Argentina, Griesa y Moyano

noviembre 26, 2012 · Imprimir este artículo

Refranes
Por Enrique Szewach

Pese a su impronta nacional y popular, el gobierno argentino desconoció dos apotegmas clásicos de la literatura gauchesca.

Uno, recuerda aquello de que “no hay tiento que no se corte, plazo que no se cumpla, y deuda que no se pague”. El otro, aconseja “hacete amigo del juez, no le des de qué quejarse…”.

Y estos olvidos se han puesto de manifiesto, ahora, con el dilema generado por la forma en que un Juez de Distrito de Estados Unidos, “clarificó” su sentencia de febrero pasado. Ya le había contado, desde esta columna, que lo que estaba en discusión, en esta etapa, no era si la Argentina le tenía que pagar o no, a tenedores de bonos de deuda en default, lo que debía definirse era el “como” y ese momento llegó.

Obviamente, el gobierno de los Kirchner no es directamente responsable, ni del endeudamiento original, ni del default posterior. Le tocó el trabajo sucio de solucionar el problema, en compañía del resto de los políticos que apoyaron sus decisiones.

Si lo que se hizo, y si la estrategia de negar unilateralmente la existencia de la deuda en default fue lo mejor, se definirá en las próximas semanas o meses. Por el momento, eso es tema de abogados y jueces, no de políticos, o economistas.

En todo caso, los políticos, como en el endeudamiento, o el default del 2001, tendrán la responsabilidad de decidir, dado el resultado de la gestión judicial, y las alternativas técnicas que se presenten, si las hay, qué es lo que más le conviene a los argentinos, para su presente y su futuro. Lo discutiremos en su momento, con los fallos firmes.

Sin embargo, sólo arriesgo, por ahora, que lo menos sensato, desde mi humilde punto de vista, sería intentar desconocer las decisiones del juez, en lugar de, como debió hacerse en el caso de la Fragata Libertad, depositar la garantía, y seguir adelante, agotando todas las instancias judiciales disponibles.

Dicho esto, quiero volver al tema de la semana, que no fue, precisamente, el de un fallo judicial, más anunciado que el soterramiento del Sarmiento, si no el paro general convocado por el ahora rubio Moyano y cía.

Y este fue el tema central, porque explicitó una de las cuestiones de fondo de lo que le sucede a la economía argentina: La explosión del gasto público financiada con récord de presión impositiva e impuesto inflacionario, ya no es un “activo” del gobierno, si no un “pasivo”.

De la misma manera que ya se había transformado en un pasivo destruir el mercado de la energía, que llevó a las restricciones a las importaciones, para conseguir los dólares necesarios para pagarle a los de afuera, lo que no queremos pagarle a los de adentro, por el petróleo y el gas.

Y de la misma manera que será, en un futuro no tan lejano, un pasivo, la “pesificación forzada” de los ahorros de los argentinos, que, por ahora, resulta benigna, en la medida que le pone un piso al consumo de bienes durables y aumenta la oferta de fondos prestables a muy corto plazo.

Y esto me lleva, de nuevo, al problema de la deuda externa. Desendeudarse pagando es una cosa. Desendeudarse desconociendo a los acreedores es otra.

Hay muchos temas pendientes en el frente externo, no sólo el de los bonistas que no entraron al canje voluntario. Está la deuda con los Estados miembros del Club de París o los fallos no cumplidos con el tribunal arbitral del Banco Mundial.

El gobierno ha obligado a los argentinos a realizar un enorme esfuerzo para cancelar deuda externa y reemplazarla por deuda interna. Esfuerzo derivado de no pagar sólo intereses, si no también el capital que va venciendo. Ese esfuerzo sólo tiene sentido, si eso le permite, tanto al Estado como a las empresas del país, financiar inversión necesaria con fondos a tasas bajas y plazos largos.

Pero si el mercado internacional de capitales está cerrado para la Argentina, pese a su solvencia financiera, solvencia conseguida, insisto, con ajuste interno, entonces ese ajuste resulta inútil e insensato y también se transforma en un pasivo importante, porque obliga al financiamiento en el reducido mercado local, o al uso de la emisión del Banco Central.

Y el uso de la emisión del Banco Central impide una política antiinflacionaria coherente, que incluya otra política cambiaria, lo que obliga, a su vez, a mantener las restricciones al movimiento de capitales, otro pasivo de la política actual del gobierno.

Como puede apreciarse, recordando al famoso filósofo tucumano, “Todo tiene que ver con todo”.

Fuente: Perfil, 25/11/12.

Enrique Szewach

Enrique Szewach

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