los pagos a acreedores privados en 2010 recibió una letra por U$ 6.500 MM y este año hay pagos por U$ 9.500 MM.

       Los adelantos transitorios al Tesoro —que tienen poco de transitorios, pues vienen renovándose y ampliándose desde 2002— ascienden a $ 46.180 MM, lo que equivale a unos U$ 11.200 MM.

       A ello se añaden los U$ 2.300 MM de títulos públicos comprados por el BCRA durante la crisis de 2008 para sostener su cotización.

       Esas acreencias absolutamente ilíquidas y de muy dudosa recuperación representan más de 80 % del total de las reservas internacionales.

       En el año 2000 representaban menos de 10 %.

       Lo grave es que cuando la secretaría de Finanzas elabora sus informes sobre el stock y perfil de vencimientos de la deuda pública, los correspondientes a esas letras no son computados.

       Esto significa, concretamente, que el gobierno no proyecta cancelar esa deuda con el Central.

       Y si eso es así, entonces no debieran ser contados como activos realizables y habría que descontarlos del patrimonio del BCRA, que según la fantasía contable oficial se ubica en U$ 10.000 MM.

       Bajo las condiciones proyectadas por el gobierno, el BCRA es insolvente y requeriría una capitalización de casi U$ 30.000 MM.

       Esta situación se agrava cuando consideramos que persiste el vertiginoso crecimiento de sus pasivos monetarios –el circulante se expande a un ritmo de 42 % interanual sin que esto se compense con un incremento similar en las reservas-.

       Los problemas del BCRA no se limitan a lo expuesto: también está siendo vaciado por vía del perverso mecanismo de contabilización y distribución de supuestas utilidades.

       Como hemos explicado en diversas oportunidades, al tener el BCRA como misión la defensa del valor de nuestra moneda, la apreciación de las reservas -o lo que es lo mismo, la desvalorización del peso- no debiera ser contabilizada como ganancia.

       Aun si dejáramos a un lado esa flagrante incoherencia contable, se trataría -en el mejor de los casos- de una ganancia de capital, no realizada ni realizable; su realización requeriría la liquidación integral de la entidad.

       Por el año pasado, la perversa mecánica contable arroja nuevamente una ganancia a distribuir mientras que, si se computan los resultados operativos efectivamente realizables, el Central habría tenido un déficit superior a $ 6.000 MM.

       El modelo K -ese mismo que algunos ponderan porque “la economía anda bien, hay crecimiento y no hay empleo”- constituye el mayor destructor y devorador de riqueza que el país haya conocido.

       Por un lado, se ha deglutido el período más prolongado y de mejores términos de intercambio de nuestra historia, lo que significó varias decenas de miles millones de dólares para el fisco.

       Pero eso no le fue suficiente y debió recurrir a reiteradas subas de retenciones e impuestos y a la confiscación de los fondos jubilatorios.

       Cuando apenas había transcurrido un año del manotazo a las jubilaciones privadas y apenas dos meses de recibir los abultados dividendos extraordinarios del FMI, fue por las reservas internacionales y terminó quedándose por entero con el BCRA, la máquina de hacer dinero.

       Sin embargo, todos estos recursos no han sido suficientes para soportar el armado del gigantesco aparato mediático y clientelar y los niveles de derroche sin precedentes: también fue necesario expoliar otras cajas públicas con buena liquidez, como ocurrió con la ANSES, la sociedad de garantía de los depósitos bancarios (SEDESA) o el BNA.
Fuente: Massot / Monteverde & Asociados, julio 2011.

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