Economía: Preguntar para saber

abril 3, 2016 · Imprimir este artículo

El naturalismo: una puerta de entrada a la economía

Por Javier Finkman.

¿Por qué en un bar regalan el maní, pero cobran el agua? Plantear interrogantes como lo haría un niño es una forma de desarrollar esta ciencia, según la visión de algunos autores.

Leí a Robert Frank H. Frank por primera vez hace un par de décadas. El libro fue Choosing the Right Pond, algo así como “Eligiendo el estanque correcto”, un título llamativo. En el escrito, Frank planteaba un tema casi tabú para un economista: la emulación como motivación del consumo, la satisfacción derivada no tanto del consumo propio, sino de la comparación con el vecino. El no-economista se sorprenderá: ¿acaso no es obvio que a la gente le importa el consumo relativo? Quizá se sorprenda más al saber que la formación del economista está construida sobre la consigna de que “las comparaciones interpersonales de utilidad” -por ahí va la jerga- son imposibles o muy difíciles. Y se dejan de lado, al menos hasta niveles muy avanzados de estudio. Y ahí estaba Frank dedicando un libro al impacto del estatus en el comportamiento.

libros iconoFrank nunca fue un economista convencional. En otros libros se ocupó de la ética de la competencia, del rol de las emociones, de la relación entre el dinero y la felicidad, y, claro, de la desigualdad y la noción de que el ganador-se-lleva-todo. No se trata de un radical perdido en una universidad mediopelo. Es profesor en Cornell, coautor de un par de libros de texto con el ex presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos Ben Bernanke, y hasta no hace mucho columnista regular en The New York Times. Sin embargo, hacia fines de los 80 era un profesor asociado de economía con pocas publicaciones en temas inusuales como, por ejemplo, por qué ganan menos las mujeres.

En la última década, Frank se ocupó de la calidad de la enseñanza y la divulgación económica. Varios estudios muestran que la enseñanza de la economía a nivel introductorio no es exitosa: los estudiantes que pasaron por algún curso introductorio no saben más economía que aquellos que no lo hicieron, a pocos meses de haber terminado su estudio. Muchas veces, ¡ni siquiera los propios profesores entienden bien los principios básicos de la economía!

El ejemplo más elemental es la noción de “costo de oportunidad” de hacer cualquier cosa -trabajar, ir al cine, dormir-, que es el valor de aquello a lo que hay que renunciar para hacerlo. Nos regalan una entrada gratis para ir a un concierto de Clapton que no tiene valor de reventa. La única alternativa disponible es un concierto de Dylan con una entrada que cuesta $ 400. Supongamos que estuviera dispuesto a pagar $ 500 para ver a Dylan cualquier día; es decir, si el precio de la entrada fuera mayor a $ 500 no iría a verlo. ¿Cuál es el costo de oportunidad de ir a ver a Clapton? (la respuesta, al final del artículo).

Un estudio muestra que menos del 8% de los estudiantes que asistieron a un curso de economía sabía la respuesta contra el 17% de respuestas acertadas entre aquellos que no tomaron ningún curso. Para completar la ofensa, la misma pregunta, pero realizada a casi 200 economistas en la reunión de la prestigiosa American Economic Association, mostró que apenas un quinto de los profesionales respondió correctamente.

Frank desarrolló un enfoque “naturalista” para el aprendizaje y la enseñanza de la economía. Hay que aprender economía como aprenden los chicos su lengua materna: utilizando las formas más simples en forma activa y en situaciones concretas y repetirlas hasta al hartazgo. Y hay que hacerlo en base a preguntas-problemas, a la manera de un naturalista. El ejemplo darwiniano favorito de Frank es: ¿por qué los machos son más grandes que las hembras en la mayoría de las especies de vertebrados? Así, en base a preguntas-problemas habría que organizar la enseñanza de la economía. El resultado es El economista naturalista, una “búsqueda de explicación para enigmas cotidianos”.

Lectura recomendada:  La llamada de la tribu, por Mario Vargas Llosa

Cada capítulo del libro consiste en preguntas que se responden según un principio económico elemental. Por ejemplo, el diseño de un producto depende del principio del costo-beneficio. ¿Por qué la leche se envasa en recipientes rectangulares mientras que las gaseosas se envasan en recipientes redondos? A veces, las explicaciones tienen que ver con el uso y costumbre, además de con el costo y beneficio, como en el caso de ¿por qué la ropa de mujer se abrocha por la izquierda y la del hombre por la derecha?

La ley del precio único o el hecho de que el mercado arbitra y no es posible comprar algo a un precio determinado y venderlo más caro sin incurrir en riesgos o costos es otro principio básico. ¿Por qué los fabricantes de computadoras regalan software caro con los equipos? ¿Por qué en un bar te cobran cara el agua, pero te regalan los maníes? ¿Por qué muchas veces el teléfono celular cuesta más barato que sus baterías? Son todas preguntas-problemas que muestran que en el mercado no hay regalos (“almuerzos gratis” diría Friedman), sino, más bien, incentivos para generar consumo explotando la complementariedad y la sustitución entre bienes.

En lo laboral, el principio básico es que los trabajadores reciben un salario que es aproximadamente parecido a su contribución a la ganancia de la empresa. La aplicación de este principio puede explicar algunos interrogantes: ¿por qué las modelos femeninas ganan tanto más que sus pares masculinos?, ¿por qué damos propinas en algunos servicios, en otros no y en otros está prohibido?, ¿por qué no aumenta la oferta de taxis si llueve?

Uno de los problemas esenciales que enfrenta la economía es la inconsistencia entre los incentivos individuales y los de la sociedad. ¿Por qué los médicos recetan demasiados antibióticos aun a riesgo de producir cepas resistentes? ¿Por qué un accidente en un sentido de la autopista provoca un embotellamiento en los carriles que van en el otro sentido? ¿Por qué las regulaciones burocráticas suelen estar escritas en voz pasiva?

El economista naturalista se lee de un tirón, es didáctico y muy entretenido. Mejorar la educación de los consumidores acerca de las estrategias de fijación de precios y comercialización de las empresas los empodera, claro. Aunque no hay que exagerar la novedad de enseñar a través de preguntas y menos aún la analogía con la biología: Darwin fue un lector de Malthus y Marshall abogaba por una economía evolutiva.

Más importante, la macroeconomía es menos intuitiva, menos obvia y por tanto más difícil de ser reducida a preguntas-problemas con una respuesta simple. ¿Por qué hay inflación o desempleo? ¿Por qué hay una corrida cambiaria? Las respuestas tienen que dar cuenta del comportamiento coordinado (a veces descoordinado) de muchas personas, y encontrar una explicación es mucho más difícil que aplicar el costo-beneficio. La divulgación de Frank, así como la de otros autores como Hartford, es menos relevante en la macro. El naturalismo es una buena puerta de entrada a la economía, pero difícilmente una de salida. Y usted debería ir a ver a Clapton si el valor que le asigna al concierto es de por lo menos $ 100.

Fuente: La Nación, 03/04/16.

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