La farsa del presupuesto en Argentina

septiembre 24, 2012 · Imprimir este artículo

Dibujo

Por Enrique Szewach

 

A estas alturas,  decir que el Presupuesto Nacional hace mucho que dejó de ser “la ley de leyes”, resulta una perogrullada.

Para ser sinceros, en  entornos de alta inflación, como tuvimos también en otros momentos de la historia argentina, todo presupuesto anual dista mucho de reflejar la verdadera asignación de gastos y cálculo de recursos.

Sin embargo, el agravante presente es que, mientras antes las discrepancias entre la realidad y lo presupuestado obligaba a una discusión con el Congreso, para buscar nuevos fondos, autorizar incrementos de gastos o modificar partidas, en el presente esquema, toda subestimación de recursos puede ser gastada y toda partida puede ser reasignada a su antojo por el Poder Ejecutivo, mientras no se altere el déficit/superávit original,  sin muchas explicaciones ante los responsables de votar impuestos o fijar prioridades del gasto.

Es en ese sentido, que la institución presupuestaria ha dejado de funcionar, como otras instituciones en nuestro país.

Sin embargo, así como los garabatos que se hacen en un test psicológico permiten inferir los rasgos de conducta del dibujante, así los “dibujos” del presupuesto permiten inferir los problemas reales y las “soluciones” que propone el Ejecutivo.

El gobierno inventa el presupuesto sujeto a dos restricciones: tiene que mostrar crecimiento de gastos y superávit fiscal. (Una baja del gasto sería un “ajuste” y un déficit fiscal sería “mala administración”).

Por lo tanto, también debe mostrar aumento de ingresos.

Mientras los gastos crecían con cierta “moderación”, la ingeniería del presupuesto consistía en subestimar mucho los ingresos, para, pese a mostrar superávit, esconder el verdadero aumento de ingresos, lo que permitía luego, asignar el “sobrante” a gastos, con total discrecionalidad.

Así, por ejemplo,  en el 2010, los ingresos verificados superaron en más del 15% a los presupuestados, lo que permitió gastar más de 50000 millones de pesos, por encima de lo autorizado.

Pero a partir del 2011, y sobre todo este año, como los gastos “explotan” ya desde lo presupuestado y hay que mostrar superávit fiscal, antes de pagos de deuda, no se pueden subestimar demasiado los ingresos (porque de lo contrario, dado el aumento del gasto presupuestado, se reflejaría un déficit).

De allí que la subestimación de ingresos resultó muy baja en el 2011, en torno a un 5%, y será casi nula este año, por el menor nivel de actividad y la mala cosecha.

Sin embargo, eso no impidió, ni impedirá el año próximo, gastar otra vez unos 60000 millones de pesos más de lo previsto.

Y es aquí dónde entra la figura estelar de la realidad fiscal actual, este exceso de gasto es financiado con endeudamiento “disfrazado”, principalmente con el Banco Central, que estuvo incorporando en su activo “papelitos” de la deuda pública, en lugar de dólares, y en su pasivo, cada vez más emisión monetaria para pagar esos mayores gastos.

Y aquí esta el centro del “problema/solución” fiscal.

El gasto crece bien por encima de los ingresos genuinos. Una parte se financia con el Banco Central, con emisión de moneda y uso de reservas.

Y otra parte es impuesto inflacionario “implícito” incluido en el resto de los impuestos, por aumento nominal de la base imponible. (Sobre todo el IVA que se cobra sobre precios muy superiores a los del año anterior. O el no ajuste por inflación en la base del impuesto a las ganancias que pagan empresas y personas).

Pero existe además un ajuste fiscal “real”, cuando ciertas partidas de gasto no se actualizan al ritmo de la inflación, en especial, transferencias discrecionales a provincias, o subsidios varios.

Lo que refleja el dibujo presupuestario es que la situación fiscal, incluyendo pagos de deuda, presenta serios problemas y que sólo el Banco Central y el impuesto inflacionario implícito, permiten financiar un agujero que este año, entre Nación y Provincias, superará los 100.000 millones de pesos, aunque el año entrante puede ser algo menos, por compromisos de deuda más bajos y mayores ingresos genuinos (Si la soja ayuda lo suficiente).

En síntesis, lo que sí dice el presupuesto es que 2013 será otro año de alta inflación, pérdida de competitividad cambiaria, restricciones a la compra de dólares, y ajustes conseguidos por caída en términos reales de ciertos subsidios y gastos.

Como se ve, a veces los dibujos valen más que las palabras.
Fuente: Perfil, 23/09/12.

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