Las mentiras de los gobiernos

julio 30, 2012 · Imprimir este artículo

Un gobierno no puede engañar mucho tiempo

Por Juan Carlos de Pablo

 

Ninguna política económica se da en el vacío; todas dependen del escenario internacional y el contexto político vigentes. En Argentina 2012 esto implica ubicar en el centro del análisis la credibilidad que el Gobierno despierta en la población, y cómo recuperarla en la medida en que la perdió.

Al respecto entrevisté al norteamericano John Fraser Muth (1930-2005), otro de los colegas que integran la lista de los Ruggiero Leoncavallo de la economía, porque se inmortalizó por un único trabajo, publicado en 1961, mientras enseñaba en la Universidad Carnegie Mellon, junto a Franco Modigliani y a Herbert Alexander Simon.

-Su trabajo se titula “Las expectativas racionales y la teoría del movimiento de los precios”. ¿En qué consistió su aporte?

-Propuse reformular la microeconomía en el hecho de que como nadie desperdicia información, las expectativas de la población surgen de la estructura misma del sistema económico. La publicación fue inicialmente ignorada.

Más de una década después, de la mano de Robert Emerson Lucas, la macroeconomía de corto plazo fue reformulada a partir de esta hipótesis de formación de expectativas, concluyendo que ningún gobierno puede engañar a la población de manera recurrente o, como decía Abraham Lincoln, no se puede engañar a todo el mundo de manera permanente.

Aclaro que la aplicación de la hipótesis de las expectativas racionales al plano macroeconómico nunca me satisfizo.

-Tomamos decisiones sobre la base de lo que creemos que va a pasar. Por eso la cuestión de la credibilidad en el gobierno es muy importante para pronosticar los resultados de una política económica.

-Esta es la razón por la cual muchos economistas analizan la relación de cada gobierno y su población, no en términos de optimización, donde las autoridades diseñan unilateralmente la política económica, sino como un juego (en el sentido técnico de la palabra, es decir, la teoría de los juegos, que en 1944 John von Neumann y Oskar Morgenstern aplicaron a economía), donde la clave está en la interacción entre lo que se propone hacer el gobierno y lo que espera la población.

-¿Qué aporta la teoría económica, cuando la convertibilidad está cuestionada?

-Al respecto me parecen relevantes la idea del economista argentino Guillermo Antonio Roberto Calvo, referida a las reformas increíbles, y la de Nissan Liviatan, quien llamó la atención sobre la trampa de la incredibilidad.

En una serie de valiosos trabajos publicados a mediados de la década de 1980, Calvo mostró que cuando la población de un país cree que la reforma laboral, o la apertura de la economía, no llegaron para quedarse, sino que pueden ser revisadas por el actual o el próximo gobierno, las que en condiciones ideales lucen como políticas correctas, operan como distorsiones y generan resultados opuestos a los deseados (despidos e importaciones precautorias, respectivamente).

-¿Qué es la trampa de la incredibilidad?

-Liviatan destacó que a un gobierno increíble se le exige mucho más y se le cree mucho menos que a un gobierno creíble. La trampa alude a la permanente tensión en la que vive quien conduce un gobierno increíble, entre portarse bien aunque durante cierto tiempo no le crean, o volver a las andadas porque como no obtiene beneficios no quiere seguir pagando los costos. Y como la población lo sabe, lo monitorea de manera continua y le exige muchísimo.

-Que es increíble: ¿un ministro, un gobierno o un país?

-Cuando la incredibilidad reside en un ministro, basta un cambio de gabinete para solucionar el problema; cuando lo increíble es un gobierno, hay que esperar hasta las próximas elecciones; cuando lo increíble es el país, el ciudadano migra físicamente, o al menos traslada al exterior sus ahorros.

-¿Cómo hace un gobierno para recuperar la credibilidad perdida?

-La historia y la experiencia brindan respuestas durísimas: es imposible. Pero quien conduce un gobierno que enfrenta problemas de credibilidad no tiene que sentirse esclavo de la historia, sino que tiene que luchar, para ver si la modifica. Sabiendo que el desafío no es fácil.

-Don John, muchas gracias.
Fuente: La Nación, 29/07/12.

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