Estados Unidos redefine el poder global

septiembre 1, 2019 · Imprimir este artículo

Por Jorge Castro.

La aparente conducta cuestionable de Donald Trump debe enmarcarse en la nueva etapa que transita la economía estadounidense en el mundo.

El foro de banqueros globales que se reúne anualmente en Jackson Hole, Wyoming, formuló coincidencias básicas en 2019. En primer lugar, afirmó que la economía global experimentó un “cambio de régimen” en sus condiciones básicas de funcionamiento — señaló James Bullard, titular de la Reserva Federal de St. Louis —; y esto obliga a revisar todos sus indicadores fundamentales (tasas de interés, nivel de inflación, política monetaria y comercial, papel del dólar, etcétera), en un contexto histórico en que el statu quo pertenece irreversiblemente al pasado. El criterio de “normalidad” ha perdido significado.

Para eso, es necesario dejar de lado las referencias a sus “condiciones erráticas” e “imprevisibilidad”, para discernir su sentido en términos objetivos y de acuerdo a los parámetros de la época, y mostrar de esa formauna cierta coherencia a través del conflicto, lo que le otorga una dosis inicial (modesta) de previsibilidad.

Es revelador lo que sucede con el dólar norteamericano: por un lado, es la moneda que se utiliza en más del 80% de los intercambios globales, con la totalidad de los indicadores del sistema financiero internacional —reservas, activos, tasas de interés, entre otras— en las manos hegemónicas de EE.UU.

Por otro, la certidumbre de que EE.UU. es sólo 10% del intercambio mundial y 25% del PBI global. En estas condiciones, hay que subrayar que la importancia del dólar es hoy mayor que lo que era cuando se produjo el colapso de los acuerdos de Bretton Woods en 1971.

Esta es la razón por la que hay una baja estructural de las tasas de interés en el mundo (la tasa de interés “natural” de EE.UU es hoy +0,5% anual, según la Reserva Federal de Nueva York). Por eso es que la política monetaria de los bancos centrales del sistema global ha perdido toda relevancia.

Esto se ve agudizado por el crecimiento récord de la economía norteamericana — +3% anual en los últimos 6 trimestres consecutivos, con un PBI que asciende a US$21.9 billones —, y que es mayor que el resto de los países del G-7 sumados.

Más de las dos terceras partes de la economía global crece por debajo de su tasa potencial en 2019, proporción que sería cinco sextos a fin de año. Este profundo desnivel desató una nítida tendencia deflacionaria en el mundo entero, salvo en EE.UU.

Esta honda disparidad entre el resto de la economía global y EE.UU. es un fenómeno reciente: más de cuatro quintas partes de la economía mundial crecía por encima del potencial en 2018, y ahora se ha reducido a un sexto esa proporción, porcentaje que corresponde en su totalidad a la economía norteamericana. El Banco de Inglaterra (BoE/Mark Carney/2019) advierte que no hay ningún motivo estructural o macroeconómico que explique esta drástica reducción de la expansión global en sólo 12 meses.

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Hay un segundo dato estratégico a destacar: las dos superpotencias – EE.UU. y China — que se encuentran sumergidas en una “guerra comercial” de extraordinaria intensidad— son al mismo tiempo las economías más integradas de la historia del capitalismo.

El comercio bilateral chino-norteamericano alcanza a US$2.000 millones por día; y en él, el intercambio de bienes y servicios intermedios (fragmentados) —característico de la transnacionalización productiva— se ha triplicado entre 1989 y 2018, con un valor agregado de las importaciones sobre las exportaciones que se multiplicó por cuatro en este periodo.

Se puede afirmar inequívocamente que la competencia estratégicaentre las dos superpotencias tiene lugar dentro y a partir de una integración profunda e irreversible del sistema, que ha adquirido un carácter prácticamente absoluto desde el punto de vista productivo, en especial en los sectores high tech.

El sistema integrado transnacional de producción, constituido por 88.000 empresas transnacionales y sus 600.000 asociadas o afiliadas, de las cuales 44% son norteamericanas y 25% chinas, constituye el vínculo estructural del capitalismo en el siglo XXI.

Esto es lo que explica el enorme impacto que ha tenido en el mercado mundial el choque (denominado “guerra comercial”) entre EE.UU. y China en los últimos dos años; y por carácter inverso, lo que puede implicar para el mundo en un sentido expansivo un acuerdo entre Donald Trump y Xi Jinping en 2019.

Esta es la lógica que guía a Donald Trump cargada del sentido de la época. Se puede asegurar que los hombres de Estado carecen de aparato psíquico, y no poseen en absoluto ni filias ni fobias, sólo intereses de largo plazo en lo que hace a la participación de su país en el proceso de acumulación capitalista.

Subestimar a Donald Trump, considerarlo una figura “errática e imprevisible”, es un error letal, ante todo desde el punto de vista analítico. La lucidez es la virtud esencial de los que deciden en el siglo XXI.

La verdad no es lo que está oculto, sino lo que está a la vista. Lo difícil es verla.

Fuente: Clarín, 01/09/19.

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