La riqueza de las naciones (abril 2011)

octubre 30, 2012 · Imprimir este artículo

La riqueza de las naciones

Para crecer sostenidamente, un país debe aumentar su capital, invertir fuertemente en educación y generar clima de negocios

Cuando un conocido banquero argentino le preguntó a un gran productor avícola chileno cómo había conseguido liderar el mercado desde un establecimiento ubicado en un peñasco, el empresario contestó: «El maíz lo importo desde la Argentina y en los mercados que conquisté me aprecian mucho por la puntualidad en los envíos y la estabilidad en los contratos. Porque yo no exporto aves; exporto instituciones». La respuesta contiene una clave interesantísima sobre el desarrollo de las sociedades.

Los argentinos hemos sido educados desde nuestra infancia en la creencia de que nuestro país estaba predestinado a ser uno de los más ricos del mundo. Ese merecimiento provendría, sobre todo, de la disponibilidad de riquezas naturales, de la bendición que nos otorga un clima templado y de lo educada que es nuestra población. El hecho de que la Argentina haya sido una de las naciones más pujantes del planeta a comienzos del siglo XX agrega además la frustración de «ya no ser» y el deseo reivindicatorio, y casi mágico, de volver a ocupar «el lugar que nos merecemos».

Sin embargo, ni como habitantes nos situamos hoy entre los más ricos del mundo, ni el crecimiento que ha mostrado nuestro país en las últimas décadas nos augura un futuro mejor. Si bien siempre encontraremos algún culpable a quien responsabilizar por nuestras desgracias, deberíamos asumir que el cortoplacismo y las políticas erradas han sido las responsables de los pobres resultados que hemos obtenido como sociedad. En el afán de regresar rápido y sin escalas al supuesto sitio privilegiado que le correspondería a nuestro país, hemos equivocado el rumbo, que cada vez difiere más de aquel que, con tiempo y esfuerzo nos devolverá hacia un sendero de prosperidad y bienestar.

Creer que la simple disponibilidad de recursos naturales y de un clima favorable nos llevaría al desarrollo ha sido un error muy divulgado en la Argentina. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, fueron las naciones menos dotadas por la naturaleza las que más se desarrollaron. Al suplir la escasez mediante la educación, el ingenio, la austeridad y la calidad de las políticas públicas, muchas de ellas alcanzaron lo que la Argentina busca sin resultados desde mediados del siglo pasado. Entre 1960 y 2010, nuestro país ha crecido a un ritmo anual promedio del 2,3 por ciento. En ese mismo período, el mundo se ha expandido a una tasa anual del 3,7. De esa forma, la Argentina, que representaba el 1,6 por ciento del PBI mundial en 1960, vio caer su participación en la economía mundial a solamente el 0,8 en la actualidad.

Para crecer, un país debe aumentar su capital, es decir, invertir. También debe generar las condiciones para que crezca el empleo y esto implica invertir fortísimamente en educación. Finalmente, debe crear un clima en el que los productores de bienes y servicios se vean estimulados a aumentar su productividad incorporando tecnologías y conocimiento de última generación.

El aumento de la inversión depende de varios factores. La estabilidad en las reglas de juego, la seguridad jurídica, la rentabilidad empresaria y la disponibilidad de crédito a tasas razonables son condiciones muy necesarias. La Argentina nunca logró aunar esos ingredientes por un período prolongado de tiempo. En los últimos años, brillaron por su ausencia la seguridad jurídica y la estabilidad en las reglas de juego.

La inflación derrumbó la posibilidad de que el crédito a mediano plazo reapareciera. Sólo el aumento en la rentabilidad empresaria, generado por la licuación de deudas ocurrida en 2002, sumado a la excepcional situación externa y a políticas irresponsables de incentivo al consumo, ha permitido que la inversión se mantenga en niveles razonables en los últimos años.

Sin embargo, la pérdida en la competitividad provocada por la inflación y el deterioro que ya evidencian las cuentas públicas harán insostenible el aumento de la inversión en los próximos años, si es que se mantiene el rumbo actual de la política económica.

El segundo factor de crecimiento es el empleo. Y cuando hablamos de empleo debemos tener en cuenta la calidad de la educación de los nuevos empleados. Y en este campo, la Argentina también muestra un gran deterioro en la última década. Bastan como muestra los resultados de las pruebas de evaluación PISA de los últimos años.

No es de extrañar entonces que con baja inversión y un deterioro creciente en la calidad del empleo la productividad en la Argentina también haya mostrado un desempeño paupérrimo.

En definitiva, en las últimas décadas, la Argentina no ha podido generar la riqueza que nuestra sociedad considera que merece. Ni la inversión ha crecido de manera significativa, ni se ha creado suficiente empleo de calidad mejorando la educación, ni ha aumentado la productividad.

En vez de intentar un nuevo atajo, nuestro país debería dejar de mirar el pasado con nostalgia y cambiar el foco de su pensamiento. La riqueza de las naciones no está determinada por los recursos naturales. Viene dada por la educación de su gente, sus reglas de juego, las instituciones que se generan para proteger los derechos de propiedad y la estabilidad económica, que supone el combate constante contra la inflación. Nada de ello se crea de la noche a la mañana. Es la persistencia lo que convierte a una sociedad y a sus reglas en predecibles y atractivas.

La Presidenta se ufana de liderar el lapso de mayor crecimiento de la historia nacional. Se equivoca. Al atenuar el ciclo económico, se lograría que sea más duradero y estable. Las fanfarronadas del Gobierno sobre «los que quieren enfriar la economía» serían tomadas en cualquier país normal con la indulgencia de quien oye hablar a un adolescente. La moderación del ciclo económico es el método que se utiliza para crecer más durante más tiempo.

La educación es, como dijimos, fundamental. La mejora educativa permitiría que cada uno de nuestros habitantes pueda acceder a un mejor puesto de trabajo y que, por ende, la sociedad toda sea más rica. Pero no hay atajos tampoco aquí. Falta crear incentivos para que los docentes puedan capacitarse, desarrollarse y mejorar sus ingresos por sus méritos académicos y no sólo por «permanecer».

En definitiva, hay que concentrarse en el largo plazo. Al revés de lo deseable, el kirchnerismo promovió innumerables e innecesarias regulaciones, un pobre clima de negocios y la ausencia del crédito por el aumento de la inflación. Esas son las características salientes del «modelo».

La Argentina ha intentado nuevamente un falso atajo. Cuando la nueva frustración se agregue a nuestra triste historia de manías y depresiones, tal vez podamos comprender que no hay nada que inventar. Simplemente, una vez más, los argentinos deberemos entender que no hay razón alguna para justificar nuestra ya patética excepcionalidad.
Fuente: Editorial del diario La Nación, 30/04/11.

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