Un respaldo póstumo al fiscal Nisman

febrero 14, 2015 · Imprimir este artículo

Un respaldo póstumo, un futuro muy complicado

Por Joaquín Morales Solá.

El fiscal Gerardo Pollicita hizo ayer el más grande homenaje a la memoria de su colega muerto, Alberto Nisman. Desarticuló en poco más de 60 páginas la calificación de «débil» que el Gobierno y sus voceros habían hecho de la denuncia de Nisman sobre el presunto delito de encubrimiento de la Presidenta, de su canciller y de otros cristinistas de poca monta y peor calaña. Cristina Kirchner ingresó, así, en un escalón más elevado de la crisis política que provocaron aquella denuncia y, sobre todo, la posterior y extraña muerte del fiscal. El conflicto político y judicial es más intenso ahora y el futuro de la Presidenta es, al menos en los tribunales, mucho más comprometido.

Nadie en su sano juicio puede darle una explicación racional a la existencia de una diplomacia paralela. No porque las diplomacias paralelas no existan, sino por la poquedad intelectual y moral de los diplomáticos paralelos que eligió Cristina Kirchner. Luis D’Elía, con claros antecedentes antisemitas, y Fernando Esteche, jefe del violento Quebracho, eran los mensajeros ante Irán. El diputado y jefe camporista Andrés «Cuervo» Larroque era el correveidile del Gobierno ante tales diplomáticos inverosímiles. Con semejantes operadores, la Presidenta no necesita de opositores ni de destituyentes para terminar sentada ante un juez. Ellos la llevarán.

Hubo un diálogo telefónico, que Pollicita reproduce, entre D’Elía y su amigo Jorge «Yussuf» Khalil, quien era (¿es?) el enlace con la embajada iraní en Buenos Aires, que es tan inquietante como sugestivo. D’Elía le dice a Yussuf que están hablando por teléfono con manos libres (es decir, por altavoces), que está «en Presidencia» y que no le puede decir el nombre de la persona que lo está escuchando. ¿Quién los estaba escuchando en la cima del poder? ¿Acaso el entonces secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, viejo amigo de D’Elía? ¿O era la propia presidenta de la Nación? Las respuestas a esas preguntas son cruciales para conocer el grado de involucramiento de Cristina en la causa.

Pollicita suscribió una reflexión política de Nisman. Cristina Kirchner cambió radicalmente la política de su esposo, luego de que murió, porque éste promovía la persecución de los iraníes reclamados por la justicia argentina. El fiscal pone como pruebas las declaraciones públicas de ex ministros de Néstor Kirchner, como Alberto Fernández, Rafael Bielsa, Jorge Taiana y Roberto García Moritán, este último vicecanciller durante cuatro años. La estrategia de los fiscales es interesante: coloca al Gobierno contra la memoria del fundador del kirchnerismo y esposo de la actual presidenta. Dicho de otro modo: ¿podría haber un golpismo nestorista contra Cristina, si son las declaraciones de los ministros de Néstor las que acusan a Cristina? La hipótesis es desopilante, pero no se puede descartar en el paranoico universo del cristinismo.

Lo que Nisman hizo, y Pollicita ratificó, fue relacionar los hechos públicos con los secretos en las negociaciones con Irán. Es cierto que existen muchas referencias a publicaciones periodísticas, pero casi todas son para dejar constancia de declaraciones que hicieron funcionarios públicos argentinos e iraníes. O para anotar la existencia de una o de varias decisiones tomadas en Buenos Aires o en Teherán. No existe una sola referencia que aluda a opiniones periodísticas. Vale la pena hacer esta aclaración porque voceros oficiales habían dicho que la denuncia de Nisman se limitó a «reproducir artículos periodísticos».

Esas publicaciones fueron, a su vez, vinculadas con lo que concretamente pasaba en la realidad. Debe subrayarse que la política argentina, la que no tiene acceso al chato círculo que controlaba esas negociaciones, y el periodismo no encontraron nunca una explicación razonable al acuerdo con Irán. El tratado había convertido en nada la investigación de la justicia argentina sobre la devastadora masacre a la AMIA, que acusó al gobierno iraní, incluido el entonces presidente de ese país, de haber orquestado y financiado el atentado. El acto criminal lo habría ejecutado la organización Hezbollah.

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El drástico giro geopolítico de Cristina Kirchner resultó en su momento sorprendente e inexplicable, aunque la única razón que se entrevió, sin pruebas importantes hasta ahora, fue la que imponía el creciente déficit energético del país. Siempre se dijo, además, que el nexo entre Cristina e Irán había sido el extinto presidente de Venezuela Hugo Chávez. D’Elía y Esteche han sido siempre, también, interlocutores privilegiados y defensores acérrimos del régimen chavista. ¿Es cierto que todo tiene que ver con todo, como dice Cristina?

Vinculadas las publicaciones periodísticas y la realidad, los fiscales respaldaron sus conclusiones con lo más sabroso de la causa: las grabaciones de conversaciones telefónicas. Ése el problema del Gobierno, porque esas grabaciones confirman las conclusiones que surgen de aquella vinculación. La denuncia tiene sustancia, dice Pollicita, para iniciar una investigación, aunque obviamente deben probarse todavía muchas cosas. El proceso sólo ha comenzado, pero Pollicita deslizó una posible acusación muy grave contra Cristina: encubrimiento de un crimen de lesa humanidad.

Dicen los que han escuchado las grabaciones de las conversaciones telefónicas que está probado en ellas que a los iraníes sólo les interesaba que cayeran las cédulas rojas de Interpol, que significan la máxima alerta para capturas internacionales, de cinco jerarcas del régimen de Teherán. Hay un dato que respalda esa certeza. El tratado se hizo sólo para que eventualmente declararan los cinco iraníes afectados por esas cédulas rojas de Interpol. Resulta que Nisman pidió la captura de tres más (ocho en total) y de un libanés. El libanés murió, pero los otros tres iraníes están vivos. Son el entonces presidente de Irán, el entonces canciller de ese país y el entonces embajador iraní en Buenos Aires. Interpol reconoció al ex presidente inmunidad de jefe de Estado e inmunidad diplomática a los otros dos. ¿Por qué el tratado habla sólo de cinco iraníes y no de ocho? ¿No es ésa la mejor prueba de que sólo se buscaba beneficiar a los que estaban perseguidos por Interpol?

El oficialismo argentino se enredó con la interpretación de la «pista iraní» o la «pista siria». Son la misma cosa. Irán y Siria tienen un acuerdo que viene de muy lejos y se mantiene hasta ahora. De hecho, fue Siria la que colocó el territorio y el escenario para la primera reunión secreta entre el canciller Héctor Timerman y su colega iraní, Ali Akbar Salehi. El déspota de Damasco, Al Asad, no hubiera sobrevivido a la última revuelta popular sin la ayuda de Irán y Rusia. Los nuevos mejores amigos de Cristina Kirchner. Aquella reunión de Timerman con Salehi, en la ciudad siria de Alepo, ahora destruida, fue una primicia del periodista Pepe Eliaschev, que Timerman desmintió y Salehi confirmó. A Timerman no sólo lo maltratan en Buenos Aires.

Tal vez la historia se habría escrito de otra manera si hubieran intervenido profesionales de la diplomacia. Quizás éstos hubieran hecho las cosas de manera que el tratado con Irán quedara registrado sólo como una decisión política, polémica y mala seguramente, pero decisión política al fin. D’Elía, Esteche y Larroque colocaron, en cambio, a la Presidenta y a su canciller al borde (o en el centro) del delito.

Fuente: La Nación, 14/02/15.

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