Será difícil que los europeos acepten más ajustes

junio 12, 2011 · Imprimir este artículo

Será difícil que los europeos acepten más ajustes

Por Kenneth Rogoff

 

CAMBRIDGE, Estados Unidos – Europa se encuentra en una crisis constitucional. Nadie parece tener el poder de imponer una resolución razonable a la crisis de la deuda de sus países periféricos. En lugar de reestructurar la deuda insostenible de Portugal, Irlanda y Grecia (los PIG, por sus iniciales), los políticos y legisladores están presionando para que se adopten paquetes de rescate más grandes con condiciones de austeridad menos realistas. No están pateando el problema, sino empujando una bola de nieve montaña abajo.

El problema sigue siendo económicamente manejable. El crecimiento de la eurozona es respetable, y los PIG representan sólo 6% de su PBI. Pero al argumentar que estos países se enfrentan a una crisis de liquidez, los funcionarios del euro están poniendo en riesgo todo el sistema. Importantes economías de la eurozona, como España e Italia, padecen grandes problemas de endeudamiento, especialmente si se tiene en cuenta su crecimiento anémico y su falta de competitividad. Lo último que necesitan es que se haga creer a la gente que las reformas económicas pueden esperar.

Los funcionarios de la Unión Europea sostienen que sería catastrófico reestructurar las deudas de cualquier miembro. Es el caso del contagio que ocurriría si se reestructura la deuda griega. Dejará de propagarse cuando Alemania erija un cortafuegos creíble, probablemente en torno a la deuda de los gobiernos español e italiano. Este es el tipo de solución realista que uno vería en una zona monetaria integrada. ¿Por qué los líderes europeos encuentran inimaginable esta solución?

Tal vez porque creen que no tienen los mecanismos de gobernanza necesarios para elegir ganadores y perdedores. Las instituciones débiles de la Unión Europea disponen de menos del 2% del PBI de la eurozona en ingresos fiscales. Cualquier tipo de decisión audaz requiere unanimidad. Es un «todos para uno y uno para todos», independientemente de su tamaño, posición de deuda y capacidad de rendición de cuentas. No tiene sentido elaborar un plan B si no hay autoridad para ejecutarlo.

Si el crecimiento de la eurozona supera las expectativas en los próximos años, los balances de los bancos se fortalecerían y los bolsillos de los contribuyentes alemanes se volverían más voluminosos. Los países periféricos podrían experimentar crecimiento para ir cumpliendo sus compromisos de austeridad.

Es más probable que la estrategia de hoy conduzca a un estallido y a una reestructuración desordenada. ¿Por qué el pueblo griego tendría que aceptar años de austeridad y lento crecimiento en aras de apuntalar los sistemas bancarios francés y alemán? Como el profesor de Stanford Jeremy Bulow y yo mostramos en nuestro trabajo sobre la deuda soberana en la década de 1980, rara vez se puede exprimir a los países para que realicen pagos netos (pagos menos nuevos préstamos) a entidades extranjeras de más de unos cuantos puntos porcentuales y por algunos años. La estrategia de la UE y el FMI pide que estos pagos se realicen a lo largo de una o dos décadas. Tiene que hacerlo, no sea que los contribuyentes alemanes se rebelen ante la perspectiva de tener que pagar por Europa a perpetuidad.

Quizás esta vez sea diferente. Tal vez el encanto de pertenecer a una creciente moneda de reserva haga que una recesión y austeridad sostenidas sean posibles. Lo dudo.

Contra todos los pronósticos y la lógica histórica, parece que Europa va a mantener el liderazgo del FMI. En su resignación a la inevitable elección del primer puesto, los líderes de los mercados emergentes no parecen darse cuenta de que todavía deben desafiar la prerrogativa de los Estados Unidos de nombrar al poderoso número dos del Fondo. El FMI ya ha sido generoso con los países PIG. Una vez que se enclave el nuevo equipo pro rescate, sólo podemos esperar más generosidad, sin importar si estos países adhieren a sus programas.

Un FMI con gran permisividad es lo último que Europa necesita en estos momentos. Con su crisis constitucional, hemos llegado exactamente al momento en que el FMI debe ayudar a la eurozona a tomar decisiones difíciles que no puede adoptar por sí misma. El Fondo debe crear programas para Portugal, Irlanda y Grecia que restablezcan la competitividad y reduzcan la deuda, y les ofrezcan una esperanza realista de un retorno al crecimiento. El FMI debe impedir que los europeos permitan que su parálisis constitucional convierta la bola de nieve de la eurozona en una avalancha mundial.

En ausencia del FMI, la única institución con capacidad de actuar es el Banco Central Europeo. Pero si el BCE asume por completo el papel de «prestamista de último recurso», caerá en la insolvencia él mismo. No es manera de asegurar el futuro de la moneda única.

Tal vez sea suficiente un colapso del tipo de cambio del euro, generando un auge de las exportaciones. Tal vez Europa entre en un auge de todos modos. Pero es difícil ver cómo la moneda única puede sobrevivir sin un paso decisivo hacia una unión fiscal sólida.-
El autor es profesor de Economía en la Universidad de Harvard y fue economista jefe del FMI.
Fuente: La Nación, 12/06/11.

 

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Kenneth Rogoff: “Si España quiebra, podría caer hasta Francia”

 

Cuando cumplió 13 años, al hoy afamado economista Kenneth Rogoff le regalaron un tablero de ajedrez, con sus correspondientes 16 piezas blancas y sus 16 piezas negras. Y su vida cambió. Empezó a manosear las figuras, a moverlas, y a los meses descubrió que era un prodigio. A los 14 ya era “maestro” en Estados Unidos –aunque  se cuidaba mucho de no mostrar su talento en el colegio por miedo a que sus compañeros le atizasen– y a los 16 –en contra de la voluntad de sus padres–  dejó el instituto y se instaló solo en  Sarajevo  para competir en los grandes torneos. Con los premios que ganaba y  las exhibiciones que hacía de su maestría  –a veces compitiendo contra decenas de contrincantes simultáneamente, incluso con los ojos vendados– vivió como un marqués durante varios años recorriendo países, en particular España. “Hasta casi los 40 años no conseguí ganar como economista lo que lograba haciendo jaques mates”, dice Rogoff, que hoy tiene 57 años. Entre las anécdotas de la vibrante juventud de este neoyorquino sobresalen dos: que el mítico, y algo loco, genio Bobby Fisher quedó maravillado con unas sus partidas, que glosó en un artículo, y el haber disputado la partida más larga de la historia –véase el Libro de los Guiness–. A finales de los 70, tras haber conseguido su ansiado título vitalicio de gran maestro internacional, metió el juego de ajedrez en un cajón y decidió no volver a jugar nunca más  para así entregarse en cuerpo y alma a su otra pasión: la economía. “Tuve que dejarlo del todo y decidir no volver a jugar, ni siquiera partidas de placer”.

En economía no existe el título de gran maestro internacional, pero bien le podrían otorgar este laurel. Rogoff es hoy una de las voces más respetadas, codeándose con Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Ha sido economista jefe del FMI y es hoy profesor en la Universidad de Harvard. Su nuevo libro –Esta vez es diferente, firmado junto a Carmen Reinhart–  se ha convertido en un best-seller. Y eso que el hilo conductor es el análisis, nada fácil, de los últimos 800 años de crisis financieras.

Ahora ya no necesita matar al rey para ganarse la vida, pues con sus libros y conferencias le sobra. La última la dio en la Fundación Rafael del Pino, donde no cabía –y no es exageración– ni un alfiler.

–¿Qué ha aprendido del ajedrez que haya aplicado a la economía?

–He aprendido mucho de este juego. El ajedrez te enseña a permanecer tranquilo cuando cometes errores, porque incluso los mejores ordenadores yerran. Y los humanos comentemos muchas equivocaciones. Uno típico es hacer un mal movimiento después de detectar que has hecho un mal movimiento. Pero para ser competitivo y seguir luchando te tienes que quitar de la cabeza que has metido la pata. En el campo de la economía se tiende a pensar que está lleno de gente simpática, pero la realidad es que son personas rudas que a veces intentan hacer pedazos tu trabajo de dos años mientras lo estás presentando ante el público. Y esto me ha ocurrido en el FMI , donde ha habido muchas situaciones estresantes [se refiere, entre otras cosas, a las críticas al papel de la institución y las políticas de austeridad que imponía a los países en apuros], en las que hay que permanecer en calma. También te enseña a pensar cómo piensan las otras personas: hay que preguntarse por qué mi rival hace lo que hace. Igualmente, en gran parte de mi trabajo he utilizado la teoría de los juegos, que es extremadamente matemática y a mucha gente le resulta un hueso duro de roer. Yo lo aprendí de forma muy natural, en parte por las enseñanzas del ajedrez para resolver problemas.

–¿Y qué tal mueven las fichas en el tablero de la crisis los políticos?

–Podría habría sido peor [risas]. En general, durante esta crisis las cosas se han hecho mucho mejor que durante la Gran Depresión. Creo que se ha aprendido. El reconocimiento de que podríamos enfrentarnos a una segunda Gran Depresión ha ayudado a que las políticas sean mejores. Por supuesto, no estoy de acuerdo con todo lo que se ha hecho. Los políticos han sido demasiado cautos en algunas fases, particularmente con las garantías bancarias y con los rescates bancarios. Y demasiado generosos, demasiado agresivos, con el dinero de los contribuyentes, empezando por Irlanda.

Rogoff, un hombre alto, delgado, con unas gafas de fina montura, no tiene demasiada buena opinión de las corrientes de pensamiento dominantes en su profesión. Y no le importa decirlo alto y claro. “Los especialistas en macroeconomía fueron demasiado confiados, existía esa creencia religiosa en los mercados financieros como si fuesen casi perfectos, se creía que habíamos encontrado formas de aplanar los ciclos económicos. Y eso nos llevó a modelo equivocados que ahora han sido barrido por la crisis financiera”. Otra cosa que ha barrido, dice, es la dialéctica entre liberales –menos intervención estatal en la economía– y keynesianos –más protagonismo de lo público–, aunque no lo parezca a tenor de las portadas de los periódicos y el juego de los políticos. “Creo que el gran movimiento sísmico en el campo de la macroeconomía es que hay una convergencia hacia un mayor análisis de los datos. La profesión piensa que si quieres demostrar que eres un genio tienes que hacer algún tipo de modelo matemático propio de la física y que recabar datos no exige mucho talento. Ambos grupos han acabado por aceptar que necesitamos un modelo simple”. Rogoff no sólo piensa que la guerra entre liberales y keynesianos es “cosa del pasado”  sino que afirma que Keynes nunca ha tenido razón. Ni vivo ni muerto. “Muchos dicen que esta crisis demuestra que Keynes acertó. No lo veo. Llevamos cincuenta años estudiando sus ideas y no tenemos apenas evidencia empírica de que sus teorías sobre política fiscal fueran ciertas “.

Cambiamos de tercio, y pasamos de la economía teórica a la práctica. España es un país que el profesor de Harvard conoce bien y cuya geografía a recorrido con el tablero de ajedrez a cuestas. Pero apenas sabe encadenar algunas palabras en español, una prueba de que hasta los prodigios se topan con barreras que les cuesta franquear.  “No soy muy bueno en idiomas, y eso que he intentado aprender el español”, dice. Lo que desde luego se le da mejor es diagnosticar y pronosticar la salud de las economías estatales.

–¿España, que fue el primer país del mundo en quebrar en la época de Felipe II y que lo ha hecho más de una decena de veces en su historia, va camino de una nueva suspensión de pagos?

Creo que hay una alta probabilidad de que España necesite ayuda de Europa. Y será así porque en algún momento Grecia, Irlanda y, probablemente, Portugal tendrán que reestructurar su deuda. Y cuando esto ocurra los mercados se volverán locos y España necesitará algún tipo de auxilio. De hecho, si no existiese Europa, ya lo estaría pasando mal. Pero me resulta inimaginable que Europa deje que España quiebre sin prestarle ayuda. Si suspende pagos, la cosa no acabará aquí. Se extenderá por Bélgica, Italia… incluso Francia. La deuda española ya está en un nivel difícil de manejar pero si se añade otro 30% ya no será gobernable de ninguna de la formas. Europa tienen que marcar una línea roja en el caso de España.

–¿Cómo ve la economía española?

Sin duda, el gran reto para España es cómo crecer. Con un 20% de paro, hará falta suerte para que el PIB avance algo este año. Un crecimiento del 3% o del 4%, necesario para reducir el desempleo, es poco probable en el medio plazo. Y está claro que España necesita una profunda reforma estructural de su economía.

–¿El Gobierno de Zapatero no ha hecho lo suficiente?

–El Gobierno no se ha movido con rapidez pero está haciendo cosas. Iremos viendo con el tiempo su impacto y cómo se aplica en la práctica pero realmente se necesitan medidas de calado. Particularmente, el mercado laboral. España, sin embargo, es un país con numerosas fortalezas y no se puede comparar con otros países. Tiene multinacionales que son excelentes, tiene regiones como Cataluña que, aislada, sería uno de los países más ricos del mundo… Pero, desde luego, sin crecimiento todos los planes de reestructuración de la deuda no serán sostenibles.

–¿Tendremos una década perdida?

Un estancamiento de cinco años es un escenario bastante realista.

Para elaborar su enciclopédica obra –Esta vez es diferente. Ocho siglos de locura financiera, un libro que todavía no está traducido al español, “lo cual es increíble dado que está en casi todas las lenguas, hasta las menos habladas”– Rogoff ha buceado durante años por los sótanos de bibliotecas raras y vetustas, ha rebuscado viejos periódicos –hasta monacales-, y ha tenido que mendigar datos a los bancos centrales, que no los dan con facilidad. Al final, tras haber escrutado casi mil crisis económicas y financieras, ha confeccionado uno de los mayores cuadros estadísticos de la historia.

–¿Ha estado mirando los últimos 800 años de historia económica, qué ve cuando cuando se asoma al futuro?

Está claro que el mundo está evolucionando a una gran velocidad, cultural, económicamente…El impacto de la emergencia de Asia es simplemente extraordinario y va mucho más allá de la economía. África es otro ejemplo. China está empezando a jugar un gran rol en África, y ambas culturas son muy diferentes en sus valores. ¿Qué pasará en África? Ésta es una de las grandes preguntas, incluido el futuro del norte de África. Vivimos en un mundo de cambios. La previsión con más posibilidades de acertar es que Asia y los mercados emergentes sigan creciendo más rápido que las economías desarrolladas, y que mucha gente siga saliendo de la pobreza.

–¿Algún desafío a corto plazo?

–El gran reto para el mundo en los próximos años es la desigualdad. Ha sido un gran problema antes de la crisis financiera y, ahora que estamos saliendo de ella, es un problema de proporciones mayores. Los ricos vuelven a estar mejor mientras que los pobres tienen que hacer frente a más paro, a precios más altos de los alimentos… El norte de África es un buen ejemplo. Habrá grandes movimientos migratorios en el mundo, problemas internos en EEUU, en China… y seguro que también en España. La desigualdad es una de esas cosas que están latentes y calladas y un día estallan. En Estados Unidos es posible que acabemos teniendo un presidente muy populista en 2012 ó 2016. Y sobre Alemania se suele comentar lo bien que va la economía, pero lo cierto es que la clase trabajadora está muy enfadada.

Rogoff podría hablar horas y horas de economía –es probable que Estados Unidos lo pase mal con su deuda, las empresas cada vez necesitan menos trabajadores…– pero el ajedrez ejerce sobre él un poder casi sobrenatural, magnético. Cuando acabamos la entrevista, justo después de que haya degustado unos cookies, le ofrecemos que sujete dos piezas, un rey blanco y una reina negra, para hacerle unas fotos. Y de repente, alguna reacciona química o psicológica se opera en su cerebro. Mira las piezas con fascinación y, como si fuese aquel niño prodigio al que le acaban de regalar un tablero de ajedrez, le dice al periodista: “Lo ves, ni un día dejo de pensar en ello”.
Fuente: Revista Capital. Madrid, 04/04/11.

Kenneth Rogoff

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