Populismo, el paso previo a la Tiranía

julio 26, 2017

El populismo es el germen de la tiranía

Por Roberto Cachanosky.

populismo

Para el populista es importante destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios

Voy a empezar esta nota con una frase que va a escandalizar a más de uno: el endiosamiento del voto ha destruido la república y los derechos individuales, llevando a los países a la pobreza y la tiranía.

¿Por qué semejante frase? Es que los políticos, periodistas e “intelectuales” de izquierda han tomado el cuidado de resaltar la palabra democracia y ponerla por encima de la república. Al mismo tiempo, para ellos democracia significa que el que más votos tiene recibe el poder para hacer lo que quiere. Recuerdo a Cristina Fernández de Kirchner diciendo en 2008, cuando se produjo la crisis con el campo, que a pesar de tener el 45% de los votos, iba a mandar el proyecto de la 125 al Congreso como si su decisión fuera un favor que su graciosa majestad le otorgaba a los plebeyos en vez de un mandato constitucional.

populismoComo he dicho en otras oportunidades, la democracia se ha transformado en una competencia populista, es decir, teniendo en cuenta que el poder se consigue no por la fuerza de las armas como hacían los antiguos reyes, sino por la cantidad de votos, el truco para ganar la competencia populista consiste en obtener la mayor cantidad de votos. Para eso lo primero que hacen los populistas es dividir a la sociedad (lo que hoy se conoce como grieta) y convencen a la gente que unos son pobres porque otros son ricos, por lo tanto, si lo votan al político populista, él hará justicia quitándole a los ricos para darle a los pobres.

En términos económicos el político populista trata de maximizar la cantidad de votos que va a recibir con un costo menor de los votos que va a perder por prometer aumentarle la carga tributaria a un sector reducido de la sociedad. Esquilman a un 20% de los votantes para repartir el fruto del robo legalizado entre el 80% de los que reciben los recursos del robo legalizado.

La cuenta que hacen es: ¿cuánto me cuesta en pérdida de votos aumentarle la carga tributaria a un sector de la población y cuántos votos gano repartiendo el dinero ajeno? ¿A qué sector de la población puedo expoliar perdiendo pocos votos para financiar mi política populista y repartir ese dinero ajeno entre una mayoría amplia?

Por eso es importante para el populista destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios. Si tengo más votos no tengo límites, y si el Congreso o el Judicial me ponen límites entonces los otros poderes se están levantando contra la voluntad popular que es “sagrada”.

La realidad es que en una república la voluntad popular no es sagrada. Una mayoría circunstancial no tiene derecho a violar los derechos individuales de una minoría, por más minoritaria que sea esa minoría. En una sociedad libre, el voto solo sirve para elegir a un administrador que temporariamente manejará la cosa pública pero con poderes limitados, entendiendo por poderes limitados que el monopolio de la fuerza que se le otorga no puede ser utilizado para violar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Por eso los populistas son enemigos de una sociedad libre. Porque el poder limitado les impediría explotar a un sector de la sociedad en beneficio de un grupo más amplio que le aporte un mayor caudal de votos. Lo primero que tiene que hacer el populista es romper el concepto de límite al gobierno para poder usar el monopolio de la fuerza y violar derechos individuales expoliando a aquellos que le van a financiar su permanencia en el poder, que no son otros que los contribuyentes. El primer paso es generar lo que hoy se llama grieta: decir que determinado sector de la sociedad (el sector al que se lo va a explotar impositivamente) es el culpable de que otros sean pobres. Con eso se crea el clima para iniciar la expoliación y justificar el uso del monopolio de la fuerza para violar los derechos de terceros. Una vez abierta la puerta que permite usar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales en nombre del bien común, ya no hay límites para el populista que termina transformándose en tirano. Al comienzo la gente lo aplaude, pero a medida que van desapareciendo las inversiones, cae la producción, escasean los bienes y servicios a los que puede acceder la población y aumentan sus precios por el déficit fiscal debido mayor gasto público producto de la redistribución del ingreso, entonces el populista redobla sus críticas a los supuestos conspiradores y aumenta el enfrentamiento. El camino que elige es decir que las cosas andan mal porque hay sectores que conspiran contra el modelo. Sectores ocultos que busca perjudicar a pueblo trabajador. Con esto justifican el aumento del uso de la fuerza para violar los derechos individuales, incrementan la presión impositiva, estableciendo controles, regulaciones, etc. El estado va adquiriendo un mayor control sobre la vida de los habitantes para, supuestamente, defenderlos de los enemigos.

Como el sector expoliado se va achicando porque huyen las inversiones, para sostenerse en el poder, el populista tiene que aplicar impuestos a sectores que antes no pagaban. Va ampliando el campo de expoliación impositiva hasta que llega un punto en que buena parte de la población siente el efecto del populismo y el balance de votos ganados y votos perdidos empieza a diluirse.

Cuando la crisis económica llega a límites insospechados y la gente ya no tolera más la situación puede ser tarde y queda presa del populista que se transformó en tirano. Pasó con el Perón de los 40 y 50, con Chávez y Maduro y aquí no ocurrió porque la gente reaccionó a tiempo y le puso un límite al vamos por todo que no era otra cosa que establecer una tiranía. El tirano, que empieza como un simple populista, nunca anticipa su objetivo final de tiranía. No lo hizo Fidel Castro, ni Perón, ni Chávez, ni tantos otros tiranos.

Lo cierto es que ese populismo inofensivo va avanzando hasta generar pobreza, violar crecientemente los derechos individuales y finalizar destruyendo el sistema republicano para establecer una tiranía. El ejemplo chavista con Maduro ahora a la cabeza es el ejemplo categórico al respecto.

En síntesis, a la tiranía se llega con un primer paso: cuando el político enfrenta a un sector de la sociedad con otro sector de la sociedad. Acusa a unos de ser responsables de la pobreza de los otros. El segundo paso es poner la mayoría de los votos por encima de los derechos individuales. El que más votos tiene puede hacer lo que quiere. Es como si la sociedad eligiera a sus propios tiranos. El tercer paso es expoliar a determinados sectores productivos para financiar la “compra” votos vía el gasto público. Y el último paso es llevar al extremo la violación de los derechos de los derechos individuales. Para eso tiene que destruir la república y establecer una tiranía. Y de las tiranías solo se sale cuando los pueblos se levantan contra el tirano.

Fuente: economiaparatodos.net


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invertir no es un juego de azar

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Europa y Estados Unidos viran hacia LatinoAmérica

octubre 24, 2016

La ‘latinoamericanización’ de la política de EE.UU. y Europa

La política en Europa y Estados Unidos está adquiriendo un cariz cada vez más latinoamericano.

Por Stephen Fidler.
Juan Domingo Perón, uno de los primeros caudillos latinoamericanos, junto a su esposa Eva Duarte de Perón. Su forma de hacer política marcó una época en el continente.

Juan Domingo Perón, uno de los primeros caudillos latinoamericanos, junto a su esposa Eva Duarte de Perón. Su forma de hacer política marcó una época en el continente.

La política en Europa y Estados Unidos está adquiriendo un cariz cada vez más latinoamericano.

populismoEn partes de la Unión Europea y Estados Unidos, el debate político se está pareciendo a los que caracterizaron a América Latina en décadas anteriores. Hay un aumento del culto de la personalidad, la idea de que una figura carismática o caudillo puede corregir las falencias económicas y políticas de un país.

Vuelan las acusaciones de que hay que acabar con el viejo orden corrupto y conforme la corrupción se inserta en el discurso político, los opositores son retratados como personas sin ningún otro motivo que su beneficio personal.

Las instituciones se politizan. Algunos líderes europeos, por ejemplo, atacan la independencia del poder judicial que, en su opinión, obstruye el funcionamiento de sus gobiernos. También han surgido más cuestionamientos del proceso electoral, incluyendo en Estados Unidos, donde era inédito.

américa latinaDe ninguna manera, estos atributos “latinoamericanos” son evidentes en todo Occidente: hay una amplia gama de experiencias e historias políticas en Europa, Canadá y EE.UU.

Tales caracterizaciones tampoco abarcan a toda América Latina, donde muchos países las han dejado atrás. La mayoría de los políticos latinoamericanos tampoco se pronunció sobre la inmigración, un tema dominante tanto en Europa como en EE.UU.

Un lamento común de los perdedores en las elecciones latinoamericanas era que los comicios estaban manipulados en su contra. Pero a diferencia de lo que ocurre en EE.UU., a menudo tenían razón.

Sin embargo, el foco de los perdedores en las elecciones amañadas tuvo consecuencias importantes: los políticos opositores jamás pudieron aceptar el resultado. Ellos y sus partidarios quedaron al margen del sistema político, al que condenaron como injusto y, por ende, quedaron excluidos del proceso de formación de políticas.

El ex presidente mexicano Ernesto Zedillo reconoció este problema en su propio país, que en ese entonces era el sistema unipartidista de mayor duración de la historia, a mediados de los años 90. En una entrevista conmigo, Zedillo dijo que “el problema con el sistema político mexicano es que cada vez que tenemos elecciones, un lado declara con antelación la naturaleza ilegítima de las reglas y, por ende, se niega a aceptar los resultados”. Después de hacer cambios para abordar el problema, ahora hay una alternancia en el poder entre diferentes partidos políticos.

Aparte de las insinuaciones acerca de la legitimidad de las próximas elecciones, el aspirante republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, también ha cuestionado la imparcialidad o competencia de instituciones que hasta ahora los políticos no habían criticado, como la Reserva Federal, los comandantes de las Fuerzas Armadas o los servicios de inteligencia.

Victor Bulmer-Thomas, historiador económico de América Latina y ex director del centro de estudios británico Chatham House, señala que “hace 30 años hubiésemos hablado sobre el dominio de la ideología en la política latinoamericana, mientras que en EE.UU. imperaba una voluntad de llegar a acuerdos. Ahora, es al revés”.

BrexitLa reciente campaña de cara al referendo sobre la permanencia británica en la Unión Europea también marcó un cambio en el tono de la retórica política. Los defensores de la salida de la UE, un proceso conocido como brexit, acusaron a las instituciones de gobierno de estar sesgadas. Entre los blancos de las críticas estaban el Banco de Inglaterra y el Ministerio de Finanzas, por sus proyecciones pesimistas en caso de que Reino Unido optara por abandonar la UE, e incluso la Comisión Electoral, encargada de velar por la ecuanimidad de los comicios. Las críticas, por cierto, provenían de quienes dicen querer quitarle poder a Bruselas para devolvérselo a las instituciones británicas.

No es sólo un fenómeno británico. Los gobiernos de Polonia, Hungría y Grecia están atacando al poder judicial, al que acusan de obstaculizar la voluntad democrática del pueblo.

Los partidos nacionalistas de oposición en Francia, Holanda y ahora Alemania, que exigen cambios radicales de las políticas de consenso que han imperado durante años, jugarán probablemente un papel destacado en las elecciones del próximo año, aunque no ganen. Las grandes empresas y los bancos también son susceptibles, puesto que se considera que su poderío socava la democracia.

Los políticos tanto en Europa como en EE.UU. expresan las frustraciones de una gran cantidad de personas que, al igual que muchos latinoamericanos antes que ellos, se sienten decepcionados de la política y no valoran las instituciones políticas y económicas. Esta gente desplaza el centro de gravedad del debate político, aunque no lleguen al poder.

Tomando en cuenta que las políticas que defienden raramente se asocian a la creación de riqueza, esto presenta un desafío para la economía moderna, dependiendo del éxito de una compleja interacción de instituciones, normas y mercados. Y, al contrario de lo ocurrido en América Latina durante el siglo XX, estas economías están en el centro del sistema económico global.

Fuente: The Wall Street Journal, 24/10/16.

Más información:

Permiso para pensar

República versus Populismo

La adicción cerebral al populismo

Decálogo del Populismo

populismo

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El populismo de la Corte Suprema

septiembre 1, 2016

El colegio de abogados cuestionó al tribunal

argentinaA través de un comunicado, el Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires se manifestó en contra del fallo de la Corte Suprema por las tarifas del gas.

El Colegio enumera una serie de razones jurídicas que explican la discrepancia con el máximo tribunal. Como puntos centrales se encuentran la obligatoriedad de las audiencias y el costo del servicios.

«No existe disposición legal alguna que obligue a convocar a una audiencia pública para la fijación del precio del gas. La producción de gas no es un servicio público y no está regida por la ley 24.076, que regula solamente los servicios públicos de transporte y distribución de gas natural», explica el texto.

Además, hace referencia a la fijación de las tarifas, las que, de acuerdo con el directorio, deberán pactarse en función de los costos de producción y no de la capacidad de pago de los usuarios. «Se alienta el errado criterio de que las compañías prestadoras de servicios públicos sólo deben percibir las tarifas que los usuarios pueden pagar, sin relación alguna con los costos de generación del recurso.»

Asimismo, apoyan la argumentación a favor del Gobierno en la ley de emergencia económica, «que se encuentra plenamente vigente, habiendo sido prorrogada hasta 2017» y que permite al Ministerio de Energía y Minería «fijar tarifas provisorias en el marco de los acuerdos transitorios ya celebrados con las licenciatarias a cuenta de la revisión tarifaria integral».

Fuente: La Nación, 01/09/16.

Corte suprema 2016 Rosatti Maqueda Highton Lorenzetti

Horacio Rosatti, Carlos Maqueda, Elena Highton y Ricardo Lorenzetti.

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Argentina K: Nepotismo y Militancia rentada

mayo 13, 2015

Sin límites para el nepotismo y la militancia rentada

Al crecimiento del empleo público para recompensar a militantes del kirchnerismo, se suma la tendencia a dar refugio laboral a familiares.

nepotismo 01Entre los legados de los 12 años de gestión kirchnerista, el futuro presidente de la Nación heredará una administración pública desbordada de burócratas, entre los que se encuentra un elevado porcentaje de militantes rentados. Pero, por si esto fuese poco, el kirchnerismo no ha morigerado, sino que ha profundizado un vicio de la vieja política como el nepotismo.

Si como muestra basta un botón, puede citarse el ejemplo del presidente del Banco Central de la República Argentina (BCRA), Alejandro Vanoli, quien les hizo un lugar en ese organismo a su pareja y a su hijo, cineasta, quienes fueron empleados para colaborar en el desarrollo del área de educación financiera de la entidad monetaria.

Vanoli defendió su decisión esgrimiendo que las dos personas designadas están «capacitadas» y cuentan con «antecedentes». No dijo, en cambio, que probablemente haya muchas otras personas igual o mejor preparadas que no tuvieron las mismas posibilidades que sus familiares.

El argumento del titular del BCRA es similar al que vienen utilizando otros funcionarios para justificar las prácticas nepotistas y que olvidan que las dependencias del Estado nacional y de los organismos oficiales descentralizados deben manejarse con criterios de transparencia mayores incluso a los de cualquier empresa privada.

El artículo 16 de la Constitución Nacional expresa que la Argentina «no admite prerrogativas de sangre ni de nacimiento» y que «todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad».

nepotismo 02Pero la tentación de nuestra clase política por olvidarse de la idoneidad y llenar de militantes, parientes y amigos la función pública no ha cedido en estos últimos años, ni en el orden nacional ni en las esferas provinciales y municipales.

Tanto es así que cuando Néstor Kirchner arribó a la Casa Rosada, en 2003, había 266.165 empleados permanentes y transitorios en la administración central, los organismos descentralizados y las instituciones de seguridad social. Al promediar 2014, ese número de agentes públicos era de 377.225, según datos del Indec, y para cuando concluya el mandato de Cristina Fernández de Kirchner podría tranquilamente estirarse hasta cerca de 400.000, según cálculos privados. De este modo, al cabo de 12 años de gestión nacional del kirchnerismo, la cantidad de empleados del Estado podría sufrir un aumento cercano al 50 por ciento. Y, curiosamente, el mayor incremento se habrá producido durante los dos últimos años.

El copamiento del aparato estatal es una de las formas que ha hallado el grupo gobernante para perpetuar a una militancia rentada, en la cual se destacan los adherentes a La Cámpora y otras agrupaciones partidarias, que han colonizado diversas reparticiones públicas, entre las que pueden mencionarse la Cancillería, el Ministerio de Justicia y la Inspección General de Justicia, el Ministerio de Cultura y empresas con participación estatal mayoritaria, como Aerolíneas Argentinas.

La retirada del poder del cristinismo también ha sido cubierta con las designaciones de fiscales y jueces alineados con el kirchnerismo.

nepotismoClaro que el uso político del Estado y sus derivaciones nepotistas distan de ser exclusivas del sector público nacional. El crecimiento del empleo estatal se ha verificado también en las provincias, a tal punto que, de acuerdo con cifras oficiales del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) que se remontan a 2012, el número de agentes del sector público en todo el país equivalía al 21,6% de toda la población ocupada. Se trata de un porcentaje que sólo es superado por cinco países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE): Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Francia. La gran diferencia es que en estas cinco naciones, el Estado cumple un papel activo y eficiente en cuestiones primordiales como la salud, la educación y la seguridad, donde la Argentina ofrece severas falencias.

Otro dato del elefantiásico crecimiento del sector público es el hecho de que, desde 2007 -año en que asumió el gobierno Cristina Kirchner- hasta la actualidad, el crecimiento del total del personal registrado en el sector público prácticamente triplicó al que se produjo en el sector privado.

El avance del populismo y el nepotismo, que en los últimos años ha encontrado sus peores expresiones en provincias como Santiago del Estero y Tucumán, de la mano de caudillos feudales como Gerardo Zamora y José Alperovich, es lamentablemente una realidad en el orden nacional y un lastre que sólo podrá superarse con una profunda renovación en la dirigencia y en la forma de hacer política. Una forma que deje atrás la irracionalidad, la demagogia y la desmesura y que, de una vez por todas, nos convierta en un país serio.

Fuente: La Nación, 13/05/15.

 

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La adicción cerebral al populismo

abril 22, 2014

La adicción cerebral al populismo

Por Emilio J. Gimeno.

Al aplicar las técnicas de imagen a las emociones nacidas de la lucha por el poder, la moderna neurociencia ayuda a desenmascarar políticos y a reconocer en la demagogia y el populismo una verdadera adicción del cerebro que anida en muchos países, entre ellos el nuestro.

En septiembre de 2008, apareció en The New York Times un artículo, «The polítical brain», basado en publicaciones científicas editadas un año antes en Social cognitive and affective neuroscience por el grupo del neurólogo Geoffrey Aguirre, de The Dana Foundation, de Estados Unidos, que estudia las interpretaciones psicológicas de las conductas políticas y sus consecuencias mediante técnicas innovadoras de scanner .

Mediante modernas técnicas de imágenes, el trabajo indaga, neurológicamente, la activación de centros del cerebro de los políticos y su funcionamiento frente a promesas incumplidas, así como la tendencia de los votantes a aceptar dichas promesas en función de razones carismáticas y emocionales. Esto último coincide con estudios de otros neurólogos, como David Amodio, del NY Social Neuroscience Laboratory, y Kevin Oechner y Matthew Liberman en American Psycology (2001), que establecen que existen estereotipos de un «cerebro social» o social modules , que como «mapeo cerebral» caracterizan a cada pueblo o cada país por algún rasgo sobresaliente o característico, como la música, la constancia o el hedonismo. No cabe duda de que para la gran mayoría de los argentinos, la simpatía por la demagogia y su secuela, la inflación, han sido rasgos definitorios dominantes, por lo menos en casi los últimos 80 años.

Una característica argentina muy particular es que, al observar la minusvalía, trata de resolverla por el camino de la empatía fácil, cubriendo necesidades lo más rápido posible, sin cuidar detalles de forma ni las normas y dando soluciones de tipo inmediato, sin atender mayormente las consecuencias. Esa improvisación viene de muchos años atrás, y el argentino siempre fue proclive a la justicia épica y reivindicatoria, aunque en ello se arrasen derechos y principios. Lo fue desde la primera época de Perón, con la nacionalización de ferrocarriles y la subsiguiente decadencia ferroviaria a través de años.

Otro tema épico siempre manipulado es el petróleo. Desde los contratos petroleros de La California derogados por la Revolución Libertadora a los de Frondizi y su anulación por Illia, hasta hoy con la expropiación de Repsol, como fin de un proceso que revela ejemplos en los que la demagogia y la improvisación son el resultado de la incompetencia del populismo.

Otro tema tabú es el de los regímenes jubilatorios, que fluctuaron entre la privatización de los fondos de las AFJP y el apoyo a un sistema provisional quebrado que mal mantiene y estafa a los jubilados con el objetivo principal de manejar una gran caja. Son todos engaños mantenidos por ideas demagógicas de regímenes populistas, que encantan al argentino. Lo contradictorio es que, aunque la mayoría repudie y despotrique contra el sistema, por causas y formas distintas, en el fondo las acepta.

Hoy la neurociencia se atreve a estudiar todas esas conductas sociales con una base científica, dentro de la llamada «Teoría de la mente» (ToM en inglés), aplicada en la neurosociología para reconocer actitudes y tendencias comunes en una población. Nuestro cerebro tiene una rara inclinación a aceptar la solución fácil, surgida de ideas inducidas, antes que discutir las propias, sean mejores o peores pero elaboradas por análisis y síntesis, producto de nuestra propia experiencia y razonamiento. La dominancia de ideas «fáciles» nos encanta y encandila, nos mantiene como aletargados en nuestra propia adicción. Somos así presa fácil del político demagogo, arribista, y caemos como clientes de un sistema populista que nos promete mucho, que cumple poco y que es corrupto porque, junto a las promesas, hay que crear un escenario donde se despliegan muchas apariencias y muchos actores para complacer.

Los propios gobiernos y sus voceros suelen enorgullecerse y hasta alardean del populismo, como si fuese una bendición. Es triste encontrar que en la Argentina es una cosa normal discutir aumentos de salarios que rondan el 30% mientras negamos que aumenta la inflación. Se expropian petroleras y aerolíneas, alardeando con pocos fundamentos, y se amenaza que no se debe pagar nada. La Argentina se ríe de los juicios internacionales y desprecia la justicia doméstica, cuando no coincide con los intereses gobernantes. Es alarmante oír que hasta funcionarios relevantes se enorgullecen y alaban al populismo. Toda esa impunidad y desfachatez es propia de la idiosincrasia argentina, resumida en la «soberbia» con que nos identifican los países sudamericanos, que bien nos conocen.

A pesar de ser raros exponentes, la demagogia no es invento argentino. Ya existió con Solón en Atenas, 572 años aC, cuando fue designado arconte y derogó con una orden las deudas de los campesinos con los terratenientes despóticos. La historia recuerda los inevitables desórdenes de todo tipo en que cayó el gobierno de Atenas de aquella época, que provocaron la caída de Solón, la devaluación de la moneda y revueltas sociales que parecerían una verdadera premonición de lo que hoy vuelve a ocurrir en Grecia.

Así también nos pasará a nosotros con nuestras soluciones ligeras, rápidas y violentas. La verdad algún día golpeará en nuestra cara, hasta que el «cerebro argentino» entienda que las soluciones no vienen nunca de mágicos profetas, sino de laboriosos artesanos que estudian y aprenden por experiencia que la improvisación sólo da promesas y sus recompensas siempre son oropeles y abalorios de colores.
Fuente: La Nación, 16/05/12.

Decálogo del Populismo

noviembre 2, 2012

Decálogo del Populismo
Por Enrique Krauze

El populismo en Iberoamérica ha adoptado una desconcertante amalgama de posturas ideológicas. Izquierdas y derechas podrían reivindicar para sí la paternidad del populismo, todas al conjuro de la palabra mágica «pueblo». Populista quintaesencial fue el general Juan Domingo Perón, quien había atestiguado directamente el ascenso del fascismo italiano y admiraba a Mussolini al grado de querer «erigirle un monumento en cada esquina». Populista posmoderno es el comandante Hugo Chávez, quien venera a Castro hasta buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del «nuevo socialismo». Los extremos se tocan, son cara y cruz de un mismo fenómeno político cuya caracterización, por tanto, no debe intentarse por la vía de su contenido ideológico sino de su funcionamiento. Propongo diez rasgos específicos.

1) El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. «La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra o del gran demagogo -recuerda Max Weber- no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, «vive para su obra». Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido.»

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, «alumbra el camino» y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. Weber apunta que el caudillaje político surge primero en las ciudades-estado del Mediterráneo en la figura del «demagogo». Aristóteles (Política, V) sostiene que la demagogia es la causa principal de «las revoluciones en las democracias» y advierte una convergencia entre el poder militar y el poder de la retórica que parece una prefiguración de Perón y Chávez: «En los tiempos antiguos, cuando el demagogo era también general, la democracia se transformaba en tiranía; la mayoría de los antiguos tiranos fueron demagogos». Más tarde se desarrolló la habilidad retórica y llegó la hora de los demagogos puros: «Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar». Hace veinticinco siglos esa distorsión de la verdad pública (tan lejana de la democracia como la sofística de la filosofía) se desplegaba en el Ágora real; en el siglo XX lo hace en el Ágora virtual de las ondas sonoras y visuales: de Mussolini (y de Goebbels) Perón aprendió la importancia política de la radio, que Evita y él utilizarían para hipnotizar a las masas. Chávez, por su parte, ha superado a su mentor Castro en utilizar hasta el paroxismo la oratoria televisiva.

3) El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino «Vox populi, Vox dei». Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno «popular» interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial y sueña con decretar la verdad única. Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión. Confunden la crítica con la enemistad militante, por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla. En la Argentina peronista, los diarios oficiales y nacionalistas -incluido un órgano nazi- contaban con generosas franquicias, pero la prensa libre estuvo a un paso de desaparecer. La situación venezolana, con la «ley mordaza» pendiendo como una espada sobre la libertad de expresión, apunta en el mismo sentido; terminará aplastándola.

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, o para ambas cosas, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.

5) El populista reparte directamente la riqueza, lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres, donde hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia. «¡Ustedes tienen el deber de pedir!», exclamaba Evita a sus beneficiarios. Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final ¿quién pagaba la cuenta? No la propia Evita sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones «voluntarias» y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación. En cuanto a Venezuela (cuyo caudillo parte y reparte los beneficios del petróleo), hasta las estadísticas oficiales admiten que la pobreza se ha incrementado, pero la improductividad del asistencialismo (tal como Chávez lo practica) sólo se sentirá en el futuro, cuando los precios se desplomen o el régimen lleve hasta sus últimas consecuencias su designio dictatorial.

6) El populista alienta el odio de clases. «Las revoluciones en las democracias -explica Aristóteles, citando «multitud de casos»- son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos.» El contenido de esa «intemperancia» fue el odio contra los ricos; «unas veces por su política de delaciones […] y otras atacándolos como clase, [los demagogos] concitan contra ellos al pueblo». Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a «los ricos» (a quienes acusan a menudo de ser «antinacionales»), pero atraen a los «empresarios patrióticos» que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.

7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas. La plaza pública es un teatro donde aparece «Su Majestad El Pueblo» para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra «los malos» de adentro y afuera. «El pueblo», claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un parlamento; ni siquiera la encarnación de la «voluntad general» de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos sino Groucho): «El poder para los que gritan «¡el poder para el pueblo!»».

8 ) El populismo fustiga por sistema al «enemigo exterior». Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de afuera. La Argentina peronista reavivó las viejas (y explicables) pasiones antiestadounidenses que hervían en Iberoamérica desde la Guerra del 98, pero Castro convirtió esa pasión en la esencia de su régimen: un triste régimen definido por lo que odia, no por lo que ama, aspira o logra. Por su parte, Chávez ha llevado la retórica antiestadounidense a expresiones de bajeza que aun Castro consideraría (tal vez) de mal gusto. Al mismo tiempo hace representar en las calles de Caracas simulacros de defensa contra una invasión que sólo existe en su imaginación, pero que un sector importante de la población venezolana (adversa, en general, al modelo cubano) termina por creer.

9) El populismo desprecia el orden legal. Hay en la cultura política iberoamericana un apego atávico a la «ley natural» y una desconfianza de las leyes hechas por el hombre. Por eso, una vez en el poder (como Chávez), el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la «justicia directa» («popular», «bolivariana»), remedo de una «Fuenteovejuna» que, para los efectos prácticos, es la justicia que el propio líder decreta. Hoy por hoy, el Congreso y la Judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en la Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, el Poder Judicial.

10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la «voluntad popular». En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la vicepresidencia de la República. Perón se negó a apoyarla. No por casualidad, en sus aciagos tiempos de actriz radiofónica, había representado a Catalina la Grande. En cuanto a Chávez, ha declarado que su horizonte mínimo es el año 2020.

¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala yerba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de «soberanía popular» que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles, y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de independencia desde Buenos Aires hasta México. El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente «moderada» o «provisional»: no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.

Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es «subvertir la democracia».

Fuente: La Nación, 01/11/12.

Enrique Krauze

Enrique Krauze