¿Quién está quemando iglesias en Europa?

agosto 4, 2020

¿Por qué arden las catedrales?

Por Sertorio.

Catedral de Nantes

El incendio de la catedral de Nantes, que surgió en tres focos distintos y que fue, sin duda, provocado, es el más espectacular de los ataques contra iglesias católicas en Francia, pero sólo uno entre los muchos que no conocemos porque, por lo general, la prensa los calla. Cosa que no sucedería si se tratase de una pintada en la fachada de una mezquita o de la quema de una “bandera” arcoiris. No sabemos todavía quién ha sido el incendiario [1] y no es este caso particular de Nantes sobre el que nos queremos centrar. En Francia, sólo en el año 2018, se produjeron 877 profanaciones de iglesias (ABC, 15/04/2019). En España el número es mucho menor: 47 en el mismo año, frente a los 8 del 2014 (La Vanguardia, 08/06/2020). Ante estos ataques, la respuesta de los organismos del Estado en España es el silencio y el nulo interés por resolver los casos y castigar a los culpables. ¿Cómo va a mostrar la menor intención de hacer justicia un Gobierno que ha protagonizado la mayor profanación de un templo en nuestra época, como fue la del Valle de los Caídos?

Las iglesias y las catedrales arden y son profanadas a diario en toda Europa. Tan sorprendente fenómeno no es producto de una oleada de gamberrismo juvenil, de una moda. Las iglesias arden porque todo un sistema de propaganda y adoctrinamiento progresista ha inculcado en los jóvenes el odio a la Tradición cristiana, objeto hoy día de todo tipo de deconstrucciones por parte de las élites universitarias y políticas. El cristianismo, para la izquierda, es la religión del hombre blanco y el cimiento espiritual de dos instituciones que deben ser abolidas a toda costa: la familia y el matrimonio. [N. de EP: Apoyados por los que impulsan la Agenda Globalista] Además, en muchísimos casos, el cristianismo crea un fuerte sentido identitario que une a los pueblos con sus iglesias, especialmente intenso en Polonia y Lituania con el catolicismo o en Rusia y Serbia con la ortodoxia. De ahí la ferocidad con que la Unión “Europea” se opone a que se reconozcan las raíces cristianas de nuestro continente, que si se define por algo ante las otras civilizaciones es por ser la tierra de los cristianos o “francos”. Pero es precisamente esa genuina identidad europea, esa evidente, real e histórica Tradición, la única operativa durante un milenio, la que se quiere aniquilar desde Bruselas. El borrado de identidad es una condición básica del llamado proyecto “europeo”, cuyo fin es hacer de todo el continente un Hong Kong, un Singapur, un Gibraltar, un espacio que se vacía de todo aquello que no sea mercado.  

Si el lector tiene la paciencia de soportar algunas de las series de televisión más populares con las que se envenena a las masas en España, se dará cuenta de que los personajes religiosos, conservadores y tradicionales siempre son los malos. Es curioso que en estos tiempos, en los que tanto se reniega de los estereotipos, a los católicos y a la gente con valores tradicionales se les cargue con el sambenito de la maldad y sean objeto de una burla inmisericorde y hasta sacrílega, mientras que los progres (incluyendo los curas rojos, claro) son invariablemente buenos y luchan con las luces de la razón contra la barbarie de las tradiciones y costumbres patrias. El católico, el cazador, el taurino, el heterosexual, el padre, la madre, al ama de casa, el militar, el sacerdote, y toda aquella persona que no comparta los valores de los guionistas de extrema izquierda, puede ser estereotipado y escarnecido con tópicos que aplicados a la nueva aristocracia de las minorías protegidas resultarían intolerables. Fijémonos cómo se estigmatiza a la gente del campo, a los que viven de la tierra y sus criaturas, por los ecologistas, animalistas y demás endriagos del bestiario progre. No es sorprendente: el campesino, estamento a extinguir en los designios de los eurócratas, es el depositario de la religiosidad popular (la única verdadera), de las tradiciones de la estirpe y de un sentido comunitario de la existencia. Despoblar el campo y escarnecer a sus habitantes forma parte esencial del proyecto “europeo”, urbano por naturaleza.

Son ya cincuenta años de permanente desprestigio y de indisimulado odio contra la Tradición cristiana, favorecido por las incesantes capitulaciones de la Iglesia postconciliar, siempre callada, siempre cobarde, siempre sumisa, siempre dispuesta a aspirar el humo de Satán en vaharadas cada vez más amplias. Las profanaciones y la iconoclastia irán en aumento mientras no se levante una reacción de defensa de nuestra historia y de nuestra identidad frente a los ataques coordinados y muy bien estructurados de la plutocracia mundial. Las ofensivas realizadas por los mastines del Sistema en los últimos años en Chile o en Estados Unidos o en la propia Europa, han acabado con la destrucción de los símbolos de nuestra memoria, como las estatuas de Colón o las de los héroes de la América Confederada, pero también de Cervantes, de Isabel la Católica o de San Junípero Serra. Todo esto ante las protestas tímidas y con la boquita pequeña de gobiernos como el español, que en realidad apoyan toda esta barbarie. Bueno, pues tanto en Chile, como en Estados Unidos, como en Europa, también cruces e iglesias fueron el blanco de los ataques de los racistas eurófobos. Y con toda la razón del mundo, la misma que hace que todos los radicales negros se conviertan al Islam: el cristianismo, aunque universal por naturaleza, es históricamente europeo, está ligado a nuestras raíces, lo hemos hecho nosotros. No tardaremos en ver movimientos similares en la izquierda postmarxista y antiblanca: Roger Garaudy fue sólo un precursor. La islamización del continente forma parte del proyecto de aniquilación de nuestra identidad. Recordemos: uno de los factores de la formación de la Europa medieval fue la resistencia de sus pueblos a ser islamizados, algo que se demostró con una oposición activa y militante, incluso bélica, como se ve en las Cruzadas, pero también en aquellos mártires cordobeses del siglo IX, que se sacrificaron ante el todopoderoso emirato omeya para afirmar su identidad cristiana y para combatir la arabización de su pueblo: ¿Pero quién se acuerda de Eulogio, de Paulo Álvaro y de los Mártires de Córdoba? Bergoglio, sin duda, los excomulgaría hoy.

¿Por qué, pues, arden las catedrales? Porque es el resultado inevitable de nuestro sistema educativo y de los antivalores que se instilan en las masas por el poder. No tenemos tan corta memoria como para ignorar la devastación que causaron los rojos durante nuestra guerra del 36: las iglesias destruidas, las obras de arte quemadas y el martirio de miles de fieles. Ellos son los mismos, no ha cambiado en nada su odio a la Cruz. Y lo mismo pasa en toda Europa. Lo que Azaña y Giral toleraban en su tiempo, ahora lo permiten Sánchez y sus cómplices.

Todos los países europeos que defienden su identidad, el no acabar anegados en el amnésico y bestializante melting pot mundialista, acaban por luchar por los símbolos y la herencia inmaterial, algo mucho más importante que la economía y la política. Y algo, además, que se sabe por instinto, que no necesita de grandes discursos porque corre en nuestra sangre. Por ejemplo, en Rusia, un mes antes de las elecciones presidenciales de 2012, las gamberras del grupo Pussy Riot profanaron el templo de Cristo Salvador en Moscú. Todo el mundialismo salió en defensa de las delincuentes, de las profanaciones y de las blasfemias, pero a Putin no le tembló el pulso y las indeseables niñatas fueron procesadas con benévolo rigor por las autoridades. La estimación de voto para Putin estaba en un 59% antes de este suceso. En las urnas subió a un 63%. Es decir, un pueblo sano reacciona de forma sana. Por cierto, todos estos movimientos y grupúsculos antieuropeos tienen una nota común: cantan, escriben y hablan en inglés, la lengua de los apátridas. Trump ha afirmado que se aplicará la ley a los cafres que han destruido las propiedades públicas en los motines mundialistas de estas semanas. Seguro que tampoco baja en estimación de voto. Sólo los pueblos muy degenerados pueden sufrir estas ofensas sin chistar. El camino está marcado. O defendemos nosotros nuestros templos y nuestra memoria o todo arderá con la complicidad de las autoridades. No serán los gobiernos “europeos” ni las jerarquías religiosas los que hagan algo por defender el legado de la Tradición cristiana.

Fuente: prensarepublicana.com, 2020

Más información:

Un mundo que cambia. César Vidal

Manipulación mediática

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La Inteligencia Artificial no es neutra

enero 23, 2020

¿Decidirá un robot si puedes recibir un riñón o el préstamo de tu casa?

ROBOT

“Los modelos y algoritmos predictivos” indican a los pobres “como inversiones arriesgadas y padres problemáticos”, se lee en un artículo reciente de la Civiltá Cattolica

La Inteligencia Artificial no es neutra. La sustitución del hombre para maximizar objetivos y tareas a través de las máquinas o la robótica abre un debate serio sobre el impacto de la Inteligencia Artificial y su incidencia en la vida de millones de personas, especialmente aquellas pobres y marginadas.

“Los pobres en un mundo dominado por los big data” es el tema clave presentado en el artículo, titulado: Intelligenza artificiale e giustizia sociale. Una sfida per la Chiesa, publicado recientemente por La Civiltá Cattolica (18 enero / 01 de febrero 2020 –  Año 171, pág. 121 – 131, Sumario  4070).

Antonio Spadaro S.J y Paul Twomey ponen el énfasis en las potencialidades de acompañar el cambio tecnológico actual con la sabiduría humanista de la Iglesia. Además porque la tecnología e ingeniería robótica y sus implicaciones son impredecibles y ambiguas, para el trabajo y el empleo, la manufactura, la agricultura y los sistemas alimentarios, los servicios de salud, la lucha contra la pobreza y la marginación.

Precisamente, la Iglesia busca ser profética en el tiempo del “big data”, es decir, en la época inquieta e incierta de esos datos de cuyo volumen, complejidad y velocidad, sin control, se está forjando el desarrollo de la “Inteligencia Artificial” y la New Economy.

Se trata, según Spadaro y Twomey, de comprender el fenómeno con el intento de canalizarlo desde la perspectiva de la “justicia social”. Existen desafíos y oportunidades, pero abordar la cuestión desde el “bien común” podría inclinar la balanza a favor de la dignidad de la persona y no de su manipulación.

Los big data, “datos necesarios para alimentar los motores de aprendizaje automático pueden llevar a una manipulación y a la explotación de los pobres: Los pobres del XXI siglo son, al mismo tiempo de quien no tiene dinero, los que, en un mundo basado sobre los datos y sobre las informaciones, aquellos ignorados, ingenuos y explotados”, se lee en el artículo.

“Los modelos y algoritmos predictivos” indican a los pobres “como inversiones arriesgadas y padres problemáticos”. Así, vigilancia, manipulación y control asoman como una amenaza en la vida de los pobres en la era de la IA, donde cada gesto o comportamiento se digitalizan en algoritmos sin alma y emociones con fines gubernativos, comerciales y públicos.

La influencia de esos sistemas avanzados de análisis podría hacer más complejo y menos humano la asistencia social, la defensa de la privacidad, la aplicación de leyes y el crédito para sectores ya marginados.

La Iglesia está ahí para ofrecer una reflexión sobre los aspectos éticos y espirituales, por ejemplo en el caso especifico de los códigos y los prejuicios a su alrededor. “El código de programación está escrito por seres humanos. Por lo tanto, su complejidad puede acentuar los defectos que inevitablemente acompañan a cualquier tarea que realizamos”.

Las preconcepciones y el sesgo en la escritura de los algoritmos son inevitables. Y pueden tener efectos muy negativos sobre los derechos individuales, la elección, la colocación de los trabajadores y la protección de los consumidores”.

La revista de los Jesuitas en Roma, cuyos textos son revisados por la Santa Sede antes de su publicación, propone una mirada realista respecto a los sesgos presentes y futuros.  “Sobre el código que viene escrito hoy se basarán los futuros sistemas de la IA por muchos años posteriores”.

De hecho, los investigadores han encontrado prejuicios de varios tipos presentes en los algoritmos, en el software adoptado para las admisiones en las universidades, en los recursos humanos, en las calificaciones de crédito, en los bancos, en los sistemas de manutención de niños, en los sistemas de seguridad social y en otros”.

En definitiva, “los algoritmos no son neutrales. La creciente dependencia de la economía socioeconómica de la IA da un enorme poder a quienes programan sus algoritmos”.

Riesgo de una mayor marginación de los vulnerables. Un análisis del impacto social de los grandes datos y de la IA muestra que su tendencia a tomar decisiones sobre la base de un perfil insuficiente y una retroalimentación limitada conduce a una mayor marginación de los pobres, los indigentes y los vulnerables”.

Por eso, la propuesta es que los futuros Bill Gates o Mark Zuckerberg y otros genios de la programación y de la informática, conciban las consecuencias éticas de sus negocios y descubrimientos para bien de la humanidad entera. Así como ha advertido el Papa Francisco en su discurso enviado al Foro Económico de Davos en enero de 2018.

Spadaro y Twomey afirman que la evolución de la IA contribuirá en gran medida a plasmar el siglo XXI.  “La Iglesia está llamada a escuchar, a reflexionar y a comprometerse proponiendo un marco ético espiritual a la comunidad de la IA, de esta manera prestar un servicio a la comunidad universal. Según la tradición de la Rerum Novarum, se puede decir que aquí hay una llamada a la justicia social”.

La cuestión sigue abierta: ¿Qué será de la vida de millones de personas, externas a los círculos decisionales de expertos y de empresas especializadas en Inteligencia Artificial volcadas con millones de dólares en la carrera tecnológica que pretende incidir en cuestiones vitales, tales como la salud, el trabajo, las aseguraciones, las pensiones, la privacidad, la instrucción, etc.? 

En efecto, la Pontificia Academia de las Ciencias en mayo de 2019, invitó a expertos internacionales a la Ciudad del Vaticano para abordar las preocupaciones de la Iglesia sobre los fundamentos científicos de la innovación de la IA / robótica; las relaciones persona-robot y las implicaciones para la sociedad.

Asimismo, el papa Francisco ha recibido en audiencia privada a líderes del campo tecnológico como el presidente de Microsoft, Brad Smith, el pasado 13 de febrero de 2019, para valorar el bien común en futuras innovaciones. A una platea de los representantes de empresas como Apple, Facebook, Google, Francisco también planteó el beneficio de la IA para que los menores no tengan acceso a material pornográfico y ser protegidos de otras amenazas a su inocencia.

Además, de alertar a las élites del mundo también sobre el mal uso de la inteligencia artificial para manipular la opinión de millones de personas y “envenenar” los debates públicos, a través de un mensaje al pasado Foro Económico Mundial en Davos (27.09.2019).

Artículo de la Civiltá Cattolica: INTELLIGENZA ARTIFICIALE E GIUSTIZIA SOCIALE. Una sfida per la Chiesa

Fuente: es.aleteia.org, 23/01/20.


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