Cuando se enciende Internet, se apagan las inhibiciones

febrero 20, 2012 · Imprimir este artículo

Cuando se enciende Internet, se apagan las inhibiciones; por qué contamos todo.

Por Matt Ridley

 

Es bien sabido que la gente en general es precisa y (a veces demasiado) honesta acerca de su personalidad en sus perfiles en sitios de redes sociales. Los pacientes están más dispuestos a compartir sus síntomas psiquiátricos con un doctor automatizado en línea que con uno real. Los encuestadores hallan que las personas dan respuestas más sinceras en un sondeo por Internet que por teléfono.

No obstante, la honestidad en línea tiene su aspecto negativo. Los blogueros notan que los lectores que comentan sus entradas son a menudo francos pero que esos mismos críticos groseros se vuelven más amables cuando son contactados directamente. He aquí un curioso patrón que va en contra de las viejas preocupaciones sobre la amenaza del disimulo en la web. De hecho, el medio mecanizado de Internet no genera encubrimiento sino desinhibición, lo que nos da una actitud de confesión y brusquedad. Cuando el medio es impersonal, la gente está dispuesta a ser personal.

Al parecer, la Iglesia Católica ha reconocido esto desde hace mucho, razón por la cual el confeso está separado del sacerdote por una rejilla o una cortina. Para hacer que los pacientes se abran, los psicoanalistas les piden que se acuesten en un sofá mirando en dirección contraria. En las escenas de interrogatorios en las películas, el que hace las preguntas muchas veces se para y camina detrás del detenido en momentos cruciales de la conversación.

¿Cuál es el motivo? ¿Por qué nos volvemos más honestos cuanto menos miramos al otro? La respuesta parecería obvia: porque nos sentimos incómodos al confesar o desafiar a otros cuando estamos cara a cara. Pero esto no hace más que enfatizar la pregunta de por qué. Este es uno de los casos en los que es útil comparar a los seres humanos con otras especies para poner nuestro comportamiento en contexto.

En muchos simios, el contacto cara a cara es esencialmente antagónico. El mirar fijamente es una amenaza. Para que dos monos que no se conocen no se peleen, hay que evitar el contacto visual entre ellos. Sucede algo similar con dos personas en un ascensor: para aliviar la tensión, se dicen cosas como «qué frío que hace hoy».

En nuestra psique, el acto de escribir una crítica furiosa en línea de la opinión de alguien no se siente como una confrontación, mientras que decir lo mismo por teléfono o cara a cara sí.

El fenómeno tiene un nombre, el efecto de la desinhibición en Internet. John Suler, de la Universidad de Rice, en Estados Unidos, quien inventó el término, señala que en línea, los indicios de estatus y jerarquía están ausentes. Como sucede con los monos de menor nivel, la gente es renuente a decir lo que realmente piensa a alguien con autoridad por temor a ser desaprobada o castigada. «Pero en línea, en lo que se siente como una relación entre pares —con las apariencias de ‘autoridad’ minimizadas— las personas están mucho más dispuestas a hablar abiertamente o comportarse mal».

El agravio en Internet y su equivalente benigno, la honestidad en línea, son una sorpresa. Dos décadas atrás, la mayoría de la gente pensaba que el anonimato de la web daría lugar a una epidemia de deshonestidad. Luego llegaron las redes sociales e Internet se volvió no sólo social sino también bochornosamente honesta. Los peligros más grandes que percibe la mayoría de la gente respecto a la participación de sus hijos en redes sociales son que pasen demasiado tiempo siendo «sociales» y que admitan cosas que los perjudiquen más tarde cuando se postulen a un trabajo.
Fuente: The Wall Street Journal, 19/02/12.

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