Un ‘devaluado’ billete de 100 bolívares con la cara del presidente Nicolás Maduro adorna un supermercado en Caracas. Jorge Silva/Reuters

CARACAS — La mansión de siete habitaciones y pisos de mármol en el acaudalado distrito de Altamira está en alquiler por 3 millones de bolívares al mes. Pero el corredor de bienes raíces dice que el dueño, que vive en el extranjero, prefiere un monto distinto: US$10.000.

La ley venezolana prohíbe que el dueño cobre en moneda extranjera, y en 2009, el entonces presidente Hugo Chávez desestimó al dólar como “papel sin respaldo”. Pero cuando la economía de Venezuela se cae a pedazos y su moneda se desploma en medio de una inflación de tres dígitos, el país en efecto se está dolarizando. Mensajes en código cada vez les permiten más a los compradores saber que los dólares son bienvenidos.

“En bolívares, es un mercado para los vendedores”, dijo el agente de bienes raíces Rafael Lobo Guerrero. “Pero en dólares es un mercado para los compradores”.

Desde bienes raíces hasta autos o incluso algunos artículos más baratos como de salud, una creciente cantidad de vendedores exige dólares, o su equivalente en bolívares al cambio del mercado negro, ahora alrededor de 350, que equivale a varias veces la tasa oficial. Eso deja fuera de competencia a la mayoría de los venezolanos, que no pueden obtener dólares debido a complejos controles monetarios que usa el gobierno para impedir la salida de capitales.

Esos controles han ayudado a exacerbar las divisiones de clase entre los que tienen sólo bolívares y los que tienen acceso a dólares, socavando la llamada revolución bolivariana de Chávez, el movimiento social adoptado por su sucesor, el presidente Nicolás Maduro, que busca distribuir la riqueza de forma equitativa.

“¿Qué puedo comprar en bolívares? Bueno, no mucho”, dijo Juan Verde, un abogado jubilado con una pensión de 20.000 bolívares (US$50) al mes, quien aseguró haber gastado recientemente todos sus ahorros para comprar alimentos. “Las cosas están un poco en el aire para mí. Como están para muchos venezolanos”.

Anauco, una agencia independiente de protección al consumidor, ha recibido gran cantidad de quejas sobre vendedores que fijan precios de electrodomésticos en dólares, según su director, Roberto León. “Ahora todo se cotiza en moneda extranjera”, sostuvo. “Si vamos a usar el dólar oficialmente, el gobierno debería salir y decirlo”.

Este mes, funcionarios sindicales en el sector automotor dijeron que el gobierno venezolano pronto permitiría que fabricantes como Ford Motor Co., que ha tenido problemas por su acceso limitado a dólares, fije precios en dólares estadounidenses. Las autoridades han hecho pocas declaraciones públicas sobre las conversaciones con la automotriz, y muchos se preguntan hasta dónde llegará el gobierno en cuanto a reconocer el dólar oficialmente.

Esta semana, Maduro dejó pocas dudas de que su gobierno no adoptaría formalmente la moneda de su rival ideológico, y culpó a enemigos extranjeros que no nombró por los problemas económicos del país y la volatilidad cambiaria.

“En Venezuela no va a haber, ni ha habido, ni habrá dolarización”, dijo en la televisión estatal. “Nuestra moneda orgullosamente es y será siempre el Bolívar”.

Lectura recomendada:  La doble moral de la banca mundial en torno a Venezuela

Poniendo de manifiesto la contradicción, el presidente y otros funcionarios a veces se refieren al dólar en discursos públicos.

“Te estoy entregando un apartamento y te estoy entregando un cheque de US$50.000, los dólares que nos pertenecen a todos menos a la burguesía”, dijo hace poco Maduro al entregarle a una familia pobre las llaves de una casa nueva que construyó el estado.

Una mujer cambia dólares por bolívares en una casa de cambio en Caracas. Carlos Garcia Rawlins/REUTERS

Para cubrir el creciente gasto gubernamental, el banco central de Venezuela ha aumentado la oferta de bolívares 15 veces desde 2008, cuando el gobierno de Chávez le quitó tres ceros en relación con la moneda previa y creó una nueva. Sus reservas internacionales, en tanto, están en un mínimo de 12 años, en US$17.500 millones, apenas por encima de Bolivia.

Algunos economistas advierten que perder esta capacidad de imprimir dinero cuando sea necesario complicaría el trabajo de los administradores económicos al ceder una importante medida de control sobre política monetaria.

Sin embargo, otros sostienen que el mayor exportador de petróleo de América del Sur —un commodity denominado en dólares— debería seguir el ejemplo de Ecuador y Zimbabue, países que adoptaron el dólar para combatir su alta inflación, o el de Panamá, que ha usado el dólar desde su fundación hace más de un siglo.

En 1995, Steve H. Hanke, un profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins que ha asesorado a Argentina, la ex Yugoslavia y otros gobiernos con importantes crisis monetarias, le aconsejó al gobierno venezolano que creara una junta de conversión para atar por completo el valor del bolívar al dólar. El gobierno desestimó la propuesta. “Venezuela nunca tuvo un sistema monetario saludable”, dijo, y lamentó la decisión del gobierno previo.

Yugoslavia, que usó el dinar para bienes básicos como alimentos pero una divisa estable, el marco alemán, para autos y viviendas, aún podría ser un modelo para Venezuela, señaló Hanke.

Sin embargo, para muchos venezolanos, gran parte de la economía ya está efectivamente dolarizada. American Airlines, entre otras aerolíneas extranjeras, ha dejado de vender pasajes en bolívares, lo que deja a sus vuelos fuera de alcance de la mayoría de los venezolanos.

Un chef de un elegante restaurante de sushi en Caracas dijo que el suministro de pescado ha sido inestable debido a que los comerciantes venden cada vez más la pesca fuera de Venezuela, y la cobran en dólares. Cuando se consigue el atún, cuyo precio es regulado por el estado en 80 bolívares por kilo, se vende por 1.300 bolívares en el mercado negro, agregó.

Las farmacias tienen pocos medicamentos y productos comunes como lentes de contacto. Pero para quienes tienen dólares, una cadena, Locatel, ofrece un servicio en línea que envía productos desde su filial en Estados Unidos.

“Por supuesto que esto es una dolarización completa”, dijo Francisco Valencia, quien recibió un trasplante de riñón y tuvo que viajar al exterior y pagar en dólares para comprar un medicamento con esteroides que necesitaba. “Tenemos que acudir al mercado internacional o el mercado negro para cuidar nuestra salud”.