¿Qué es el Progresismo Sistémico?

mayo 24, 2019

Progresismo Sistémico – por Ignacio Tesón

21/05/19 | Fuente: CRUZ DEL SUR

Progresismo Sistémico

Los entramados del corporativismo con perspectiva inclusiva.

Ignacio Tesón es Lic. en Economía Empresarial (Universidad Torcuato Di Tella) y referente del área económica de Cruz del Sur.

¿Por qué las grandes empresas, principales contribuyentes, no se amontonan para financiar movimientos –liberales- o –libertarios- considerando que serían las principales beneficiadas ante una baja de impuestos generalizada?

La respuesta no es difícil, es mas sencillo negociar con el Estado que con la masa de consumidores. Es preferible para la gran empresa convivir con regulaciones, burocracia, reglas y leyes tolerables en términos de ganancia que aseguren altas barreras de ingreso al mercado, en términos de Porter .

Esto implica reducir parcialmente la última línea del estado de resultados, el ingreso neto: aquel resultante luego de deducir todos los egresos de los ingresos. Es decir, las ganancias propiamente dichas, a cambio de seguridad y predictibilidad en el flujo futuro. ¿Pero no es que las empresas intentan maximizan su utilidad siempre? Si, pero no a cualquier costo. Es conveniente asegurar un flujo considerable de forma -casi- perpetua que soportar la incertidumbre o los desafíos de competencia e innovación constantes que plantea un mercado libre. Debemos derivar también como y porqué se toma esta decisión económica. (seguir leyendo en el artículo PDF -ver abajo)

Artículo PDF: Progresismo Sistémico

Fuente: cruzdelsurce.org, 2019.

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Cuba, una mala influencia para América Latina

mayo 22, 2019

¿Cómo y cuándo terminará el experimento cubano de Fidel Alejandro Magno?

Carlos Alberto Montaner considera que la Cuba de los Castro es el origen de todos los desordenes políticos de América Latina y que así lo ha sido desde 1959.

Muchas gracias por invitarme a estar junto a ustedes, amigos queridos. Gracias muy especiales a Frank y Calzón y a James Cason.

Ayer viernes 7 de diciembre de 2018, D. Luis Almagro, Secretario General de la OEA, puso el acento donde debía. Dijo que la Cuba de los Castro es el origen de todos los desordenes políticos de América Latina y así había sido desde 1959. Adviertan que yo dije la Cuba de los Castro y no la Cuba comunista. El comunismo es una expresión de la desdicha política, pero puede ser de puertas adentro. Fidel y Raúl, en cambio, le agregaron un violento espasmo imperial que no ha cesado.

¿Por qué sucedió este fenómeno? Cuando Fidel Hipólito Castro tuvo la edad legal para cambiarse el nombre se convirtió en Fidel Alejandro Castro. Su modelo era el enérgico macedonio que construyó muy rápidamente uno de los mayores imperios de la historia. La primera juventud de Fidel Alejandro Castro fue la de Cayo Confite en 1947, una expedición organizada por la Legión del Caribe y, fundamentalmente, por los cubanos. Ya estaba en marcha, ya se había movilizado, el Alejandro Magno cubano, aunque nadie lo advirtiera.

Aunque abortado por el Departamento de Estado, fue un esfuerzo descomunal que incluía 2.700 hombres, donde predominaban los dominicanos y los cubanos (casi el doble de Bahía de Cochinos) y 27 aviones y avionetas. Por cierto, cuando tuvo el mando de Cuba, Fidel hizo matar a dos de los jefes de esa expedición, sus enemigos jurados Eufemio Fernández Rolando Masferrer. A Eufemio lo fusiló en 1961, y a Masferrer le dinamitó el auto en Miami en 1975. También lo han acusado de participar en el atentado a un tercer jefe de Cayo Confite, a Manolo Castro, con quien no tenía parentesco. Manolo Castro fue asesinado en febrero de 1948.

Semanas después, en abril de 1948, le tocó el turno al Bogotazo. Ahí Fidel Castro vio alguna acción y le tomó el pulso a la muerte. Todo eso reforzó su vocación, como me expresó alguna vez un comandante nicaragüense, de “nido de ametralladora en movimiento”.

En 1952 Fulgencio Batista dio un golpe militar contra el gobierno legítimo de Carlos Prío y se desató para siempre Fidel Alejandro Magno. La violencia era la atmósfera que le convenía. En 1958, en la Sierra Maestra, se lo dijo en una carta a su amante, secretaria y amiga íntima Celia Sánchez: tras la derrota de Batista pensaba dedicarse a combatir a EE.UU. Fidel Alejandro deliraba con sus planes de conquista planetaria. Se lo repitió al historiador venezolano Guillermo Morón en 1979.

Cuando se convirtió en el amo de Cuba, utilizó la Isla para lanzar a sus guerrillas y a sus agentes  a docenas de países, hasta convertirse en el más audaz condottiero revolucionario de la segunda mitad del siglo XX. Pero más grave aún es que le impuso a su gobierno y a la sociedad cubana su propia naturaleza aventurera, de la cual es difícil sacudirse, aunque la infinita mayoría de los cubanos piense que fue y es una locura persistir en esas locas tareas.

El intervencionismo de Fidel Castro llegó a su apogeo durante su invasión a Angola, en África: la más larga operación militar que recuerda la historia de América: de 1975 a 1991. Fueron los soviéticos los que, contra la voluntad del cubano, lo forzaron a dejar su presa africana. Quedó muy molesto por ese abandono de Gorbachov. Por eso, tras tres décadas de intensa colaboración con Moscú, cuando desaparecieron la Unión Soviética y el comunismo europeo, Fidel Alejandro siguió batallando solo. Continuó, como un obseso, “haciendo la revolución” a tiros.

Fidel Alejandro no creía en el descanso o en el abandono. La “luta continua”, como decían los mozambiqueños. Pero no estuvo solo mucho tiempo. Buscó a Lula da Silva y, con los escombros del comunismo destrozado, más la potencia del Partido de los Trabajadores, armó el Foro de Sao Paulo. Lo hizo para protegerse y para continuar luchando. Los españoles tienen una expresión entre humorística y barroca para describir esa conducta: «Fidel era inasequible al desaliento». No le importaba que el marxismo-leninismo hubiera sido desacreditado. Le seguía sirviendo de pretexto para continuar su incesante contienda. Tampoco le interesaba el destino económico de los cubanos, ya sin el amparo de los subsidios soviéticos. Unos cuantos millares de cubanos se quedaron ciegos como consecuencia de la neuritis óptica producida por la desaparición de la magra ración de proteína que los protegía.

Era el “periodo especial”, del cual ni siquiera hemos salido tras casi treinta años de penurias inútiles. Fidel, estaba dispuesto a “sostenella, pero no enmendalla”, como reza la divisa de los peores empecinados españoles, esa pobre gente que confunde la terquedad con el carácter. Así las cosas, en 1994 apareció Hugo Chávez en el panorama isleño y Fidel lo conquistó para sus planes delirantes. A Fidel Alejandro le pareció una variante del idiota útil. No lo quería demasiado, al extremo que desvió las relaciones del venezolano hacia su entonces Canciller, Felipe Pérez Roquey hacia su segundo al mando, Carlos Lage –luego ambos fueron defenestrados– porque a los ojos racistas y encumbrados de Fidel Alejandro, Chávez le parecía (y lo dijo en privado) un “negrito parejero”. Se colocaba “parejo” a él y eso era intolerable.

Tampoco era difícil seducir a Chávez. En ese momento el teniente coronel Hugo Chávez estaba bajo la influencia de Norberto Ceresole, un fascista argentino que provenía del peronismo de izquierda. Ese asesor fue bien pagado y se retiró a rumiar su molestia. Luego optó por morirse alejado del mundanal ruido.

A principios de 1999 los agentes y operadores políticos de la Seguridad cubana lograron hacer presidente de Venezuela a Hugo Chávez. Cuando asumieron su causa apenas tenía el 2% de apoyo popular. Como la suerte le acompañaba en su periodo presidencial, hasta que apareció el cáncer cono un ladrón silencioso, el precio del petróleo subió escandalosamente y Fidel Castro pudo financiar su nuevo juguete imperial: el Socialismo del Siglo XXI (Cuba, Venezuela,Nicaragua, Bolivia y el Ecuador de Rafael Correa), más un espacio económico llamado la ALBA, la Alianza Bolivariana de los Pueblos de América, que era la alternativa comunista al ALCA, el Área de Libre Comercio de América.

La ALBA funcionaba como un mecanismo para dispensar favores y petróleo. Venezuela era la gran anfitriona “pagana”, mientras el ALCA ofrecía, fundamentalmente, acceso al mercado estadounidense, así que muchos islotes caribeños optaron por subordinar su política exterior a los caprichos y estrategias de Fidel Castro y Chávez. Los miembros de la ALBA son los mismos del Socialismo del Siglo XXI, menos Ecuador, que no necesitaba el petróleo venezolano, más Surinam, a los que se agregan los islotes caribeños: Antigua y Barbuda, Dominica, Granada, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, y Haití como observador. Quien pechaba con las responsabilidades económicas del grupo era Venezuela, pero el Estado que trazaba la estrategia era Cuba.

Los venezolanos pagaban la factura, que enriquecía a algunos gobernantes, como era el caso de Daniel Ortega por medio de ALBANISA, un conglomerado de sociedades, que le servían para recibir cuantiosos subsidios chavistas de los cuales utilizaba cierto porcentaje para sostener a su clientela política nicaragüense.

La única condición que se les imponía a los miembros de ALBA era que suscribieran los dictados de La Habana-Caracas en materia diplomática, como, por ejemplo, la elección del chileno José Miguel Insulza al frente de la OEA, un hombre que se prestó irresponsablemente al juego antidemocrático de Chávez y Castro, pese a los improperios que más de una vez le propinó Chávez. Ese mundo, como sabemos, ha llegado a su fin, al menos por ahora. La elección de Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile y Jair Bolsonaro en Brasil lo demuestran, aunque la presidencia de Andrés Manuel López Obrador en México es de signo diferente.

Eso lo sabe La Habana, pero el mensaje y el ejemplo que emana de Cuba es muy negativo. Raúl Castro les dice, con su ejemplo, y seguramente con sus palabras en el terreno privado, que resistan hasta que el péndulo se mueva en la otra dirección, algo que sucederá aproximadamente en una década si se repiten los patrones históricos habituales. 

En todo caso, ¿cómo terminará la aventura castrista? Para abordar ese asunto me acogeré al ejemplo y los razonamientos del gran periodista inglés Bernard Levin. En 1977, cuando la URSS estaba en auge y Leonid Brezhnev mandaba en Moscú, mientras Jimmy Carter comenzaba su tembloroso gobierno en EE.UU., el diario The Times de Londres le pidió a su mejor columnista, a Levin, que especulara sobre el fin del comunismo en la URSS. Levin explicó que un día llegaría a la jefatura de la Unión Soviética una cara nueva que comenzaría a cambiar el destino del país. ¿Por qué? Porque los soviéticos no eran diferentes a los checos que en 1968 se habían levantado contra los atropellos y excesos de los comunistas. Tenían las mismas ansias de libertad y la misma íntima decencia. Ese nuevo dirigente comunista fracasaría en sus reformas y sería sustituido por una oposición que no tomaría venganzas, que no ahorcaría a los responsables de la dictadura en los postes de la luz, y el comunismo desaparecería sin cataclismos históricos. Hasta ese punto, Levin acertó el quién y el cómo, pero lo más asombroso es que también acertó en el cuándo.

En su famoso artículo, escrito, repito, en 1977, se atrevió a predecir que ello ocurriría en el verano de 1989, año, por cierto, en el que Jaruzelski tuvo que ceder el gobierno polaco a Solidaridad. Año en el que en el mes de noviembre los alemanes derribaron el Muro de Berlín y el comunismo comenzó a derrumbarse como un castillo de naipes.

El comunismo cubano terminará de la misma manera. ¿Cómo lo sabemos? Porque quienes gobiernan tienen moral de derrota y, salvo a los psicópatas, a nadie le gusta pertenecer al bando de los canallas. Los castristas perciben que por el camino elegido por los Castro no hay posibilidades de redención. Saben que serán más pobres y los cubanos más infelices cada día que pase.

Es verdad que hay unos cuantos centenares al frente de la banda que se benefician del “modelo” cubano del Capitalismo Militar de Estado, pero no son suficientes para detener el curso de la historia. No creo que falte mucho tiempo antes de que el sistema y el gobierno comiencen a desmoronarse. Tal vez tendrán que desaparecer Raúl Castro y la generación del Moncada. Ya todos andan cerca de los noventa años. De manera que, al menos para la oposición, “la lucha continua”.

Este es el texto del discurso pronunciado en el Center for a Free Cuba en Washington, DC el 8 de diciembre de 2018. Publicado originalmente en El Blog de Carlos Alberto Montaner

Etiquetas: Carlos Alberto Montaner, Cuba, Fidel Castro, Raúl Castro, dictadura, comunismo, socialismo del siglo XX, iimperialismo, geopolítica

Fuente: elcato.org, 2019.

cuba bandera

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Cien años de Comunismo

febrero 11, 2019

Un siglo de comunismo

Aunque el fracaso del comunismo es explicable y conocido, por algunas razones sigue siendo juzgado de manera más benévola que su pariente, el fascismo.

Por Ian Vásquez.

Hace cien años (2017), triunfó la revolución bolchevique. El imperio ruso se volvió comunista y, a lo largo del siglo, docenas de países tan diversos como China, Albania y Cuba iniciaron experimentos socialistas de los que ahora quedan pocos.

El fracaso del comunismo es explicable y bien conocido. La planificación central no ha funcionado en ningún país en que se implementó. Más difícil de entender es la enorme atracción que tuvo el comunismo por larguísimo tiempo, incluso durante décadas de evidente declive. Es todavía menos entendible que siga gozando de cierta aceptación, especialmente en vista de las atrocidades que se cometieron bajo su bandera.

El comunismo es la ideología más sangrienta de la historia. Se estima que entre 43 y 162 millones de personas fueron asesinadas o murieron de hambre en su nombre. En promedio, el comunismo mató a más de 150 personas por hora durante la vida de la Unión Soviética. La hambruna que Stalin impuso en Ucrania terminó con la vida de casi 4 millones de personas, pero quedó corta comparada con las matanzas masivas de Mao: durante “El gran salto adelante” de los años cincuenta, murieron hasta 45 millones de chinos.

El comunismo ni siquiera fue exitoso juzgado por sus propios estándares. En vez de liberar a los trabajadores, los alienó; en vez de enriquecer a las sociedades, las empobreció; y en vez de eliminar la desigualdad, creó una desigualdad de poder infinitamente mayor que la brecha de riqueza que intentó reemplazar.

Si bien los crímenes y fallas del comunismo se reconocen hoy mucho más que en el pasado, también es verdad que la ideología de la hoz y el martillo no genera el mismo rechazo que el nazismo, que es igual de repugnante. Es usual ver a personas de cualquier clase social usar camisetas del Che, por ejemplo, pero es impensable que alguien se presente con el símbolo de la esvástica sin que sea fuertemente repudiado. Eso es a pesar de que el socialismo y el nacionalsocialismo comparten raíces intelectuales y características de gobernanza como la censura de los medios, el control de la economía y el Estado policial, entre otras.

Las reacciones morales distintas a lo que terminan siendo ideologías muy parecidas en la práctica representan un curioso doble estándar. La simpatía por el marxismo, especialmente marcada entre la élite intelectual, probablemente se debe a que el comunismo se percibe como bien intencionado al prometer una utopía para todos, mientras que las metas criminales y discriminatorias del fascismo son menos ocultas. Además, el comunismo se beneficia enormemente del sesgo intelectual de los críticos de mercado o de los problemas sociales o económicos que inevitablemente existen en Occidente.

Nada de eso cambia, como lo describiera alguna vez un observador, la realidad acerca de las promesas de la izquierda extrema —que “la utopía es una bellísima mujer con la cabeza en las nubes y los pies en un río de sangre”—. Y si bien el comunismo no es un proyecto político que se toma tan en serio como fue el caso en el pasado, el legado del comunismo sigue presente en el mundo poscomunista. Se manifiesta en el oeste en los estados benefactores sobredimensionados, que en parte se construyeron en respuesta y como alternativa al comunismo. Y se manifiesta también en la propaganda y actividades de los servicios de inteligencia que sobrevivieron al colapso del comunismo y están haciendo lo posible para socavar la confianza en las democracias liberales y apoyar a movimientos populistas en el oeste.

Hay que prestarle especial atención a lo que Anne Applebaum llama los “neobolcheviques” ahora en el poder o cerca de ello y que desprecian las instituciones liberales.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 7 de noviembre de 2017.

Fuente: elcato.org, 2017.

marx comunismo

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Los que vivimos (We the living) – Ayn Rand

diciembre 2, 2018

Los que vivimos (We the living)

Una de las más famosas novelas escrita por Ayn Rand fue llevada al cine en Italia bajo el título Noi Vivi en el año 1942, en plena guerra mundial y bajo el gobierno de Mussolini. La autora no fue consultada ni supo que se estaba realizando la versión de su libro.

KiraEl gobierno fascista consideró que una imagen valía más que mil palabras y realizó la puesta en escena de esta historia sobre los primeros años de la revolución soviética: Kira, una joven de clase media de carácter independiente llega a Petrogrado con su familia y se enteran de que su casa y sus pertenencias han sido requisadas. Durante el viaje en tren va hablando de sus sueños:  estudiar en la Universidad, tener una vida propia .. pero al poco tiempo de instalarse en la ciudad va tomando conciencia de que eso no será posible a menos que preste una obediencia ciega a los mandatos del régimen.

Los pisos compartidos por varias familias, las purgas políticas, los abusos de poder, los especuladores, todos los componentes de aquellos cáóticos años van desfilando ante nosotros.

Incluso su historia de amor será trastocada y transformada por el nuevo orden que no deja margen para los sentimientos personales.

Ayn Rand defensora a ultranza del “yo”, atea e inconformista,  escribió un alegato contra el totalitarismo, exaltando al individuo por encima de la masa, incluso aunque ello supusiera falta de solidaridad con la sociedad. Detestaba Rusia  y el comunismo y eso le hizo mantener posiciones extremas en sus relatos, ensalzando el mundo que ella consideraba como el ideal: Estados Unidos. No obstante, ese radicalismo queda en evidencia por el agudo romanticismo y la emotividad que subyace en toda la historia.: los claroscuros, la niebla que envuelve algunas escenas, la belleza etérea de Alida Valli, prestan un misterioso encanto al relato.

Ayn RandAyn Rand que definió esta novela como casi su autobiografía, había visto a su familia ser desposeída del comercio del que vivían y sufrir estrecheces y pobreza. Uno de los grandes errores de la revolución fue el dar el mismo trato a la clase media compuesta de comerciantes, profesores y profesionales de todo tipo que suelen constituir el motor de cualquier sociedad que a la nobleza y los grandes terratenientes, auténticos parásitos del antiguo y feudal estado zarista.

La escritora tuvo tantos seguidores como detractores, de hecho el capitalismo en estado puro es otro totalitarismo, sobre todo para aquellos más desprotegidos o menos dotados; ella mantenía una doctrina “personalista”, cada uno debía velar por sí mismo y sin esperar nada de los demás. Parece que en America encontró su tierra prometida.

El gobierno de Mussolini se felicitó a sí mismo del éxito que obtuvo el film sin darse cuenta de que el suyo también era un régimen totalitario y quedaba retratado. De hecho sus aliados nazis lo consideraron una torpeza y les ordenaron retirar la película, motivo por el cual permaneció ignorada y sin llegar al resto del mundo. Actualmente solo se encuentra en versión original, con subtítulos en inglés.

Fuente: davidzuker.com


Activar subtítulos y traducción automática (al español):


Más información:

El coraje de Ayn Rand

Controles o Libertad según Ayn Rand

75 años de “El manantial” de Ayn Rand

Ayn Rand y el capitalismo como ideal moral


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Declararse «progre» ofrece impunidad

agosto 27, 2018

Declararse progre ofrece impunidad

Por Marcos Aguinis.

A Mario Vargas Llosa, en una de sus visitas a Buenos Aires, le preguntaron si era progresista. Sonó agresiva la consulta, como si se infiriese a priori que no lo era. Así se desnudaba antes a quien era negro, judío, gitano, homosexual o alguna de las muchas condiciones que se discriminaban (y discriminan) en el mundo. Ahora, no ser «progre» implica un estigma infernal. El escritor se limitó a una respuesta educada. Hubiera sido conveniente que preguntase a la entrevistadora qué entendía ella por progresismo . Entonces le hubiera transferido la carga de explicar algo que se ha convertido en un nudo gordiano.

En efecto, el progresismo se asocia a los partidos políticos llamados de izquierda, en oposición a los conservadores, llamados de derecha. Preconizan el progreso (valga la redundancia) en todos los órdenes. Pero resulta que muchos de los partidos y líderes que se proclaman de izquierda llevan a cabo políticas crudamente opuestas al progreso: tiranizan sus naciones, cercenan la libertad de opinión, generan pobreza, someten la justicia a los miserables intereses del grupo dominante, son hipócritas, desprecian la dignidad individual, corrompen la democracia, quiebran la recta senda del derecho y otras calamidades por el estilo.

No obstante, por el hecho de proclamarse «de izquierda» o «progresistas», quedan protegidos por el escudo de una excepcional impunidad. Sin ese escudo, hubieran sido objeto de impugnaciones muy severas. Imaginemos que el gobierno actual de Venezuela estuviese compuesto por figuras que no se llaman a sí mismas «progres» y se las considerase «de derecha». Y que, como el actual, haya surgido de elecciones poco claras. Supongamos que un gobierno desprovisto del maravilloso título de «progre» cercena el disenso, mete en la cárcel a los opositores, cierra medios de comunicación que le resultan molestos, reprime manifestaciones en las que mueren decenas de ciudadanos en la calle. ¿Qué ocurriría? Seguro que habría incontables y muy sonoras expresiones de condena. Líderes que en este momento son tibios o cómplices activarían a las organizaciones internacionales para detener los abusos de ese poder satánico. Se enviarían comisiones investigadoras, se escucharía a los disidentes, se difundirían con más intensidad los crímenes, se implementarían sanciones políticas y económicas. No hay duda de que se haría todo eso y aún más. Pero resulta que el gobierno de Venezuela se llama «progre». Nació con la arrogante pretensión de crear un hombre nuevo (pretensión mesiánica que se repite de tanto en tanto y adquirió febril intensidad en 1917, con la fundación de la Unión Soviética). Cambió el nombre de la nación con el agregado de «bolivariana» y se proclamó adalid del «socialismo del siglo XXI», que sanaría las fallidas experiencias autoritarias del pasado. Desgraciadamente, igual que en las experiencias anteriores, fue hundiendo al país en las ciénagas de una dictadura empobrecedora, ignorante y brutal, que sólo mantiene como fachada la convocatoria a elecciones, a las que se contamina de fraude antes de que se realicen.

La revolución cubana también fue «progre». Muy «progre». Millones creyeron en ella con juvenil esperanza. Modestamente, yo también. Pero los ideales sólo flamearon en los discursos y las racionalizaciones. La gran revolución que devastó esa hermosa isla y ensangrentó con aventuras guerrilleras América latina, África y otros continentes degeneró pronto en una dictadura unipersonal férrea, asesina y estéril. Los hermanos que la conducen son los tiranos más viejos del mundo, son los que más duran en el poder, sin amagos de una mínima consulta popular. Pero a ese gobierno inepto, delirante, corrupto y asesino se lo sigue considerando «progre», es decir, de izquierda. La razón es simple: como se ha proclamado «progre» y sigue diciendo que es «progre», brinda certificado de «progre» a quienes lo apoyan, aunque ese apoyo cause náuseas. Hace poco desfilaron ante el senil monstruo que supo engañar a su pueblo y a la humanidad casi todos los presidentes de América latina. Fue un espectáculo bochornoso que ofende el concepto de democracia que se pretende cultivar. Fue una traición y una mofa a ese concepto.

Corea del Norte es una dictadura que ha elegido el aislamiento monacal. Es de izquierda porque nació con las bendiciones de la URSS y China, y sus líderes se proclaman marxistas-leninistas. Pero su socialismo ha optado por una forma de sucesión que debe convulsionar los huesos de Marx y Lenin, porque impuso el reaccionario modelo de la monarquía absoluta. Algo que ni siquiera en estado de delirio aquellas grandes cabezas hubieran sospechado. El Abuelo fundador fue seguido por su Hijo consolidador y su Nieto con cara de bebe perverso. Corea del Norte funciona como un colchón entre China y Corea del Sur y quizás por eso la dejan sobrevivir. El pueblo tiene hambre y debe mendigar comida, pero se gastan enormes cifras en bombas atómicas. Contra ese régimen no hay manifestaciones universitarias, ni políticas, ni de organismos humanitarios, porque evidencia su condición de «progre» mediante su odio al gran enemigo que encarna el imperialismo yanqui. Desde hace décadas ser enemigo de Estados Unidos condecora de inmediato con la credencial de «progre». No hace falta más. No importa si prevalece un salvajismo equivalente a las etapas más primitivas de la humanidad. No importa que el Amado Líder, para consolidar su fuerza basada en el terror, haya hecho devorar vivo por perros hambrientos a su tío.

Llama la atención la escasa fortuna que ha tenido una obra mayúscula como El libro negro del comunismo. Con una documentación farragosa y estilo subyugante, pasa revista a las experiencias de izquierda, «progres», que se concretaron desde comienzos del siglo XX. Los conflictos entre los reformistas socialdemócratas y los revolucionarios comunistas dieron por mucho tiempo ventaja a los comunistas. Tanta ventaja que ahora, cuando el comunismo ya está desenmascarado como una corriente ciega, que en la práctica nunca genera más libertad ni justa inclusión, todavía sigue gozando de tolerancia o silencio. No abundan las condenas a Stalin, a los gulags, a Mao, a Pol Pot y a los dictadores de las mal llamadas «democracias populares». No son recordados como etapas tenebrosas de las que se deben sacar enseñanzas para no repetirlas ni por asomo.

Con gran acierto, Horacio Vázquez Rial calificó a estos «progres» como la «izquierda reaccionaria«. ¡Gran definición! Los discursos de esa izquierda son falsos y engañosos, aunque no usen la palabra comunismo, sino socialismo, progresismo, nac&pop u otras variantes. No conducen a una mejor democracia ni a la consolidación de los derechos individuales, ni estimulan el pensamiento crítico, no consiguen un desarrollo económico sostenido, faltan el respeto a las opiniones diversas, destruyen la meritocracia en favor de la burocracia y la ineptocracia nutridas por el poder de turno. Operan como la trampa de almas ingenuas u oportunistas, que no son pocas. Sigue operando la palabra «progre» como el ademán hipnótico de un desactualizado Mandrake.

Como observación final, hago votos para que la palabra progresismo sólo se aplique a quienes de veras quieren el progreso (no lo contrario), la modernidad, la justicia, la decencia, el respeto, la ética, las instituciones de una vigorosa democracia y los derechos asociados siempre a las obligaciones.

Fuente: La Nación, 01/04/14.

Más información:

El libro negro del comunismo


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El libro negro del comunismo

agosto 26, 2018

El libro negro del comunismo

El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997) es un libro escrito por profesores universitarios y experimentados investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre national de la recherche scientifique (CNRS), la mayor y más prestigiosa organización pública de investigación de Francia. Su propósito es catalogar diversos actos criminales (asesinatos, tortura, deportaciones, etc.) que el libro argumenta son el resultado de la búsqueda e implementación del comunismo (en el contexto del libro, se refiere fundamentalmente a las acciones de estados comunistas). El libro se publicó originalmente en Francia con el título Le Livre noir du communisme : Crimes, terreur, répression. En español fue publicado en 1998 por las editoriales Espasa Calpe y Planeta en 1998 (ISBN 84-239-8628-4), traducción de César Vidal. En 2010 Ediciones B publicó una nueva edición (ISBN 978-84-666-4343-6).

Contenidos

La introducción, a cargo del editor, Stéphane Courtois, mantiene que «…el comunismo real […] puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno». De acuerdo con las estimaciones realizadas, cita un total de muertes que «…se acerca a la cifra de cien millones». El análisis detallado del total es el siguiente:

  • 20 millones en la Unión Soviética,

  • 65 millones en la República Popular China

  • 1 millón en Vietnam

  • 2 millones en Corea del Norte

  • 2 millones en Camboya

  • 1 millón en los regímenes comunistas de Europa oriental

  • 150.000 en Cuba y otros países de Latinoamérica

  • 1,7 millones en África

  • 1,5 millones en Afganistán

  • 10.000 muertes provocadas por «[el] movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder».

La introducción proporciona también un listado más detallado de los actos criminales descritos en el libro:

Unión Soviética: fusilamiento de rehenes o personas confinadas en prisión sin juicio y asesinato de obreros y campesinos rebeldes entre 1918 y 1922; la hambruna de 1922; la liquidación y deportación de los cosacos del Don en 1920; el uso del sistema de campos de concentración del Gulag en el periodo entre 1918 y 1930; la Gran Purga de 1937-1938; la deportación de los kuláks de 1930 a 1932; la muerte de seis millones de ucranianos (Holodomor) durante la hambruna de 1932-1933; la deportación de personas provenientes de Polonia, Ucrania, los países bálticos, Moldavia y Besarabia entre 1939 y 1941 y luego entre 1944 y 1945; la deportación de los alemanes del Volga en 1941; la deportación y abandono de los tártaros de Crimea en 1943; de los chechenos en 1944 y de los ingusetios en 1944.

Camboya: deportación y exterminio de la población urbana de Camboya.

China: destrucción de los tibetanos.

El libro, entre otras fuentes, usó material de los entonces recientemente desclasificados archivos del KGB así como de otros archivos soviéticos.

Los autores, o al menos la mayor parte de ellos, afirman ser de izquierdas, ofreciendo como motivación de su trabajo que no deseaban dejarle a la extrema derecha el privilegio de acaparar la verdad (pg. 14 y 50 de la edición finlandesa del libro, 2001).

Fuente: Wikipedia, 2014.

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Artículo relacionado:

Declararse “progre” ofrece impunidad

Opiniones en contrario:
http://prensa.po.org.ar/edm/el-libro-negro-del-comunismo-realmente-negro/


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El combo socialista

julio 5, 2018

El “combo” y la decadencia intelectual del izquierdista moderno

Al igual que en un restaurant de comidas rápidas, el socialista de hoy tiene un combo para ofrecer: un menú único de consignas repetidas que invita al bostezo.

El combo del socialista moderno: el feminismo, el pseudoantiimperialismo, la desigualdad como problema, el rechazo a los países civilizados y la distancia de los libros, la cultura y la originalidad.
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La discusión en Argentina en base al aborto y la agenda de género me ha dejado una curiosa reflexión: ¿Por qué los socialistas modernos están de acuerdo en todos los tópicos? Aunque discutan electoralmente por frentes y partidos que proponen exactamente lo mismo (cabe recordar la batalla judicial en la última elección, donde se pelearon por el nombre los de la “Izquierda al Frente” con los del “Frente de Izquierda”) es muy difícil encontrar a dos socialistas por estos días que difieran en algo.

Los jóvenes de izquierda de hoy parecen haber comprado un combo de una cadena de comida rápida. Como se despacha la bebida, la hamburguesa y las papas fritas, el manual de la izquierda contemporánea vende un discurso que parece ser adoptado en general y sin críticas por los entusiastas partidarios.

Aunque algunos tengan más formación que otros, el “combo” es inevitable: el rechazo a Israel y a los Estados Unidos, la explicación de la explotación actual, que cuando no se puede justificar con individuos se explica con colectivos como países, la agenda de género, la defensa del aborto, el discurso de la redistribución y la desigualdad, etcétera. Siempre es lo mismo. Uno discutió con uno, y en lo concreto, es como si lo hubiese hecho con todos.

Esto que hoy es moneda corriente, no fue siempre así. Hace unas décadas, los jóvenes militantes de izquierda (a pesar de los errores conceptuales) se caracterizaban por un buen nivel cultural. Por estos días, la gran mayoría no leyó ni a los autores que defienden, ni siquiera a los resúmenes de divulgación. El combo se transmite de forma oral, o en el mejor de los casos, mediante un video de YouTube.

En las décadas del sesenta y setenta las discusiones de la izquierda eran más conceptuales: se debatía la estrategia política electoral versus la posibilidad de la lucha armada, discutían entre los apoyos entre la Unión Soviética o China, opinaban sobre las estrategias de coyuntura política sobre alianzas estratégicas y discutían espacios de poder para la difusión de las ideas, desde las iglesias hasta las universidades. Hoy, es absolutamente predecible lo que un joven de izquierda puede decir para defender a Nicolás Maduro o al régimen cubano: la desinformación de los medios de la derecha, el bloqueo y la presión de Estados Unidos, las supuestas mejoras inexistentes de los más necesitados. Todo es predecible. Todo es un bostezo.

Ricardo López Murphy suele recordar en sus conferencias que, en sus años de estudiante, un joven dirigente maoísta solía criticar enfáticamente la conformación voluntaria de las parejas. Su teoría era que los atributos físicos eran una de las principales fuentes de desigualdad, por lo que un ente centralizado en nombre de la justicia distributiva, debería dedicarse a otorgar las parejas por sorteo. Más allá de lo delirante de la propuesta, sin dudas que la discusión con personajes de esta índole harían mucho más entretenido el debate.

Del lado de los liberales, más allá del respaldo empírico del éxito de los modelos de las sociedades abiertas, nuestros debates son apasionantes. Aunque solemos caer en el error de “hablarles a los nuestros” cuando comunicamos ideas, nuestras discusiones son interesantes y acaloradas. El anarquismo de mercado versus el minarquismo, el aborto, la religión, austríacos contra monetaristas, las estrategias políticas, etcétera. La lista de discrepancias incluso se amplía a diario. Difícilmente por estas horas dos liberales argentinos no mantengan una acalorada discusión sobre la influencia del mediático Javier Milei en la televisión.

Si una persona pasa cerca de dos liberales discutiendo, seguramente piense que el debate es entre dos enemigos conceptuales, dado el nivel de intensidad de la cuestión.  Más allá de acordar en el 95% de las cosas, es cuestión de sentar en una mesa a un grupo de liberales para que el 5% de diferencias aflore, monopolizando la discusión y que se genere un interesante debate.

Sin embargo, la pobreza conceptual de los jóvenes socialistas y la amplitud de los liberales, habla mejor de ellos aunque parezca paradójico. Aunque no cuentan con herramientas argumentativas, tengan la evidencia empírica en contra y no se les caiga una idea original, siguen siendo la cultura dominante y su radio de influencia es más efectivo dentro del mayoritario espectro no ideológico. Esta situación nos obliga a ser más eficientes y remontar una lucha, que aunque contemos con mejores armas, todavía la vamos perdiendo.

Fuente: es.panampost.com, 2018.


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El relato progresista, una forma de propaganda socialista

junio 25, 2018

“Resignificar” la historia, una herramienta de propaganda socialista

“Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado.”

La “resignificación” volvió al Che Guevara un icono gay, pese a reprimir homosexuales y a Evita en símbolo feminista cuando lo repudiaba.
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En la Edad Media, la invención de la imprenta expandió el alcance y difusión del conocimiento. En la segunda mitad del siglo XX la televisión en el hogar permitió ver sucesos en tiempo real a pesar de la distancia. Eso complicó conservar el relato de los defensores del socialismo, ya que estaba a la vista la miseria y represión en los regímenes de turno.

Así nace la posmodernidad; del desencanto, del rechazo a lo previo y debido a la necesidad de reforma. Los pensadores de la época se vieron ante el reto de desvincular la teoría de la práctica para difundir sus ideas, no desde la evidencia sino desde la dialéctica. “Resignificaron” los conceptos, sucesos y ahora logran convertir a verdugos en héroes.

Gianni VattimoUno de los principales autores y creador del “pensamiento débil”, el filósofo y político italiano Gianni Vattimo, sostiene que en la posmodernidad “lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones”.

Propone un comunismo débil, distinto a la represión y hambruna de la Unión Soviética y China. En su obra Hermenéutica comunista cita como ejemplo a Hugo Chávez en Venezuela, Luis Inácio Lula en Brasil y Evo Morales en Bolivia, a quienes dedica su obra. Pretende resignificar el comunismo, o sea volver a significar. Es decir, cobra un nuevo significado, sentido e incluso valor.

“Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”, decía George Orwell en su novela 1984, donde advertía al Reino Unido y el mundo cómo sería el futuro si gobernase el socialismo internacionalista.

Luego de décadas de militancia socialista, Orwell pudo ver desde adentro cómo se manejaba esta ideología que requiere la anulación del individuo en pos del colectivo, al punto de sacrificar la voluntad, el pensamiento y el sentimiento personal.

Este proceso se evidenció en Cuba, en la década de los sesenta. Bajo la consigna “el trabajo os hará hombres”, el Che Guevara condenaba a los homosexuales a campos de trabajo forzado. En cada Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) quienes no eran considerados “aptos para la revolución” debían “hacerse hombres” por la fuerza.

Che GuevaraSin embargo, el socialismo actual, resignificado, no solo no lo castiga a este líder de izquierda, sino que lo promueve: ahora el rostro del Che aparece en banderas y sobre los cuerpos de los manifestantes de las marchas del orgullo gay. Igual ocurre con Eva Perón. Hoy en día en las marchas feministas de Argentina se repite la consigna “si Evita viviera, sería tortillera”, aduciendo que sería lesbiana en jerga local.

Sin embargo, la evidencia indica que Evita, quien fue primera dama, era abiertamente antifeminista. Así lo aclaró en su discurso El paso de lo sublime a lo ridículo:

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Parecían estar dominadas por el despecho de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres.

Creían entonces que era una desgracia ser mujeres… Resentidas con las mujeres porque no querían dejar de serlo y resentidas con los hombres porque no las dejaban ser como ellos, las “feministas”, la inmensa mayoría de las feministas del mundo en cuanto me es conocido, constituían una rara especie de mujeres… ¡que no me pareció nunca mujer!

Y yo no me sentía muy dispuesta a parecerme a ellas.

Un día el General me dio la explicación que yo necesitaba.

“¿No ves que ellas han errado el camino? Quieren ser hombres. Es como si para salvar a los obreros yo los hubiese querido ser oligarcas. Me hubiese quedado sin obreros…”

En este discurso se refleja la voz del líder populista, al igual que Marx y Engels, equiparando a la mujer al proletario y al hombre con el burgués, obrero y oligarca en la versión nacionalista del socialismo.

A su vez, se ve (y escucha) que Evita no solo renegó de la ideología y conducta feminista, sino que confesó abiertamente el amor por su esposo, por ende su heterosexualidad.

Pero esto en la posmodernidad es irrelevante. No importan los hechos sino el significado que se les da.

Así permitió que el Che Guevara sea el ídolo de los homosexuales, aunque los reprimía, y Evita de las feministas, pese a que las consideraba ridículas, resentidas, feas y envidiosas de no haber nacido hombres.

El fracaso del Socialismo del siglo XXI

junio 21, 2018

El socialismo del siglo XXI: de fracaso en fracaso

Por Emilio Cárdenas.
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Cuando el fallecido Hugo Chávez gobernaba autoritariamente a Venezuela, calificó pomposamente a su experimento económico marxista de: «Socialismo del siglo XXI». Para así tratar de disimular la realidad, desde que la larga y triste experiencia cubana era ya evidentemente aleccionadora para la región toda, mostrando que ese presunto «sistema económico» termina en la postergación de los pueblos que de pronto son sometidos al mismo y en el deterioro manifiesto de sus niveles de vida. Peor aún, también en lo que, en el plano de la política, se ha dado en llamar las «dictaduras constitucionales».

Hoy, la situación económico-social de los tres países de nuestra región que de pronto fueran sumergidos en ese experimento acredita lo señalado. Me refiero a CubaVenezuela y Nicaragua.

Todos ellos establecieron, desde el Estado, mecanismos repulsivos de «control social», reñidos frontalmente con la democracia.

Así, transformaron a sus Poderes Judiciales en meros agentes del Poder Ejecutivo, sin independencia real alguna. Gobernaron a través de un partido único, que adormeció -o eliminó- a la oposición y rechazó las disidencias. Y sometieron a las autoridades electorales de sus respectivos países a la voluntad exclusiva del partido gobernante, de modo de transformarlas en instrumentos utilizados descaradamente para tratar de perpetuarse en el poder. Nada de ello tiene color democrático. Más bien, todo lo contrario.

En Venezuela, altos agentes cubanos de inteligencia fueron contratados abiertamente y, en algunos casos, hasta fueron designados como funcionarios públicos, a la vista de todos. Nadie invocó aquello de la «intervención en los asuntos internos de otros Estados». El silencio cómplice de muchos destiñó lamentablemente las pocas críticas aisladas.

Por lo demás, pese a que Venezuela es el país del mundo con las mayores reservas de hidrocarburos, hoy la ineficacia y la perversa actitud ideológica de los funcionarios públicos del país caribeño lo han enterrado en la pobreza, el desabastecimiento, la hiperinflación y en una situación lamentable de corrupción endémica.

No sólo eso, su producción petrolera está en su nivel más bajo de las últimas tres décadas y ya no alcanza siquiera para generar las divisas necesarias para pagar las importaciones requeridas para alimentar a su población, puesto que, insólitamente, Venezuela es -desde hace rato ya- una nación incapaz de alimentarse a sí misma.

A todo lo que se suma que algunas de sus más altas autoridades civiles y militares están siendo internacionalmente investigadas por presuntas violaciones de los derechos humanos de su pueblo y aparentes vinculaciones con el narcotráfico. De allí que se califique a Venezuela de «narco-estado».

cuba banderaCuba, por su parte, es ya la definición misma de la escasez de prácticamente todo. Incluyendo, por cierto, a la libertad. Su pueblo tiene uno de los niveles de vida más bajos de la región, que supera sólo al de El Salvador. Con medio siglo continuado de marxismo y autoritarismo al hombro, esto hoy ya no sorprende demasiado a nadie. Era, más bien, de esperar. Ante la lamentable situación económica venezolana, la llegada de sus subsidios «fraternales» a Cuba -que comenzaron a pagarse en 1992, hace entonces ya más de dos décadas- se ha sustancialmente evaporado, empeorando repentinamente las cosas.

nicaragua banderaNicaragua, que mantuvo una economía donde el sector privado sigue siendo un partícipe clave, también ha visto desaparecer los subsidios venezolanos. Hoy está envuelta en un creciente caos, en medio de las airadas protestas de un pueblo que parece harto de vivir sometido a la voluntad política de Daniel Ortega y de su intrigante y ambiciosa esposa: Rosario Murillo. Esas protestas se han reiterado y extendido, mientras las muertes de decenas de civiles inocentes generadas por la desaprensiva represión policial y por los matones a sueldo de Daniel Ortega siguen creciendo, muy desgraciadamente.

Hablamos, sin embargo, de tres regímenes autoritarios, pero longevos. Cuba lleva casi sesenta años en manos de sus dictadores marxistas. Venezuela, por su parte, ha estado ya nada menos que 19 años sumergida cada vez más en el marxismo, en su versión más torpe y populista. Y Nicaragua, por su parte, ha comenzado a crujir socialmente con alguna sonoridad y es testigo de protestas callejeras que no sólo son enormes sino que, además, son reiteradas. A lo que ahora se suma la aparente disconformidad de sus Fuerzas Armadas, que de pronto es notoria.

Tarde o temprano, las cosas previsiblemente cambiarán en esos tres países. Con sus propios ritmos y caminos. Todos, de un modo u otro, se sacudirán de encima por si mismos el marxismo que los asfixia y paraliza. No obstante, nada luce inminente.

Pero lo cierto es que el «socialismo del siglo XXI» como propuesta ha fracasado visiblemente y los daños que genera y el malestar que ya ha provocado -y sigue provocando- están a la vista de todos.

El actual estado de cosas, por sus consecuencias y por las inevitables tensiones que provoca, difícilmente pueda prolongarse mucho tiempo más. Se cierne entonces sobre todos ellos una temporada de tormentas.

Fuente: La Nación, 21/06/18.


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Twitter vs RAE, por la definición de comunismo

abril 23, 2018

Twitter estalla contra la RAE por su definición de comunismo

En el 148 aniversario del nacimiento de Lenin, que se celebraba ayer, las redes sociales clamaron contra la Academia por no incluir «totalitario» en la acepción del término.

lenin y stalin - comunismo

Lenin y Stalin, dos de los personajes más relevantes en la historia de la Unión Soviética.
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MADRID — «Doctrina que establece una organización social en que los bienes son propiedad colectiva». «Movimiento y sistemas políticos, desarrollados desde el siglo XIX, basados en la lucha de clases y en la supresión de la propiedad privada de los medios de producción». Son las dos acepciones que el diccionario de la Real Academia Española (RAE) incluye en la entrada de «comunismo», que ayer 22 de abril, a causa del 148 aniversario del nacimiento de Lenin, despertó un acalorado debate en Twitter. ¿El motivo? Que no incluye la palabra «totalitario» en ninguna de las dos acepciones, algo que sí ocurre con el fascismo y el nacionalsocialismo.

Bajo el hagstag #RAEComunismoEsTotalitario -que fue trending topic durante toda la tarde de ayer- varios usuarios de la red social afearon a la Academia la falta de este adjetivo en la definición de la ideología creada por Karl Marx en el siglo XIX. Muchos de los turiteros sacaron a relucir las millonarias cifras de muertos durante el gobierno de Stalin en la extinta URSS. Durante el tiempo que este comunista natural de Georgia se mantuvo en el poder (de 1922 a 1952) varios millones de personas perdieron la vida a causa de sus políticas; ya fuera debido a los trabajos forzados en los gulags, a las hambrunas que asolaron territorios como Ucrania o Kazajstán, o a la realización de ejecuciones sumarias..

Otros tuiteros han querido acordarse también de los líderes de izquierda españoles del momento; como Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Pablo Echenique. Muchos de ellos han sido protagonistas de los memes que algunos usuarios de esta red social han adjuntado junto a sus mensajes. De este modo, si teclea #RAEComunismoEsTotalitario, se encontará, por ejemplo, con imágenes de Iglesias, Garzón y Errejón caricaturizados como el grupo musical Los Chunguitos. Imágenes que aparecen acompañando a otras en las que se comparan fotos de una concentración republicana con las de un mitin nazi.

Como suele ocurrir en estos casos, al poco tiempo han comenzado a pronunciarse usuarios de Twitter favorables a la actual acepción que tiene la palabra comunismo para la RAE. Estos han tratado de defender a golpe de tuit la labor llevada a cabo por gobiernos marxitas a lo largo de los años.

A pesar del revuelo generado en redes sociales, desde la RAE se afirma que, al menos hasta el momento, no se ha solicitado ninguna revisión de la acepción «comunismo», lo cual es un requisito indispensable a la hora de cambiar la definición que se da desde la Academia a una palabra.


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