Los mitos de Wall Street

noviembre 12, 2011 · Imprimir este artículo

Es hora de derribar los mitos de Wall Street

Por Mike Mayo

 

Tener una postura negativa no le granjea a uno muchos amigos en el sector bancario. He trabajado de analista por los últimos 20 años, estudiando firmas financieras que cotizan en bolsa y decidiendo en cuál de ellas sería mejor invertir. Esta investigación se remite a inversionistas institucionales: fondos mutuos, fondos universitarios, fondos de retiro de empleados públicos, fondos de cobertura, y otras organizaciones con grandes cantidades de dinero. Pero durante la última década, especialmente en los últimos cinco años, la mayoría de los grandes bancos no han sido buenas inversiones. Es más, han sido inversiones pésimas, con pérdidas de 50%, 60%, 70% o más.

Los analistas supuestamente deben investigar el sistema financiero y deben ser capaces de desenredar los números de una compañía y decirles a los inversionistas cuál es la situación real de éstas. Hay unos 5.000 analistas financieros en Estados Unidos, de los cuales alrededor de 5% sigue el sector financiero, actuando como supervisores de compañías de ese país con un valor de mercado combinado de más de US$15 billones (millones de millones).

Desafortunadamente, algunos son poco más que porristas, temerosos de causar problemas en sus firmas, de enajenar a las compañías que cubren y de generar la ira de sus superiores. La proporción de firmas de Wall Street con una recomendación de venta sigue por debajo de 5%, a pesar de que cualquier estudiante de primer año de MBA puede decirle que 95% de las acciones no pueden ser ganadoras.

Con el paso de los años, he señalado ciertos problemas en el sector bancario —cosas como el riesgo excesivo, la remuneración desmesurada para los banqueros, la concesión más agresiva de préstamos— y por ello me han gritado, me han ignorado de manera descarada, me han amenazado con acciones legales y ejecutivos se han burlado de mí, todo con el fin de ablandar mi postura.

Una mirada profunda al mundo de las finanzas —con sus presiones de adaptarse y guardar silencio— podría ayudar a entender por qué otros lo han eludido. Y ello puede ofrecer algunas respuestas sobre cómo crisis tras crisis han golpeado a la economía estadounidense en la última década, tomando por sorpresa a los mercados, a pesar de las abundantes señales de advertencia.

Todo empezó en 1999, cuando era director gerente (el equivalente a socio) en Credit Suisse First Boston. Entonces, lo que más me preocupaba era la sensación de que las acciones del sector bancario probablemente cayeran a la baja.

Cinco años después de que EE.UU. promulgara la ley interestatal bancaria de 1994, que permitió que los bancos operaran en un estado y otro, las ganancias fáciles por consolidación se acabaron. Cuando los bancos no pudieron mantener su ímpetu de crecimiento a través de fusiones y reducciones de costos, dieron el paso lógico siguiente: otorgaron préstamos al consumidor. La lógica dictaba que esto significaba que la calidad de dicho crédito probablemente se reduciría, y, a la vez, crearía un mayor riesgo de que algunos de ellos resultarían en pérdidas. Al mismo tiempo, los sueldos para ejecutivos se disparaban, ayudados por las opciones sobre acciones, que pueden animar a los gerentes a asumir un mayor riesgo.

Para mi informe de 1.000 páginas sobre todo el sector bancario estadounidense, con reportes detallados de 47 bancos, no haría comentarios negativos sobre algunas acciones principales, sino todo el sector.

En las últimas décadas, la relación entre recomendaciones de compra respecto de calificaciones de venta no había sido tan desequilibrada, y en teoría, debería ser aproximadamente equivalente. Eso parece correcto, ¿no? Algunas acciones suben, otras bajan, debido a la dirección general del mercado o amenazas competitivas o cuestiones específicas de cada compañía. A finales de los años 90, empero, la relación era de 100 o más recomendaciones de compra por cada una de venta. Merrill Lynch daba calificaciones de compra a 940 acciones y de venta a solamente siete. Salomon Smith Barney: 856 recomendaciones de compra, cuatro de venta. Morgan Stanley Dean Witter: 670 compras y exactamente 0 ventas.

Los analistas casi nunca recomendaban la venta de acciones de compañías específicas, porque eso irritaría a esas firmas, que entonces se llevarían sus negocios de ventas de bonos, acuerdos bursátiles, adquisiciones, recompras u otras actividades de la firma del analista y se lo darían a otra. Si uno dice la palabra «vender» la suficiente cantidad de veces, uno se gana un largo e incómodo viaje en ascensor acompañado de quien pronto será el ex jefe de uno. Y aquí estaba, dispuesto a dar una calificación negativa a todo el sector bancario.

Cuando comenzaron los temblores de la crisis financiera en 2007, trabajaba en Deutsche Bank y fui a (la cadena de televisión por cable) CNBC en noviembre a expresar mis inquietudes. Dije que el costo total de la crisis podía acercarse a los US$400.000 millones, una cantidad que era mucho mayor a lo que cualquier otra persona calculaba en ese entonces, aun cuando esa suma resultó ser demasiado conservadora.

Llegué a este número combinando las pérdidas no sólo de bancos sino de otras partes del sistema financiero, incluso hipotecas y valores vinculados. El proyecto había sido difícil y tedioso, e integrantes de mi equipo se habían quedado en la oficina hasta la medianoche por varias semanas para extraer datos.

El número de US$400.000 millones era un estimado imperfecto, aun con todo ese trabajo, pero al menos podía ser más franco acerca de mi postura y ayudar a los inversionistas a sacar su dinero mientras la bolsa —y las acciones de la mayoría de los bancos de Wall Street— aún no reflejaban esas inquietudes.

También dije que el sector bancario tenía que dar un parte honesto acerca de la magnitud de su exposición a hipotecas y otros activos problemáticos. Al cabo de ocho años de advertencias acerca de una tormenta inminente, ahora gritaba desde la cima de la montaña, diciendo que era momento de buscar refugio.

Parte de la atención que generaron mis advertencias no fue tan positiva, incluso dentro de mi propia firma. Mis supervisores de Deutsche Bank me dijeron que debía evitar hacer esas clases de comentarios fuertes y negativos acerca del sector bancario en la prensa.

No mucho después de ello, fui convocado a una reunión en un piso superior del banco con un alto gerente de Deutsche Bank. Me dijo que a la firma no le gustaba ser vista públicamente como negativa sobre el sector bancario de EE.UU. a pesar de que la misma institución apostaba en contra de la bolsa.

A la larga, Deutsche Bank ganó US$1.500 millones en una de sus negociaciones con patrimonio propio durante la crisis, apostando contra valores respaldados por hipotecas. La firma terminó perdiendo alrededor de US$4.500 millones en total, mucho menos que la mayoría de los grandes bancos, en parte debido a sus firmes posiciones en corto en el mercado inmobiliario de EE.UU.

Pero lo único que entendí entonces era que yo estaba en un cono de silencio. El banco no interferiría con mi análisis del sector o mis informes de investigación, pero había una nueva regla de guardar silencio en cuanto a más apariciones periodísticas. Ya no podía hablarle a la comunidad financiera o a los inversionistas en general, sólo a inversionistas institucionales que eran clientes, y, como resultado de ello, los bancos podían minimizar más fácilmente sus problemas.

Un portavoz de Deutsche Bank dice, «Respaldamos plenamente la capacidad de nuestros analistas de publicar investigaciones independientes para beneficio de nuestros clientes».

Lo que necesitamos es una mejor versión de capitalismo. Esa versión empieza con la contabilidad: que los bancos operen con mucha latitud, pero que los de afuera puedan ver los números (los verdaderos números). También incluye la quiebra: que quienes ganan por los riesgos que asumen —acreedores, deudores y ejecutivos bancarios— también sean responsables de los errores. En cuanto a la regulación, EE.UU. podría inspirarse en Londres. En la última década, el equivalente británico de la Comisión de Bolsa y Valores de EE.UU. (llamada Autoridad de Servicios Financieros) despidió a gran parte de su personal y la reemplazó con personal de mayor calibre, con mayores salarios. Esto redujo la motivación de los reguladores de pasarse a trabajos más lucrativos del sector privado y mejoró la comprensión entre bancos y reguladores.

Una mejor versión de capitalismo también significa reducir la influencia de los grandes bancos. Todas las entidades de terceras partes que los supervisan necesitan suficiente latitud para servir de verdaderos mecanismos de control y equilibrio. Mi grupo de pares, el ejército de 5.000 analistas de Wall Street, puede ayudar a liderar la manera de brindar escrutinio sobre los mercados. Hacer esto implica un cambio de cultura para asegurar que los analistas puedan actuar con suficiente curiosidad intelectual e independencia como para analizar críticamente a compañías que cotizan en bolsa y que controlan una parte importante de la economía.
—Mayo es director gerente de Credit Agricole Securities. Adaptado de ‘Exile on Wall Street: One Analyst’s Fight to Save the Big Banks from Themselves’ («Exilio en Wall Street: La lucha de un analista por salvar los grandes bancos de sí mismos») (Wiley).
Fuente: The Wall Street Journal, 11/11/11.

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