Continuidad o Cambio

mayo 14, 2015 · Imprimir este artículo

Continuidad o Cambio

Por Enrique Szewach.

Enrique Szewach

Enrique Szewach

Las elecciones presidenciales siempre enfrentan a los votantes ante el dilema de elegir entre aquéllos candidatos que representan mejor la continuidad de lo que se viene haciendo, o entre quienes son percibidos como mejores abanderados del cambio.

Simplificando, cuando las cuestiones generales del país, y aquéllas vinculadas a la situación económico social resultan positivas para una mayoría de los ciudadanos, triunfa la continuidad.

Cuando la situación general y la economía en particular se muestran negativas para un conjunto mayoritario de la sociedad, gana el cambio. Pero estas opciones difícilmente se presenten tan tajantes.

Muchas veces la sociedad demanda continuidad en algunos temas y cambio en otros, haciendo más compleja la elaboración de una propuesta por parte de los candidatos. De allí la necesidad, para cada uno de ellos, de encontrar la “mezcla” adecuada de continuidad o cambio.

La alquimia justa, la fórmula mágica que les termine generando los votos. Sin embargo, para poder votar entre continuidad, continuidad con cambios, o directamente cambio, resulta clave que el electorado pueda evaluar qué elementos de la continuidad pueden, efectivamente, continuar, y cuáles, más allá de los deseos o voluntades, no podrán seguir, por más promesas de campaña que se realicen. Dos ejemplos relativamente recientes, uno local y otro regional, ilustran el punto.

La elección del 99 en la Argentina enfrentó a dos candidatos que representaban la continuidad con cambios. Sin embargo, diferían entre aquello que proponían cambiar, y aquello que deseaban continuar.

Fernando de la Rúa (paradójicamente un candidato de la oposición) proponía cambiar el estilo y los temas institucionales que dejaba el ciclo peronista, pero insistía en continuar con la convertibilidad, en particular con el “1 a 1”.

Por el contrario, Duhalde representaba la continuidad del “estilo peronista de gobierno”, pero sugería que el 1 a 1 estaba agotado.

La mayoría de los votantes prefirió seguir con la continuidad de la convertibilidad, aunque esa política, como se probó después, ya era insostenible a partir de la devaluación brasileña de principios del 99, la fortaleza del dólar en el mundo y la baja de los precios de los commodities. Todo esto agravado por el fuerte incremento del gasto público, en particular en las provincias, que obligaba a una fuerte deflación de precios y salarios para sostener el 1 a 1. Aquí los electores se equivocaron al votar a favor de una continuidad imposible.

Otro ejemplo ha sido la reciente reelección de Dilma Rouseff en Brasil. La presidenta brasileña prometía, al menos en materia económica, la continuidad. Mientras, el candidato de la oposición, impulsaba el ajuste y el cambio.

Dilma resultó reelecta, pero ni bien reasumió, tuvo que reconocer que la continuidad no era posible, y adoptó, prácticamente, el programa fiscal de su oponente, defraudando a sus votantes y confirmando lo insostenible de sus políticas.

Por lo tanto, para poder votar continuidad, cambio, o continuidad con cambios, resulta fundamental que los ciudadanos puedan conocer que parte de lo que quieren continuar es sostenible o que parte de lo que quieren cambiar es posible.

Lectura recomendada:  La Argentina postergada

De lo contrario, los políticos terminan defraudando a sus votantes, o bien con conocimiento de causa, porque mienten respecto de lo que se puede o no se puede continuar.

O bien porque, mal asesorados por sus técnicos, prometen cosas que, luego, resultan incumplibles. En ambos casos, pierden popularidad, legitimidad y capacidad para gobernar.

Es aquí donde conviene introducir el tema de “la trampa populista”.

En efecto, después de años de populismo, una parte importante de la sociedad argentina se ha acostumbrado a una política económica que, a estas alturas, resulta ya insostenible en el tiempo y que requiere de malabarismos de todo tipo para durar unos meses más.

Pero el relato oficial resalta como logros permanentes, beneficios que se están agotando y cuyos costos habrá que pagar, indefectiblemente, más temprano que tarde.

Lo que el gobierno llama “la reelección del proyecto”, al menos desde la economía, resulta, básicamente, una utopía irrealizable. No se puede, simultáneamente, seguir manteniendo precios artificiales para los servicios públicos, récord de gasto, récord de presión impositiva, financiamiento monetario del déficit fiscal, y un valor artificial del dólar sostenido por restricciones, cuotas, prohibiciones, endeudamiento voluntario u obligado, sin profundizar la recesión, el estancamiento del empleo privado, la pérdida de competitividad por deterioro de la infraestructura, el desplome del comercio exterior y de la inversión.

Mucho menos bajo un escenario global, que reintroduce la fortaleza del dólar y bajas en los precios de los commodities. Quienes quieran testear la “continuidad” de estas políticas, pueden ver en la Venezuela de hoy, la Argentina de mañana.

En este contexto, entonces, resultará imprescindible que quienes compitan por la presidencia en las próximas elecciones puedan debatir y aclarar a los votantes que cosas concretas pueden continuar y cuales tendrán que cambiar.

En el campo específico de la política económica no hay una elección entre continuidad o cambio. La elección es entre distintas alternativas de cambio y con distintos ritmos, costos y beneficios.

Si la continuidad ha tenido como resultado la situación actual, la continuidad es parte del problema, no de la solución.

Si queremos retomar, en serio, una senda de progreso, los argentinos, más allá del marketing político, tenemos que ir a votar, teniendo claro que cosas resultan imposibles de continuar, y qué cambios resultan imposibles de postergar. Y poder evaluar, en ese contexto, quienes están mejor capacitados para la tarea y qué mecanismos proponen para aliviar los costos para los sectores más débiles, del fin de las fantasías del “modelo”.

Después de un largo período de artificialidades y mentiras populistas, la Argentina necesita un debate serio y realista de lo que se deberá enfrentar, al menos en el corto plazo.

Las extraordinarias potencialidades que presenta el país, sólo podrán desarrollarse, una vez que se dejen atrás estos años de relato vacío.

Después de tanta estadística distorsionada y exóticas teorías conspirativas, resulta imprescindible que, frenado el viento de cola, empiece a soplar entre nosotros, un poco del aire fresco de la verdad.

Fuente: Ámbito Financiero, 14/05/15.

 

 

 

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