El retroceso de la Argentina

agosto 28, 2012 · Imprimir este artículo

El verdadero «milagro» argentino

Por Enrique Szewach

 

Los seres humanos somos individuos altamente complejos; sin embargo, las instrucciones básicas para nuestro desarrollo y evolución están contenidas en una molécula de ADN.

Si se me permite una analogía, las economías del siglo XXI son ciertamente complejas; sin embargo, los países exitosos tienen una molécula común de ADN basada en instituciones y conceptos extremadamente simples, algunos surgidos casi en el «origen» del universo económico, otros perfeccionados con la evolución.

Primero, permítanme utilizar como indicador de «éxito» el Indice de Desarrollo Humano (IDH) que elabora anualmente el PNUD de las Naciones Unidas. Un índice que refleja mejor la calidad de vida y el bienestar que el producto per cápita u otro indicador monetario.

Hace rato que países como Noruega, Australia, Holanda, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Canadá son los ganadores de los juegos olímpicos de la calidad de vida.

Los conceptos institucionales macroeconómicos comunes que, a mi juicio, explican el ADN de estos países podrían resumirse -acepto que toda selección es caprichosa- en cinco: 1) independencia judicial; 2) el principio de que «no hay imposición sin representación»; 3) un Banco Central profesional e independiente; 4) un mercado de capitales con buenas normas prudenciales y capacidad para analizar riesgo, y 5) economías relativamente abiertas al movimiento de bienes, servicios y capitales.

Y conviene ampliar los argumentos que están detrás de estos principios:

1. Sólo jueces independientes y seleccionados meritocráticamente pueden garantizarles a los ciudadanos sus derechos individuales elementales, entre ellos el derecho de propiedad en sentido amplio.

2. El principio de que los impuestos son determinados por los representantes de la gente, en una discusión pública y por consenso, garantiza que los pagadores de impuestos no estarán a merced de la discrecionalidad de un dictador, rey o lo que fuere, o de grupos de presión extremadamente fuertes, sino de políticos seleccionados con algún criterio de representatividad que pueden ser «castigados» tanto por el voto como por los jueces si incurren en medidas impositivas confiscatorias o expropiatorias sin la debida indemnización.

3. Un Banco Central profesional e independiente implica un Banco Central en condiciones de defender el valor de un bien público esencial -como la moneda de curso legal- y además impedir que entre por la ventana del señoreaje y el impuesto inflacionario, la discrecionalidad y arbitrariedad que se cerró con la puerta de impedir impuestos no sancionados por representantes votados por los ciudadanos. Esto no refiere a un Banco Central desentendido del resto de la política económica y del contexto de cada momento, sólo indica la capacidad de una autoridad monetaria de hacer política monetaria y no tener que brindar financiamiento ilimitado a los gobiernos de turno.

4. Un mercado de capitales bajo estrictas regulaciones prudenciales y capacidad de analizar adecuadamente los riesgos permite, por un lado, darles financiamiento a las actividades productivas más eficientes sin poner en riesgo la estabilidad financiera del sistema ni los patrimonios de ahorristas e inversores y, por el otro, impide también que, otra vez, por la ventana del crédito ilimitado, los gobiernos eludan la responsabilidad de gastar en función del presupuesto que votan los representantes. Dicho sea de paso, si se me permite una digresión, los problemas que hoy presenta la Europa mediterránea (debajo del puesto 20 en el mencionado IDH) son el resultado de la «falla genética» de dos de los elementos aquí enumerados: la representación política -algo relativamente general hoy en el mundo- y la regulación prudencial del mercado de capitales. Esto último, junto a una débil capacidad de medir riesgos en un marco de rápida innovación financiera, fue también el origen de la crisis de 2008 en EE.UU. y de todas las crisis emergentes de los 80/ 90.

5. Finalmente, las economías más abiertas al intercambio de bienes y servicios y al movimiento de capitales son economías más proclives al desarrollo de la innovación tecnológica y cultural, y de mejoras continuas de productividad, en marcos más competitivos.

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Terminada esta larga explicación, estamos ya en condiciones de explicar el título de esta nota. El verdadero milagro argentino es que en ausencia en mayor o menor medida de los cinco principios genéticos del éxito ya enumerados, nuestro país sea un país del primer cuarto de la tabla de IDH (puesto 45 sobre 187 países) y no se haya ido ya al descenso.

Primero, por si quedan dudas, ratifiquemos la hipótesis de malformación genética de nuestra sociedad, arriba marcada.

Pese a una jerarquización de la Corte Suprema de Justicia, lo cierto es que no puede sostenerse la idea general de que predominan jueces probos e independientes, capaces de aplicar imparcialmente las normas o de lograr que se cumplan sus fallos. La ley, en la Argentina, es optativa, en particular si una de las partes es el Gobierno. Y la mayoría de los jueces son claramente influenciables desde el poder.

Tampoco tenemos un esquema impositivo que respete preferencias de la sociedad a través de sus representantes. El sistema político argentino hace rato que presenta serios problemas de legitimidad en su proceso de selección. El ejemplo paradigmático es el de senadores que votan contra los intereses de sus provincias o diputados que votan en contra de los intereses de sus supuestos representados, en el marco de una «fidelidad» a quien o quienes los colocan en sus cargos o en las listas partidarias. No es necesario abundar sobre la ausencia de un Banco Central independiente. Una tasa de inflación que oficialmente duplica o triplica la que predomina en el mundo y que, extraoficialmente, la multiplica por cinco, o seis, y la reciente reforma a la Carta Orgánica, para subir exponencialmente el límite para el financiamiento al gobierno, alcanzan para probar el punto. La Argentina destruyó hace rato su mercado de capitales de largo plazo, por falta de protección y respeto al ahorrista y al inversor. (Al punto de que cumplir con el pago de una deuda es motivo de festejo, por excepcional.) Finalmente, la economía argentina se ha vuelto a cerrar, limitando la innovación tecnológica, el progreso competitivo y el ingreso de capitales tanto de inversores externos como de locales.

Por todo lo expuesto, nuestro país resulta un buen contraejemplo, una rareza de la historia y una prueba extraordinaria de que, como sostienen algunos funcionarios, «todo ese verso infame de las instituciones capitalistas» carece de sentido.

Sin embargo, antes de cerrar estas líneas y pedirle al Vaticano económico mundial que confirme el milagro argentino, permítanme una mirada intertemporal al IDH. En 1990, la Argentina ocupaba el puesto 99 de la tabla y, como se mencionó, en la actualidad, ocupa el puesto 45, lo que muestra nuestro claro e indiscutible progreso. Sin embargo, en 2004 la Argentina había llegado al puesto 34 del ranking, siendo, en ese momento, el primer país sudamericano. De manera que, tras ocho años de crecimiento a tasas chinas, fuerte suba del salario real, caída extraordinaria del desempleo, récord de producción industrial, etcétera, hemos retrocedido 11 puestos y ya no somos los primeros de la región (un puesto arriba de nosotros está Chile, que ocupaba el lugar 107 en 1990).

Ahora sí, ya puedo concluir este «relato». La foto nos muestra una Argentina que, desafiando la genética básica de los países exitosos, presenta indicadores de desarrollo humano superiores a otros 142 países de la muestra.

La película, en cambio, indica que si no producimos rápido un trasplante para modificar nuestro ADN, y afortunadamente la buena noticia es que hoy existe la «tecnología» para hacerlo, seguiremos descendiendo sin prisa, pero sin pausa, en el medallero de los juegos olímpicos de la calidad de vida.
Fuente: La Nación, 28/08/12.

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