Los beneficios del euro

mayo 10, 2012 · Imprimir este artículo

Oda al atribulado euro

Por Amar Bhidé

 

La aplastante derrota del domingo de la coalición gobernante de Grecia en las elecciones parlamentarias está alimentando los temores de que el país abandonará la zona euro y tratará de devaluar para salir de la crisis.

Algunos creen que ese es el camino correcto. Argumentan que Grecia y otros países de la periferia sur del continente nunca deberían haberse unido al euro. La dura competencia mundial deprime los precios, mientras que los rígidos mercados laborales sostienen los salarios. Un menor tipo de cambio aliviaría estas presiones, pero la competitividad de los exportadores en Alemania y otros países del norte mantienen alto el valor del euro.

El argumento para huir del euro para devaluar es un error. Grecia y otras economías periféricas perdieron poco al renunciar a sus monedas nacionales. Tampoco su membresía hizo que la euro zona fuera demasiado extensa como para comprometer su éxito. Al contrario, su tamaño y heterogeneidad es una ventaja.

Se supone que las devaluaciones de moneda dan una salida a los países con empresas con desventajas competitivas crónicas y mercados laborales rígidos. La devaluación equivale a una reducción de precios que permite a las empresas locales mantener o incluso ampliar su participación en los mercados internacionales. La devaluación, indica el argumento, también aumenta el precio de las importaciones, dando a las empresas locales una ventaja en su propio mercado.

Fundamentalmente, en este punto de vista, las devaluaciones hacen viables a las empresas en dificultades, ya que pueden reducir los precios en relación con sus competidores internacionales sin tener que recortar de forma explícita los salarios que pagan a sus empleados.

Pero he aquí el truco. La devaluación funciona en la medida en que no desata una exigencia de aumentos salariales, a pesar de que la depreciación de la moneda aumenta el precio de las importaciones y reduce el poder adquisitivo de los trabajadores.

Claro, los empleados podrían ser susceptibles a una ilusión del dinero y preocuparse sólo de sus salarios nominales. Pero no son las demandas de los trabajadores individuales lo que hace a los mercados laborales excesivamente rígidos, sino los sindicatos y otros participantes institucionalizados. Los sindicatos que no negocien recortes salariales con sus empleadores probablemente no permitirán que la devaluación erosione su salario real de una manera menos visible. De hecho, los contratos sindicales contienen a menudo protecciones contra la inflación.

La devaluación es una intervención contundente, impuesta de arriba hacia abajo, cuyos beneficios y costos se difunden de maneras impredecibles y a menudo indeseadas. Por ejemplo, la devaluación puede impulsar las ganancias y los salarios de las empresas que ya son internacionalmente competitivas, al mismo tiempo que hacen poco para ayudar a aquellas que lidian con venenosas relaciones laborales, rígidas normas de trabajo y onerosas obligaciones pensionales.

Peor aún, las devaluaciones recortan los ingresos reales de aquellos que menos pueden permitirse las pérdidas: los ancianos que dependen de sus escasos ahorros y pensiones, los empleados con bajos salarios no sindicalizados y que carecen de habilidades valiosas, y las pequeñas empresas que ni siquiera consiguen un impulso temporal de sus márgenes de ganancias, debido a que se mueven sólo en el mercado local.

Por el contrario, cuando los países renuncian a su opción de devaluar mediante a su incorporación a la unión monetaria, advierten un beneficio claro y tangible: la reducción de costos e incertidumbre del comercio, la inversión y el desplazamiento dentro de la zona de la moneda. La gente y las empresas no tienen que pagar por la conversión de las divisas o preocuparse por los cambios en los tipos de cambio.

También se espera menor volatilidad en relación con los tipos de cambio con otras monedas, ya que el rendimiento combinado y las perspectivas del conjunto, con sus muy diversas economías, será más estable que el de las partes.

Es cierto, el aumento de las exportaciones en una parte —Alemania, en el caso de la zona euro— puede provocar una apreciación de la moneda común que altera los precios y costos en otras partes de la unión. Pero los países con sus propias monedas no son inmunes a los cambios no deseados en sus tipos de cambio. A medida que la libra esterlina aumentó con las exportaciones de petróleo del Mar del Norte en la década de 1980, los fabricantes británicos se vieron en dificultades. Hoy en día, los ingresos de capital no deseado han creado un dolor de cabeza a Suiza por el tipo de cambio.

Por último, está la cuestión de la independencia del banco central. Los gobiernos pueden hablar de dientes para afuera, pero en tiempos de estrés enfrentan una fuerte tentación de obligar a los bancos centrales a cubrir los déficits presupuestarios a través de la impresión de dinero. A menudo, los banqueros no esperan que se les diga (como lo indican las recientes rondas de flexibilización cuantitativa de la Reserva Federal).

Conseguir que los gobiernos democráticos acuerden crear una autoridad monetaria independiente para una gran unión monetaria multinacional es una idea desalentadora: el Banco Central Europeo es el único caso conocido. Pero una vez creado, es relativamente difícil que los gobiernos nacionales intervengan, dada la independencia sin igual del BCE.

El público parece estar por delante de muchos expertos y políticos sobre el tema. Aunque las mayorías en Reino Unido y Dinamarca —los países que se mantuvieron fuera de la zona euro— no expresan arrepentimiento, encuestas de Eurobarometer todavía muestran un respaldo público considerable a la moneda común en todos los países que se unieron.

A pesar de la crisis, la mayoría de los griegos e irlandeses —como los alemanes y franceses— creen en el euro. Y con buena razón: el sobreendeudamiento soberano y la solvencia bancaria son serios problemas para Europa, pero la moneda común está haciendo muy bien su trabajo.-

-Bhidé, profesor de negocios internacionales de la Escuela Fletcher de la Universidad Tufts, es el autor de «A Call for Judgment: Sensible Finance for a Dynamic Economy».
Fuente: The Wall Street Journal, 09/05/12.

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