La opinión de los economistas

agosto 29, 2011 · Imprimir este artículo

Nobel

Por Enrique Szewach

 

César Milstein recibió el Premio Nobel de Medicina, en 1984,  por su trabajo acerca del sistema inmunológico y los anticuerpos monoclonales. Seguramente, si usted hubiera tenido un problema de corazón en 1985 y hubiera podido elegir cualquier médico del planeta para consultar, no se hubiera dirigido al eminente Dr. Milstein, por más premio Nobel que fuera. Hubiera preferido, con razón, a un especialista del corazón.

Los premios Nobel de medicina se otorgan a individuos que se destacan, dentro de su especialidad, en algún tema en particular, aunque no en todos.

Lo mismo sucede con los Premios Nobel de economía. Por lo tanto,  haber recibido dicho premio, no habilita a su poseedor a pronunciarse sobre cualquier tema vinculado a la economía, invocando su calidad de “laureado”.

Joseph Stiglitz recibió el Premio Nobel de economía en el año 2001, por sus trabajos sobre mercados con asimetría de información, junto con otros dos economistas, Akerlof y Spence.

Edmond Phelps, por su parte, recibió el Premio Nobel de economía en el 2006, por sus contribuciones al análisis de la política macroeconómica.

Por lo tanto, si usted tuviera un problema de política macroeconómica, ¿A quién consultaría entre los premios Nobel, a Don Joseph o a Don Edmond?

Pero claro, Stiglitz se ha encargado de tener “mejor prensa” y dice lo que muchos oídos “heterodoxos” quieren escuchar, por lo tanto, es consultado como si su Premio Nobel de economía, le hubiera sido otorgado por otra cosa.

Obviamente, no estoy diciendo que Stiglitz no sabe macroeconomía, después de todo es un economista y de los bien formados, lo que digo es que no es  un “Nobel” por ello.

Toda esta introducción no tiene que ver con el despecho, o con mis celos, porque Cristina  prefiera a Stiglitz y no a mí, como economista de cabecera. O que Amado lo lea a mi amigo Ken (no el de las barbies, sino Rogoff), en lugar de consultar esta columna, todos los domingos.

Tiene que ver, con que en la semana que pasó, se reunieron en una pintoresca ciudad del sur de Alemania (nunca en La Matanza), unos cuántos premios Nobel de economía, para una conferencia sobre la crisis global.

Allí, el inefable  Stiglitz ha insistido en recomendar para Grecia y otros países europeos, la receta argentina.  O mejor dicho, ha usado como ejemplo la extraordinaria recuperación argentina, de estos años, para demostrar que “hay vida después del default” y que no es gran problema, dejar de pagar la deuda, reestructurarla,  y seguir adelante, como lo prueba, claramente nuestro caso.

Efectivamente, hay vida después del default. Pero lo que no dice el amigo Joseph, que lo que él recomienda es un feroz ajuste que, al final del día, si la suerte acompaña, se puede transformar en recuperación.

Me explico. Tras el default y la crisis argentina, el salario real del 2002 cayó, en promedio, un 20%, (fue mucho más “entre puntas”) y el desempleo fue récord. La “vida” después del default, vino luego de, devaluar violentamente, ajustar hacia abajo el salario, las jubilaciones, y el nivel de actividad, a valores piso.

En otras palabras, para “vivir” después del default, los ciudadanos griegos tendrían que estar dispuestos a soportar una caída feroz de sus ingresos y su calidad de vida para, desde ese piso, empezar a recuperarse, si además, salen del Euro y encuentran algo equivalente a la soja, para empezar a exportar y crecer.

Lo que tampoco cuenta el amigo Stiglitz, es que, obviamente, un default de la deuda griega, implica una quiebra del sistema financiero, como pasó aquí. (En el caso europeo sería mucho peor por el tamaño relativo del mercado de capitales y el contagio sobre otros países).

De esa quiebra no se vuelve fácilmente, dada la desconfianza que se genera en los ahorristas y, por lo tanto, se “condena” al país, a carecer de un monto significativo de crédito, en especial a largo plazo, por mucho tiempo. 

En el caso argentino, por ejemplo, el crédito al sector privado que era del 22% del PBI en el 2001, es hoy, 10 años después, de la mitad.

En síntesis, claro que hay vida después del default, pero el “éxito argentino”, tuvo como condición inicial una feroz caída del salario real, y las jubilaciones, una gran devaluación, un cambio favorable de términos del intercambio, y la previa revolución productiva de la soja.

Y el “residuo” de la destrucción  del sistema financiero local en el 2001,  ha sido su limitado tamaño actual.

¿Será por eso que Cristina y Amado, ahorran en dólares?
Fuente: Perfil, 28/08/11.

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