Cómo mata el ébola día por día

octubre 13, 2014 · Imprimir este artículo

Cómo mata el ébola día por día

Diario de un enfermo.El implacable avance de la enfermedad y una mirada sin precedentes sobre cómo asesina el virus a pesar de los dramáticos esfuerzos de los médicos.

Murió Thomas Eric Duncan, el primer caso de ébola en EEUU. (AP)

Murió Thomas Eric Duncan, el primer caso de ébola en EEUU. (AP)

A pesar de cinco días de tratamiento intensivo, la salud del paciente Thomas Eric Duncan, internado con ébola en un hospital de Texas, se estaba deteriorando.

Para la mañana del 2 de octubre, las enfermeras notaron que había sangre en la orina del liberiano y que sus heces eran cada vez más oscuras. Los estudios de laboratorio revelaban signos preocupantes de fallas en el hígado y en los riñones. Los médicos sospechan que el paciente de 45 años estaba cayendo además en una insuficiencia respiratoria.

Pero de repente, apareció un signo esperanzador. Duncan tenía hambre.

A las 3:45 de la tarde, las enfermeras ayudaron a sentar al paciente en su cama y le dieron una colación: una paquete de galletitas de agua y Sprite. No era mucho, pero un milagro así no iba a ser pasado alto entre el personal médico del Hospital Dallas Texas Health Presbyterian.

«El paciente indica que ‘ahora se siente feliz», anotó la enfermera en la historia clínica.

Seis días después Duncan moría. La primera persona diagnosticada con ébola en EE.UU. era también la primera persona en morir por esa enfermedad.

Cientos de páginas de informes médicos entregados a la agencia Asociated Press relatan el implacable  avance de la enfermedad sobre el cuerpo de Duncan y proporcionan una mirada sin precedentes sobre cómo mata el ébola a pesar de los dramáticos esfuerzos de los médicos por salvarlo.

28 de septiembre.

Una ambulancia lleva a Duncan a la entrada de emergencias del hospital. Era poco después de las 10 de la mañana. Unas 55 horas antes, el paciente había estado en el mismo lugar, quejándose de dolor de cabeza y dolores abdonimlaes. Su temperatura había trepado a 39,4°, y en una escala del 1 al 10, describía el dolor en ocho.

Los médicos le hicieron una tomografía computada de cabeza y abdomen y análisis de sangre antes de decidir que probablemente tenía una sinusitis. Lo mandaron a su casa con un antibiótico y que le indicaron que se hiciera controlar al día siguiente.

La nota de una enfermera en los registros indica que Duncan informó que había estado recientemente en África, pero por algún motivo esa información nunca llegó al médico que lo atendió.

Duncan ahora volvía a la sala de emergencias solo que esta vez los síntomas incluían vómitos y diarrea. Su temperatura era de 39,5°.

Esta vez las notas de las enfermeras dejaban en claro que Duncan «acaba de mudarse de Liberia». Y esta vez, el médico tomó nota.

«Seguí los protocolos estricos del CDC «, escribió el médico Otto Javier Marquez-Kerguelen, aludiendo a los lineamientos de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades para el tratamietno de personas infectadas. Con una máscara, guantes y un traje, Marquez-Kerguelen comenzó el examen del paciente y lo registró en la historia clínica.

«El paciente indica que no estuvo en ninguna zona rural ni en un funeral recientemente«, escribió. «El paciente niega contacto con persona enferma. El paciente niega tener escalofríos. El paciente no muestra otros signos asociados a síntomas en este momento».

Entre los posbiles diagnosticos figuraban malaria, gastroenteritis, gripe o ébola.

Duncan fue puesto en asilamiento. Las enfermeras informaron a las autoridades del condado y el médico informó al CDC.

Por la tarde, Duncan sufría diarreas explosivas, dolor abdominal, núseas y vómitos a chorros. Los esfuerzos por bajarle la temperatura fallaron.

Al caso se le asignaron tres médicos más. Duncan recibió fluidos endovenosos para contrarrestar la deshidratación, pero aún no había un diagnóstico firme.

Como Duncan había recientemene había viajado a Liberia, el médico Gebre Kidan Tseggay anotó: «La enfermedad del virus del ébola debería estar primero en la lista» de diagnósticos.

29 de septiembre.

Poco después del mediodía, Duncan le pidió a la enfermera que le pusiera pañales «porque se sentía muy cansado para seguir levantándose de la cama». La fiebre volvió a subir a 39,4 y el hombre era una ruina de escalofríos.

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«El paciente dice que no se siente bien y que no quiere quedarse en el hospital y expresó preocupaciones porque el médico no se presentó para indicarle qué estaba pasando», anotó una enfermera.

Los análisis de sangre mostraban daños en el hígado y en los riñones, y una fluctuación en los niveles de azucar dejaban a los médicos confundidos. Las pruebas daban negativo de influenza, hepatitis, parásitos y gérmenes intrahospitalarios que producen diarrea.

«Se siente destrozado. Dice que sufre», escribió el médico Oghenetega Abraham Badidi. «El paciente parece estar empeorando».

30 de septiembre.

Finalmente, a las 2 de la tarde, los médicos reciben la confirmación que todos temían: «El paciente da positivo de ébola». El personal médico y sanitario que atendía a Duncan cambió sus equipos por trajes aptos para materiales peligrosos y se limpió el piso con lavandina.

1 de octubre.

La septicemia era una realidad. Se ordena un tratamiento intensivo para evitar el deterioro del hígado y los riñones.

«El paciente pide ver una película de acción», anotó un médico. «Afirma que se siente mejor».

Duncan le dijo a una enfermera que quería comer algo sólido, pero luego rechazó los alimentos.

2 de octubre.

A la mañan siguiente, Duncan informó que los dolores abdominales habían disminuido. Dijo que «quería mantener el espirítu arriba y permanecer fuerte».

Pero ahora había sangre en la orina. Preocupados por sus pulmones, los médicos agregaron antibióticos de avanzada a la medicación.

Esta tarde, comió galletitas de agua y tomó menos de 60 centímetros cúbicos de Sprite.

3 de octubre.

Se les ordenó a las enfermeras que tentaran al paciente con puré de mazana, bananas y comidas blandas; llegaron a ofrecerle helado. Un nutricionista quiso empezar una nturición parenteral, que se usa en los severamente enfermos. Los médicos pidieron ayuda al CDC.

Esta tarde, un médico anotó que los riñones de Duncan «habían empeorado».

Paralizados, los médicos se contactaron con Chimerix, una pequeña firma farmacéutica de investigación con base en Carolina del Norte. Querían probar la droga antiviral experimental  del laboratorio: el brincidofovir.

La Administración de Almientos y Drogas de EE.UU. dio el visto bueno.

4 de octubre.

Poco después de la medianoche, las enfermeras anotaron que «el paciente está inquieto. Tose». Los niveles de oxígeno de Duncan caían y el hombre entró en una falla multiorgánica.

«La condición del paciente corre peligro de muerte y sin una inmediata intervención empeorará», escribió un médico. Lo entubaron para ayudarlo a respirar.

Esa mañana, llegó el envío de brincidofovir. Se le dio a Duncan la primera dósis.

5 de octubre.

Los médicos de Texas consultaron con sus colegas de la Universidad de Emory en Atlanta sobre más opciones. En Emory habían atendido a los misioneros norteamericanos contagiados en Africa, dos del os cuales se habían salvado y otro permanecía estable.

Uno de los sobrevivientes, el médico Kent Brantly, donó su sangre para otros pacientes con la esperanza de que sus anticuerpos pudieran ayudar a enfrentar al virus. Pero el tipo de sangre de Brantly no era compatible con el de Duncan. No hubo transfusión.

6 de octubre.

El lunes por la mañana, los médicos aumentaron el proceso de diálisis en Duncan.

Esa tarde, el personal médico llevó a la familia de Duncan a una habitación en el subsuelo del hospital. La única manera de ver a su familiar era a través de un circuito cerrado de televisión. Su madre se espantó ante la visión de su hijo inerte y con un tubo saliendo de su boca.

7 de octubre.

El martes, los médicos miraron atónitos como Duncan empeoraba. Su presión arterial caía, la fiebre y los niveles de dióxido de carbono subían.

8 de octubre.

El miércoles a la mañana, mientras las mujeres tomaban los signos vitales de Duncan, su ritmo cardíaco cayó a 40.

Le suministraron atropina y epinefrina en un intento por revivirlo. Pero fue en vano.

«No se palpa el pulso. Hora de deceso: 7:51», escribieron.

El médico Badidi acaba de colgar con la familia cuando recibió la noticia de la muerte de Duncan. Los llamó otra vez.

Tan contagioso como lo era en vida, el cuerpo de Duncan fue cremado.

Fuente: Clarín, 13/10/14.

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