Argentina y la trampa inflacionaria

julio 2, 2012 · Imprimir este artículo

Trampa

Por Enrique Szewach

 

A sólo pocos meses de un triunfo electoral rotundo, y a varios años de una nueva renovación presidencial, no parecía razonable, visto desde “afuera” de la política, que fuéramos a asistir a un escenario tan complejo dentro de la interna oficialista.

Los politólogos atribuyen esta situación a la ausencia, al menos por ahora, de un candidato potable para la continuidad del proyecto cristinista, y a la necesidad, por lo tanto, de habilitar, luego de las próximas legislativas y reforma constitucional mediante, nuevos mandatos para la Presidenta, o al menos, esmerilar, desde ahora, las chances de eventuales candidatos alternativos, para que sea ella quién tenga el monopolio de determinar su sucesión.

Pero más allá de las razones políticas que han agitado el escenario argentino de estos días, resulta innegable (afortunadamente para la profesión), que la economía ha provisto una buena excusa para la pelea.

Por un lado, la falta de actualización por inflación del mínimo no imponible y de las escalas del impuesto a las ganancias, y del tope del monto del salario a partir del cual los trabajadores dejan de percibir el salario familiar, le han permitido a Hugo Moyano  convertirse en el líder indiscutido de los asalariados con sueldos altos.

Por el otro, el deterioro de los ingresos fiscales,  derivado de la desaceleración de la economía, junto a la cuasi indexación del gasto público (a la verdadera tasa de inflación), le ha facilitado al gobierno nacional cargar contra la administración Scioli, transfiriéndole fondos discrecionalmente, pero no los suficientes como para solucionar sus problemas y, a la vez, acusándolo de mal administrador.

Curiosamente, Moyano le hace un paro al contenido inflacionario del impuesto a las ganancias, mientras que la Presidenta puede cerrar las cuentas fiscales de la Nación, y jactarse de buena administradora, gracias a la contribución a los ingresos federales, de la porción inflacionaria del impuesto a las ganancias y del uso y abuso de la emisión monetaria y de las reservas internacionales del Banco Central.

Lo que para uno es el problema,  para la otra es la solución.

El impuesto inflacionario que deteriora el poder de compra, al menos de los salarios más elevados, es el mismo que le permite al gobierno central, mantener los subsidios al consumo, pagar los sueldos y jubilaciones en tiempo y forma,  “cerrar las cuentas” y cederle, graciosamente, parte a los gobiernos provinciales.

Pero lo cierto es que el impuesto inflacionario, en los valores actuales, empieza a transformarse en una trampa, y deja de ser un problema/solución.

La Argentina presenta una fuerte distorsión de precios relativos (entre los bienes que se comercializan internacionalmente y los servicios –incluyendo el gasto público y el costo laboral-), por acumulación de diferencias entre el ajuste del tipo de cambio nominal y la tasa de inflación.

Esta distorsión, focalizada sobre todo, pero no solamente, en los precios de la energía, ha deteriorado el saldo del balance comercial y ha incentivado la dolarización de portafolios (por falta de activos indexados en pesos, en el referido contexto de alta inflación). Como respuesta a esta realidad, el gobierno decidió racionar la venta de dólares de las reservas del Banco Central. 

Este racionamiento y su  burocrático esquema de instrumentación, a su vez, generó una brecha cambiaria importante entre el precio del dólar oficial y el “libre”, que también presiona sobre la tasa de inflación.

Asimismo, el racionamiento, al disminuir las importaciones, afecta el nivel de actividad y la recaudación fiscal asociada al comercio exterior y al crecimiento económico.

La menor recaudación, como se mencionara, en un contexto de aumento de gastos a un ritmo parecido a la tasa de inflación, genera un mayor déficit fiscal en la Nación y en las Provincias, lo que obliga a mantener un elevado impuesto inflacionario y a recortar obra pública, o el pago a proveedores del Estado.

Hechos que, a su vez, desaceleran aún más el nivel de actividad, sin reducir la tasa de inflación, incentivando otra ronda de déficit fiscal, impuesto inflacionario, etc. etc.

Por lo tanto, o se sale de la trampa inflacionaria, por las buenas, con un replanteo ordenado de la política fiscal, monetaria y cambiaria, (aprovechando que, tal vez, el “Lotosoja” ayude), o se sale por las malas, con mucho más costos.
Fuente: Perfil, 01/07/12.
Más información: www.szewachnomics.com.ar

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