El relato progresista, una forma de propaganda socialista

junio 25, 2018

“Resignificar” la historia, una herramienta de propaganda socialista

“Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado.”

La “resignificación” volvió al Che Guevara un icono gay, pese a reprimir homosexuales y a Evita en símbolo feminista cuando lo repudiaba.
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En la Edad Media, la invención de la imprenta expandió el alcance y difusión del conocimiento. En la segunda mitad del siglo XX la televisión en el hogar permitió ver sucesos en tiempo real a pesar de la distancia. Eso complicó conservar el relato de los defensores del socialismo, ya que estaba a la vista la miseria y represión en los regímenes de turno.

Así nace la posmodernidad; del desencanto, del rechazo a lo previo y debido a la necesidad de reforma. Los pensadores de la época se vieron ante el reto de desvincular la teoría de la práctica para difundir sus ideas, no desde la evidencia sino desde la dialéctica. “Resignificaron” los conceptos, sucesos y ahora logran convertir a verdugos en héroes.

Gianni VattimoUno de los principales autores y creador del “pensamiento débil”, el filósofo y político italiano Gianni Vattimo, sostiene que en la posmodernidad “lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones”.

Propone un comunismo débil, distinto a la represión y hambruna de la Unión Soviética y China. En su obra Hermenéutica comunista cita como ejemplo a Hugo Chávez en Venezuela, Luis Inácio Lula en Brasil y Evo Morales en Bolivia, a quienes dedica su obra. Pretende resignificar el comunismo, o sea volver a significar. Es decir, cobra un nuevo significado, sentido e incluso valor.

“Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”, decía George Orwell en su novela 1984, donde advertía al Reino Unido y el mundo cómo sería el futuro si gobernase el socialismo internacionalista.

Luego de décadas de militancia socialista, Orwell pudo ver desde adentro cómo se manejaba esta ideología que requiere la anulación del individuo en pos del colectivo, al punto de sacrificar la voluntad, el pensamiento y el sentimiento personal.

Este proceso se evidenció en Cuba, en la década de los sesenta. Bajo la consigna “el trabajo os hará hombres”, el Che Guevara condenaba a los homosexuales a campos de trabajo forzado. En cada Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) quienes no eran considerados “aptos para la revolución” debían “hacerse hombres” por la fuerza.

Che GuevaraSin embargo, el socialismo actual, resignificado, no solo no lo castiga a este líder de izquierda, sino que lo promueve: ahora el rostro del Che aparece en banderas y sobre los cuerpos de los manifestantes de las marchas del orgullo gay. Igual ocurre con Eva Perón. Hoy en día en las marchas feministas de Argentina se repite la consigna “si Evita viviera, sería tortillera”, aduciendo que sería lesbiana en jerga local.

Sin embargo, la evidencia indica que Evita, quien fue primera dama, era abiertamente antifeminista. Así lo aclaró en su discurso El paso de lo sublime a lo ridículo:

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Parecían estar dominadas por el despecho de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres.

Creían entonces que era una desgracia ser mujeres… Resentidas con las mujeres porque no querían dejar de serlo y resentidas con los hombres porque no las dejaban ser como ellos, las “feministas”, la inmensa mayoría de las feministas del mundo en cuanto me es conocido, constituían una rara especie de mujeres… ¡que no me pareció nunca mujer!

Y yo no me sentía muy dispuesta a parecerme a ellas.

Un día el General me dio la explicación que yo necesitaba.

“¿No ves que ellas han errado el camino? Quieren ser hombres. Es como si para salvar a los obreros yo los hubiese querido ser oligarcas. Me hubiese quedado sin obreros…”

En este discurso se refleja la voz del líder populista, al igual que Marx y Engels, equiparando a la mujer al proletario y al hombre con el burgués, obrero y oligarca en la versión nacionalista del socialismo.

A su vez, se ve (y escucha) que Evita no solo renegó de la ideología y conducta feminista, sino que confesó abiertamente el amor por su esposo, por ende su heterosexualidad.

Pero esto en la posmodernidad es irrelevante. No importan los hechos sino el significado que se les da.

Así permitió que el Che Guevara sea el ídolo de los homosexuales, aunque los reprimía, y Evita de las feministas, pese a que las consideraba ridículas, resentidas, feas y envidiosas de no haber nacido hombres.

El fracaso del Socialismo del siglo XXI

junio 21, 2018

El socialismo del siglo XXI: de fracaso en fracaso

Por Emilio Cárdenas.
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Cuando el fallecido Hugo Chávez gobernaba autoritariamente a Venezuela, calificó pomposamente a su experimento económico marxista de: «Socialismo del siglo XXI». Para así tratar de disimular la realidad, desde que la larga y triste experiencia cubana era ya evidentemente aleccionadora para la región toda, mostrando que ese presunto «sistema económico» termina en la postergación de los pueblos que de pronto son sometidos al mismo y en el deterioro manifiesto de sus niveles de vida. Peor aún, también en lo que, en el plano de la política, se ha dado en llamar las «dictaduras constitucionales».

Hoy, la situación económico-social de los tres países de nuestra región que de pronto fueran sumergidos en ese experimento acredita lo señalado. Me refiero a CubaVenezuela y Nicaragua.

Todos ellos establecieron, desde el Estado, mecanismos repulsivos de «control social», reñidos frontalmente con la democracia.

Así, transformaron a sus Poderes Judiciales en meros agentes del Poder Ejecutivo, sin independencia real alguna. Gobernaron a través de un partido único, que adormeció -o eliminó- a la oposición y rechazó las disidencias. Y sometieron a las autoridades electorales de sus respectivos países a la voluntad exclusiva del partido gobernante, de modo de transformarlas en instrumentos utilizados descaradamente para tratar de perpetuarse en el poder. Nada de ello tiene color democrático. Más bien, todo lo contrario.

En Venezuela, altos agentes cubanos de inteligencia fueron contratados abiertamente y, en algunos casos, hasta fueron designados como funcionarios públicos, a la vista de todos. Nadie invocó aquello de la «intervención en los asuntos internos de otros Estados». El silencio cómplice de muchos destiñó lamentablemente las pocas críticas aisladas.

Por lo demás, pese a que Venezuela es el país del mundo con las mayores reservas de hidrocarburos, hoy la ineficacia y la perversa actitud ideológica de los funcionarios públicos del país caribeño lo han enterrado en la pobreza, el desabastecimiento, la hiperinflación y en una situación lamentable de corrupción endémica.

No sólo eso, su producción petrolera está en su nivel más bajo de las últimas tres décadas y ya no alcanza siquiera para generar las divisas necesarias para pagar las importaciones requeridas para alimentar a su población, puesto que, insólitamente, Venezuela es -desde hace rato ya- una nación incapaz de alimentarse a sí misma.

A todo lo que se suma que algunas de sus más altas autoridades civiles y militares están siendo internacionalmente investigadas por presuntas violaciones de los derechos humanos de su pueblo y aparentes vinculaciones con el narcotráfico. De allí que se califique a Venezuela de «narco-estado».

cuba banderaCuba, por su parte, es ya la definición misma de la escasez de prácticamente todo. Incluyendo, por cierto, a la libertad. Su pueblo tiene uno de los niveles de vida más bajos de la región, que supera sólo al de El Salvador. Con medio siglo continuado de marxismo y autoritarismo al hombro, esto hoy ya no sorprende demasiado a nadie. Era, más bien, de esperar. Ante la lamentable situación económica venezolana, la llegada de sus subsidios «fraternales» a Cuba -que comenzaron a pagarse en 1992, hace entonces ya más de dos décadas- se ha sustancialmente evaporado, empeorando repentinamente las cosas.

nicaragua banderaNicaragua, que mantuvo una economía donde el sector privado sigue siendo un partícipe clave, también ha visto desaparecer los subsidios venezolanos. Hoy está envuelta en un creciente caos, en medio de las airadas protestas de un pueblo que parece harto de vivir sometido a la voluntad política de Daniel Ortega y de su intrigante y ambiciosa esposa: Rosario Murillo. Esas protestas se han reiterado y extendido, mientras las muertes de decenas de civiles inocentes generadas por la desaprensiva represión policial y por los matones a sueldo de Daniel Ortega siguen creciendo, muy desgraciadamente.

Hablamos, sin embargo, de tres regímenes autoritarios, pero longevos. Cuba lleva casi sesenta años en manos de sus dictadores marxistas. Venezuela, por su parte, ha estado ya nada menos que 19 años sumergida cada vez más en el marxismo, en su versión más torpe y populista. Y Nicaragua, por su parte, ha comenzado a crujir socialmente con alguna sonoridad y es testigo de protestas callejeras que no sólo son enormes sino que, además, son reiteradas. A lo que ahora se suma la aparente disconformidad de sus Fuerzas Armadas, que de pronto es notoria.

Tarde o temprano, las cosas previsiblemente cambiarán en esos tres países. Con sus propios ritmos y caminos. Todos, de un modo u otro, se sacudirán de encima por si mismos el marxismo que los asfixia y paraliza. No obstante, nada luce inminente.

Pero lo cierto es que el «socialismo del siglo XXI» como propuesta ha fracasado visiblemente y los daños que genera y el malestar que ya ha provocado -y sigue provocando- están a la vista de todos.

El actual estado de cosas, por sus consecuencias y por las inevitables tensiones que provoca, difícilmente pueda prolongarse mucho tiempo más. Se cierne entonces sobre todos ellos una temporada de tormentas.

Fuente: La Nación, 21/06/18.


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El socialismo es un error sostenido en la mentira

marzo 9, 2018

El socialismo es la fanática insistencia en el error sostenido en la mentira

Hay dos tipos de socialismo, los que han colapsado y los que colapsarán.

Por 

Lenin definió el paso del capitalismo al socialismo por el momento en que el Estado toma los “centros de comando” de la economía.
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El socialismo se pudiera definir como la terca insistencia en el error. Se ha intentado de una u otra forma desde mucho antes de lo que a sus partidarios les gusta admitir, siempre contra viento y marea, para siempre fracasar, dejando montañas de cadáveres entre la inconmensurable destrucción material y moral de las sociedades sobre cuyas ruinas se enseñoreó.

Sus partidarios siempre dirán que lo que ya colapsó “no era socialismo”. Y que sí lo es, lo que todavía no ha colapsado. Eso dirán, hasta que colapse finalmente sin remedio. Entonces insistirán con la misma acomodaticia convicción en que “no era socialismo”. Como para sostenerse tercamente en su error deben insistir recurrentemente en la mentira, su socialismo será el error sostenido en la mentira.

¿Pudiera ser cuestión de grados? Hay sociedades en que la idea socialista se aplica parcialmente, causando daño limitado. De restar suficientes elementos capitalistas para diluir el veneno socialista  en un sistema mixto, aparentarán –por algún tiempo– algo tan mítico como un “socialismo exitoso”. Pero siempre habrá dos mentiras en eso:

  • No son socialismos plenos –como aquellos en los que el socialismo prevalezca clara e indiscutiblemente sobre lo poco de capitalista que pudiera subsistir sojuzgado– sino sistemas mixtos con mucho y muy importante contenido capitalista. Su parte socialista es únicamente un lastre que desacelera y entorpece la productividad de la parte capitalista.
  • No se puede sostener por demasiado tiempo un contenido importante de socialismo en un sistema mixto, sin que la distorsión de los incentivos termine por debilitar severamente la parte capitalista remanente, al punto que no pueda producir más de los que la parte socialista destruye. Todo supuesto “socialismo exitoso” eventualmente dejará de ser socialista, o de ser exitoso.

La idea socialista

Pero ¿Cuál es la idea central del socialismo? ¿La que sería indiscutiblemente común a todas sus variopintas versiones? En eso ha sido útil la definición del revolucionario aristócrata que impuso el primer socialismo que retuvo el poder por décadas: Vladimir Uliánov (Lenin). Poco conocido, y algo que fue secreto de Estado soviético, es que los Uliánov eran miembros de la baja nobleza; como poco conocido es que Lenin al tomar el poder en Petrogrado se propuso apenas mantenerlo más tiempo que la efímera Comuna de París.

Muy conocido es que definió el paso del capitalismo al socialismo por el momento en que el Estado toma los “centros de comando” de la economía. Es discutible que sería, o dejaría de ser, un “centro de comando” de la economía. Pero establece el primer punto en el que el control de medios de producción por el Estado hace a una economía socialista.

La inviabilidad del socialismo

Ludwig von Mises

Ludwig von Mises, el primer economista que explicó la radical e irresoluble inviabilidad económica del socialismo como sistema económico, consideraba que: “El socialismo es el paso de los medios de producción de la propiedad privada a la propiedad de la sociedad organizada, el Estado”,  aclarando que “si el Estado se asegura una influencia cada vez más importante sobre el objeto y los métodos de la producción, si exige una parte cada vez mayor del beneficio […] al propietario […] sólo le queda […] la palabra propiedad, vacía de sentido, pues la propiedad misma ha pasado enteramente a manos del Estado.” Son similares las definiciones de socialismo de Mises y Lenin.

Friedrich von Hayek

El economista Friedrich von Hayek profundizó esa teoría de la inviabilidad del socialismo de Mises –concentrada en la imposibilidad del cálculo económico en un sistema que impide la formación de precios– llegando al problema general de la imposibilidad de transmitir conocimiento disperso por un sistema que al intentar centralizarlo impide su formación misma. En La fatal Arrogancia, explicó al socialismo como error de hecho.

Resultó inmediatamente obvio que tal error es común a todo socialismo: de utopías filosóficas de la antigüedad, y variantes religiosas en diferentes civilizaciones, a  milenarismos comunistas medievales y renacentistas, socialismos cristianos y socialismos ateos, apoyados en totalitarios dogmas de fe para autodenominarse científicos. Con socialismos voluntarios, de falansterios de Fourier a Kibutz israelíes. O totalitarias y brutales variantes neopaganas del siglo pasado –como el nacional-socialismo alemán. Hasta la parte folclórica y malcriada del socialismo occidental contemporáneo. Y el casi infinito etcétera.

Hayek abrió –y recorrió– camino a las raíces de la maligna idea socialista.  Estableció algo común a todas sus variopintas versiones: La pretensión –imposible– de reconstrucción voluntariosa e integral del orden social completo. En sus propias palabras, los partidarios de la idea socialista: “perciben la realidad de manera distinta […] y erran en cuestiones de hecho” debido a que simplemente tienen “una falsa apreciación […] de cómo la información requerida surge y es utilizada por la sociedad.”

Desconocer, negar o pretender superar, que la naturaleza dispersa, circunstancial y subjetiva de la información exige la decisión descentralizada para la armonía del orden evolutivo de la sociedad compleja, es lo que él bien llamó la fatal arrogancia del socialismo.

Hayek también nos reveló que ese error de hecho socialista partía de la atávica aspiración de imponer al complejo y descentralizado orden espontaneo de la sociedad civilizada, el simple orden centralizado del igualitarismo primitivo. Cómo Schoeck reveló que es la envidia, el ancestral  elemento instintivo que está en la raíz de esas erróneas creencias y primitivas pretensiones socialistas. Entenderlos es vital para comprender cómo y por qué ese error sostenido en la mentira, depende de la fanática –y radicalmente falsa– creencia en el bien transcendente y total de la idea socialista. Porque así justifican los socialistas, sus pequeñas miserias a sus grandes crimines, fracasos y mentiras.

 es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela. Síguelo en @grgdesdevzla

Fuente: es.panampost.com

Más información:

El libro negro del comunismo


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Los intelectuales de izquierda viven como capitalistas mientras critican al mercado

marzo 3, 2018

Niall Ferguson: “Las élites de la izquierda viven como capitalistas mientras critican el mercado”

Ferguson apuntó que “el problema no es la llegada de extranjeros, sino la falta de asimilación y de integración»

Niall Ferguson.
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El historiador escocés Niall Ferguson ha pasado recientemente por América Latina para hablar de sus últimos estudios y trabajos. Quizá lo más interesante de su visita a Chile fue la conversación que mantuvo con Axel Kaiser, director de la Fundación para el Progreso.

Durante la misma, Niall Ferguson cargó contra las élites intelectuales de la izquierda, matizó el apoyo liberal a la globalización y se refirió a las tensiones que está generando la inmigración en Europa.

“Las élites de la derecha admiten la desigualdad como una consecuencia natural del mercado, que en cualquier caso es generador de progreso. Las élites de la izquierda disfrutan esos avances más que nadie, viven como capitalistas mientras lamentan incansablemente los males que genera el mercado”, empezó Ferguson.

“Es la izquierda que se queja del cambio climático viajando en jet privado. Es la izquierda que se manifiesta por las mujeres pero se apoya en Hollywood, destapado tras el escándalo de Harvey Weinstein como un espacio de dudosa ética igualitaria. Hay que decirlo, hay que denunciarlo. Porque esas élites no quieren que los demás vivan como ellos. Y cuando se subraya esa hipocresía, el mensaje cala y la izquierda se resiente”

Apoyo a la globalización, con matices

También hubo tiempo para matizar el entusiasmo de los promotores del laissez faire por la globalización. “La esfera liberal se lanzó de forma acrítica a aplaudirla, puesto que, a priori, sus principios son exactamente los que defendemos. Sin embargo, hay aspectos que debieron ser matizados y que tendrán que ser puestos en valor en los próximos años”, admitió.

“Por un lado, tenemos la importancia de la identidad y del Estado Nación, que deben formar parte de nuestro discurso. Por otro lado, también nos hemos equivocado a la hora de abrazar una globalización en la que las reglas de juego no son justas con las economías verdaderamente liberales, que sufren la competencia de sistemas antiliberales que se benefician de la globalización en algunos aspectos pero no la desarrollan en otros, como muestra el caso chino”, lamentó Ferguson.

La inmigración musulmana en Europa

Preguntado por las tensiones que está generando la inmigración musulmana en Europa, Ferguson apuntó que “el problema no es la llegada de extranjeros, sino la falta de asimilación y de integración.

Atravesar una frontera no es sinónimo de trasladar nuestro estilo de vida y nuestras costumbres a otro país. El experimento americano es el mejor ejemplo de lo importante que es generar ese entendimiento.

El capital social se resiente cuando la sociedad pierde homogeneidad en consensos básicos. Por tanto, hay que tener cuidado con el multiculturalismo y todo lo que supone. Europa va a tener que corregir muchos de los excesos que ha cometido a la hora de permitir una inmigración sin asimilación ni integración”.

En esta línea, Ferguson remarcó que “los mercados laborales europeos son demasiado rígidos para absorber la llegada de trabajadores inmigrantes, sobre todo si hablamos de extranjeros poco cualificados.

De modo que el problema de asimilación y de integración, que debe empezar por el trabajo, hace aguas en la medida en que los mercados laborales no crean el empleo necesario.

Por otro lado, en el caso de la inmigración musulmana, la ideología del islam radical está siendo propagada en las mezquitas europeas, invitando a inmigrantes árabes a rechazar la sociedad en la que viven, a cerrarse ante la vida occidental”.

“A veces sorprende que personas que residían en Europa viajasen a Siria para unirse al Estado Islámico, pero realmente esos inmigrantes nunca vivieron el día a día liberal y secular que caracteriza a Europa, sino que permanecieron cerrados ante esa realidad, aislados en comunidades que se cierran ante la misma sociedad en la que están enmarcadas”, zanjó.

Venezuela: Pobreza y Socialismo, un cóctel explosivo

febrero 22, 2018

La pobreza es casi absoluta en Venezuela: llegó al 87%

Por Daniel Lozano.

El índice casi se duplicó en los últimos tres años, desde el 48,4% que se registraba en 2014, en tanto la pobreza extrema se sitúa en el 61,2%
El índice casi se duplicó en los últimos tres años, desde el 48,4% que se registraba en 2014, en tanto la pobreza extrema se sitúa en el 61,2% Fuente: AFP.
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CARACAS — La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) se esperaba con expectativa en Venezuela, por ser el mejor termómetro científico para medir la magnitud de la crisis que devora al país. Pero también con temor ante el nuevo golpe de realidad, confirmado desde la primera cifra que arroja el estudio: el 87% de las familias están bajo la línea de pobreza y el 61,2% viven en pobreza extrema.

Un aumento sin precedentes mundiales, ya que desde 2014, año en el que la crisis comenzó a crecer sin freno, hasta 2017 se pasó del 48,4% de pobreza hasta el 87% actual. Un año antes, cuando Hugo Chávez murió, víctima de un cáncer, el oficialismo intentó universalizar el título de «Mesías de los pobres» para recordar al líder bolivariano.

El impacto de la deriva de la revolución en la gente parece no tener límites: el 64,3% (casi la misma cifra de familias en estado de pobreza extrema) ha perdido en 2017 un promedio de 11,4 kilos, algo exorbitante, que es indisimulable en cualquier calle. En 2016, la pérdida de peso había llegado hasta los ocho kilos. La clase media ha desaparecido de Venezuela, y la popular intenta sobrevivir a duras penas cada día.

El 70,1% de los hogares dijeron que no tienen dinero para comprar comidas saludables; el 70,8% añadieron que los alimentos son insuficientes y el 63,2% de los adultos reconocieron que se saltan una de las tres comidas del día, un sacrificio dirigido a alimentar algo mejor a sus hijos. Más del 60% de la gente se acuesta con hambre.

«Solo 9.931.000 de 12.734.000 están recibiendo educación», destacó la experta Anitza Freitez, lo que confirma que en el último período investigado un millón de chicos quedaron por fuera del sistema educativo. Medio millón, además, presentan «rezago escolar severo, lo que implica el riesgo de exclusión educativa si el entorno familiar es adverso y no hay políticas públicas que apunten a la reinserción».

Muy poco queda de las ensoñaciones del chavismo, que mantiene un viceministerio de la Suprema Felicidad. Casi el 80% de los encuestados lamentan la reducción de sus salidas a los lugares de ocio, tanto por la falta de dinero como de miedo a la violencia que ha situado a Venezuela como el segundo país entre los más violentos del planeta. Pero además el 73% también han dejado de concurrir a los que fueron sus habituales lugares de compras.

La bancarrota generalizada también ha llegado a la salud. El 60% de la gente se vio obligada a cubrir con su bolsillo, ya deteriorado, el gasto de salud, ante la crisis extrema que se vive en los hospitales, donde faltan medicamentos, insumos y tratamientos de toda índole.

El estudio, hasta septiembre, confirma la extensión de las bolsas CLAP de comida, la versión bolivariana de la libreta de racionamiento cubana. En Caracas esta comida subvencionada llega al 62% de los hogares una vez al mes, pero en el interior del país se pierde la eficacia de la entrega, ya que solo el 18% la recibe con periodicidad.

El chavismo ha convertido al CLAP y al carnet de la patria, necesario para adquirirla, en sus principales instrumentos de control social y político. Y también ha sustituido al sistema de misiones sociales creado por Hugo Chávez, con asistencia de Cuba, que está «prácticamente desaparecido», como destaca el informe de Encovi.

Migración

La diáspora también fue analizada por estos investigadores sociales, que llegaron a la conclusión de que la mayoría de los venezolanos que se van del país lo hacen simplemente en busca o porque han conseguido trabajo. Según la encuesta de Consultores 21, terminada a fines de año, cuatro millones de ciudadanos abandonaron el país desde la instalación del chavismo, que cumple 19 años en el poder.

Precisamente las remesas que envían desde el exterior todavía no alcanzan la cuantía importante de otros países latinoamericanos, pero con la «distorsión cambiaria» suponen una gran ayuda a las familias que se quedaron en el país. El 88% de los emigrantes están en edad de trabajar.

«En definitiva, un retroceso significativo de un país que fue rico y hoy está en ruinas», resumió el diputado José Guerra, ministro de Economía de la oposición en las sombras, que desde 2007 lleva advirtiendo de cada una de las consecuencias del modelo económico chavista, incluyendo la hiperinflación que hoy cabalga sin freno.

«En estos momentos de crisis esta información será vital para forma una gran alianza por el cambio», sentenció el padre José Virtuoso, rector de la Universidad Católica Andrés Bello, que defiende junto con rectores académicos y la Comisión Episcopal venezolana que no se puede participar en unas presidenciales fraudulentas, pero que hay que seguir luchando para recuperar la democracia.

La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) confirmó ayer que sus principales partidos, organizaciones sociales, la Iglesia, universidades, el movimiento estudiantil, colectivos obreros y profesionales conformarán el Frente Amplio Nacional para exigir al gobierno unas elecciones democráticas, libres y con condiciones.

Fuente: La Nación, 22/02/18.

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Los países liberales son más prósperos y abiertos

febrero 22, 2018

El informe que destroza al socialismo: los países liberales son más prósperos y abiertos

Un nuevo estudio desmonta la visión apocalíptica del liberalismo que traslada la izquierda radical. 

Por Diego Sánchez de la Cruz.

 

Pablo Iglesias – Un nuevo informe tumba los ataques de la izquierda al liberalismo.
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La extrema izquierda, personificada en España en la figura de Pablo Iglesias, ha heredado de sus referentes internacionales un discurso basado en negar la legitimidad democrática de la economía de mercado. A pesar de que todas las grandes democracias del mundo son sistemas capitalistas, el neocomunismo ibérico insiste siempre en buscar modelos «alternativos», para lo cual inventa utopías como la de Venezuela, cuya mentira está hoy sobradamente refutada pese a la buena prensa que llegó a tener el chavismo.

CATO institutePara esa izquierda cavernaria y atrasada, la publicación del Índice de Libertad Humana es algo así como una daga en el corazón. Y es que este interesante informe del Instituto CATO, firmado por Ian Vásquez y Tanja Porcnik, pone de manifiesto el alto grado de conexión que existe entre la libertad económica y la libertad personal. El mercado no es, por tanto, un impedimento para el desarrollo de la autonomía personal, sino el sistema económico idóneo para desarrollar sociedades más plurales.

El estudio en cuestión se construye a partir de casi 80 indicadores, que a su vez aparecen repartidos en distintas categorías: imperio de la ley, seguridad, libertad de movimiento, pluralismo religioso, respeto al derecho de asociación y reunión, derecho a la información y a la libre expresión, gobierno limitado, derechos de propiedad, estabilidad monetaria, apertura comercial y entorno regulatorio. Por tanto, el Índice de Libertad Humana conjuga los elementos clásicos de los rankings de libertad económica con decenas de indicadores referidos a las libertades civiles y personales. El estudio abarca 159 países y cubre ya casi una década de historia, puesto que los datos incorporados en el proyecto empezaron a recabarse en 2008.

Según el Índice de Libertad Humana, Suiza es el país que brinda una mayor libertad humana, con 8,9 puntos sobre 10. Hong Kong y Nueva Zelanda completan el podio, si bien la ausencia de libertades personales en la isla asiática explica el progresivo deterioro de la nota asignada por el informe. El top diez también incluye a Irlanda, Australia, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Países Bajos y Reino Unido, todos ellos con más de 8,5 puntos sobre 10.

No andan lejos de estas puntuaciones los diez países que se cuelan en el top diez del Índice de Libertad Humana. Son Canadá, Austria, Suecia, Estonia, Luxemburgo, Alemania, Estados Unidos, Taiwán, Singapur y LituaniaPara encontrar a España tenemos que bajar diez escalones más, hasta llegar al puesto 30. Nuestro país recibe 8,2 puntos: 8,8 en la categoría de libertad personal, 7,5 en la de libertad económica. Nos movemos, por tanto, cerca de los niveles observados en Bélgica, Portugal, Japón, Corea del Sur, Francia o Italia.

Libertad personal y económica

Huelga decir que los países en los que suelen mirarse los enemigos del mercado tienen un resultado mucho más desfavorable. El mejor ejemplo es el de Venezuela, que solo logra 5,8 puntos en la tabla de libertad personal y apenas alcanza 2,9 en la que mide el grado de libertad económica, de modo que su calificación final es de 4,3 puntos sobre 10, el resultado más bajo de todo el continente americano.

En suma, como muestra la siguiente gráfica, un mayor nivel de libertad económica tiende a ir de la mano con un grado más elevado de libertad personal.

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Por otra parte, aquellas regiones con un nivel de vida más alto logran también una puntuación tan alta en el Índice de Libertad Humana:

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Y, aunque es cierto que la libertad humana no se traduce siempre en democracia (como muestra el caso de Hong Kong o Singapur), lo cierto es que este tipo de escenarios es atípico y que, en general, la libertad humana tiende a ir de la mano de un grado más alto de democracia:

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Fuente: libremercado.com, 19/02/18.


Índice de libertad humana 2017

Presentamos algunos datos del Índice de libertad humana 2017.

Fuente: elcato.org


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La Izquierda Sibarita

febrero 9, 2018

La Izquierda Sibarita

La izquierda se mueve siempre en un plano ideal e impoluto, angelical. El plano de las utopías. Cada vez que agarra la manija, mete la mano en la lata, administra todo como si fuera suyo, aplica su natural intolerancia, se transforma en un fascismo. El fascismo estalinista, el fascismo de Maduro, etc.

Autor: Occam Occam (@corraldelobos)

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Escribe el periodista @GabyLevinas que “No hay nada más de derecha que, habiendo tantos recursos, dejar un país con 30% de pobreza, sin infraestructura y sin educación”.

Sin pretender refutarlo sino entenderlo, y sin hacer hincapié en su caso personal, tan solo diremos al respecto que Levinas se encolumna, entusiasta, en la larga fila de los que esquemáticamente identifican la izquierda con el Bien y la derecha con el Mal. Izquierda es salud, derecha es enfermedad; izquierda es amor, derecha es odio; izquierda es medio ambiente, derecha es contaminación; izquierda es producción, derecha es especulación; izquierda son industrias, derecha son bancos; izquierda son artesanos, derecha son policías, y así en un etcétera infinito.

Esa bella imagen en claroscuro maniqueo es por supuesto muy endeble. Es difícil ser, por ejemplo, ecologista e industrialista al mismo tiempo. O materialista e idealista. O demócrata y elitista. O perseguir la excelencia y buscar la igualdad. O aspirar a la prosperidad general deplorando la generación de riqueza. O ser pobrerista y sibarita. O repudiar la violencia pero sin reprimir al violento. Pero en fin, con la mentalidad del niño, que quiere todos los juguetes y las golosinas al mismo tiempo, que no puede elegir porque no está dispuesto todavía al sacrificio, construye un universo paralelo utópico, ajeno al sufrimiento y colmado de virtudes y placeres.

Lógicamente, ese castillo en las nubes se esfuma cuando la utopía se encuentra con la realidad, con el desafío de su aplicación en el plano práctico. Allí suele desembocar en una pesadilla más o menos invivible, con un control social irrespirable, un dirigismo autoritario, una planificación total y una gestión económica absoluta (o casi) que hace aguas por todas partes en ineficiencia y escaseces, y una corrupción intrínseca que genera rápidamente un nuevo clasismo de hierro entre el funcionariado burócrata-militante enriquecido y la ciudadanía de a pie empobrecida en igualdad.

Cuando pasa eso, el izquierdista tierno (le tomamos prestado el adjetivo a Espert) siempre busca una explicación que lo devuelva al solaz y la tranquilidad moral de sus convicciones a través del siguiente apotegma: Cada vez que un gobierno izquierdista hace lo que todos los gobiernos izquierdistas, se transforma automáticamente en gobierno de derecha.

La consecuencia práctica, lógicamente, debería ser que la izquierda no puede gobernar, y que debe mantenerse expectante en el plano de la intelectualidad (que domina con uniformidad aplastante, anclada en Frankfurt y el Mayo de 1968), o incluso en el marco de propuestas más o menos extravagantes a partir de una minoría parlamentaria. Sin embargo, no sólo persiste con una tozudez digna de las grandes gestas, sino que incluso impone la agenda de manera tan urgente, intensa y acuciante (magnificada por el brazo mediático), que sus imperativos y solo ellos, ocupan las políticas de todo gobierno: la igualdad se garantiza aumentando la presión impositiva para que luego el Estado redistribuya en planes sociales, subsidios, gratuidades y medidas de fomento; en lo educativo, bajando la vara lo suficiente para que todos pasen de grado sin mayor esfuerzo y consigan un diploma para colgar de un clavito; en lo sanitario, estableciendo intervenciones gratuitas que nada tienen que ver con la misión de prevenir ni con el arte de curar; en lo cultural, legitimando desde lo excelso hasta lo abyecto, poniendo en plano de igualdad La traviata y El humo de mi fasito; en lo social despenalizando conductas desde la vía legislativa o más frecuentemente, desde la práctica judicial; o bien equiparando las situaciones deseables con las anómalas, diluyendo todo en un marasmo de relativismo moral.

Porque la izquierda es el Bien y la derecha es el Mal, pero la izquierda a su vez deplora los conceptos de Bien y de Mal. Así entonces, ser bueno es desconocer que existe lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo correcto y lo incorrecto, la sabiduría y la ignorancia, la salud y la enfermedad, el talento y la mediocridad, el éxito y el fracaso, la ley y el delito, la propiedad y el robo, la virtud y la perversión.

El resultado llega más temprano que tarde: el que parte y reparte se lleva la mejor parte, y el funcionariado sentado sobre una montaña de dinero de los contribuyentes anónimos tiende a pensar que nadie va a echar en falta un par de fajos de billetes más o menos, o una bolsa de papel madera, o un paquete termosellado de crujientes violetas de €500. Incluso se justifica. Tanto esfuerzo por planificar, dirigir, recaudar, distribuir, armar los pliegos y licitar, adjudicar y certificar las obras (o los inicios de obra) tiene que tener su recompensa. Y también, el diezmo para la política, para que nuestra fuerza tenga autonomía de movimiento frente a las corporaciones, independencia de criterio ante los poderosos, capacidad de enfrentar al imperialismo. Y luego, ya agrandados, en un proyecto milenarista, ¿qué mejor que expropiar a los poderosos y administrar todo desde el gobierno?

Paralelamente, el nivel educativo desciende casi hasta el analfabetismo funcional, se empobrece el lenguaje, se desincentiva la curiosidad y la competencia, la cultura se degrada, el plan de vida en general gira hacia el aburrimiento, el entretenimiento burdo y grosero, la droga recreativa, la promiscuidad, el delito.

Esa consecuencia sociocultural no desalienta al “proyecto”, más bien todo lo contrario. Estimula sus anhelos por eternizarse, al ser sometido al referendo cuatrienal de una población apática y sin mayores aspiraciones que la de una línea de merca, la jarra loca, el perreo y El humo de mi fasito, arrastrada por una juventud entusiasta y militante, pletórica de simbología, de relato y de canciones de hinchada, y en general rentada con algún cargo público en un organigrama cada vez más desmesurado y estrambótico.

A todo ese circo se lo denomina campo popular, y genera una democracia plebiscitaria que solo rige por 10 horas durante al acto electoral, y que implica algo así como firmar un cheque en blanco para que el régimen luego imponga su decisión sin restricciones ni cortapisas por 4 años. Quien se queje es el antipueblo, el aventajado, la derecha mala que no quiere que el campo popular sea feliz, cante y baile a la madrugada de un martes en todas las esquinas, que procree deportivamente, que disfrute del decodificador gratuito en su rancho de cartón y chapas.

El Estado absorbe la mano de obra que su propia intervención expulsa del mercado de trabajo, o la contiene mediante subsidios de desempleo y planes sociales variados. Así genera una clientela fiel y barata de votantes para mantener el nuevo statu quo. La certeza de la eternidad en el poder relaja cualquier prurito subsistente, y la corrupción comienza a ser flagrante y ostensible. Las rutas no sólo no se terminan, sino que ni siquiera se empiezan, los anticipos de obra comienzan a ser desproporcionados, los funcionarios se ponen a ostentar con fasto, y esa ostentación es signo de respetabilidad. Porque éste la sabe hacer. Se genera una nueva jerarquía en función de los metros cuadrados cubiertos, las hectáreas de estancia con espejo de agua propio y la climatización de la piscina.

Cuando el hombre de la izquierda sibarita percibe que el país bajó 50 escalones en las pruebas PISA, que la pobreza creció en forma alarmante, que reina el descontrol, la inseguridad y la violencia en las calles, que los funcionarios ostentosos regañan a los periodistas como a chicos impertinentes por cadena nacional o buscan cerrar sus medios o comprárselos con sus testaferros, se empieza a inquietar. Desde su silla BKF, con su habano doble corona humeando en la diestra, acariciando a su gato de pelo largo con la siniestra, un vaso gordo de dorado Macallan 36 sobre un libro de Pierre Bourdieu en la mesita, y escuchando un vinilo de Thelonious Monk, comienza a experimentar un sobresalto espiritual.

Ahí es cuando atisba nuevamente el apotegma salvador, aquél que ha acudido tantas veces para su sosiego: Cada vez que un gobierno izquierdista hace lo que todos los gobiernos izquierdistas, se transforma automáticamente en gobierno de derecha.

Recuerda las innumerables decepciones y ratifica su criterio de pureza. Él se ha mantenido siempre en su mismo sitio, los que se han movido de la izquierda, los que han traicionado los altos principios idealizados, son los que gobiernan. Se toma el poder con la izquierda pero se gobierna con la derecha, se dice. Reconoce que ha simpatizado con el gobierno de izquierda y lo ha acompañado con su voto y su opinión por varios años. En todo caso, ha pecado de ingenuo, de cándido. No ha visto, no ha podido ver, no se ha imaginado, hasta qué punto ese gobierno se empapaba de Mal, se hacía de derecha, hasta que la cosa ya no dio para más.

Una vez que ha podido explicarse el nuevo fracaso, vuelve a entrecerrar los ojos y a disfrutar de las evoluciones caprichosas de ese piano virtuosamente endemoniado en Brilliant Corners, mientras exhala una voluta de humo cubano, apenas más consistente que su idea.

Fuente: restaurarg.blogspot.com.ar,2017.

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La falacia de los derechos sociales

enero 30, 2018

La falacia de los derechos sociales

Por Gabriel Boragina.

movimientos sociales

Hemos escrito bastante sobre la gran tergiversación en los términos que significa la populista “derechos sociales” o “estado social”, “organizaciones sociales”, etc. Todas fórmulas y expresiones que ocultan un significado muy diferente al que quieren aparentar y que -en definitiva- esconden como objetivo el logro de porciones de riquezas que deberán ser detraídas a unos para ser entregadas al grupo que se oculta tras el adjetivo “social”.

“[…] los derechos individuales han pasado de ser “negativos”, una esfera protegida de acción, a “positivos” una exigencia de materialización de beneficios concretos que inevitablemente exige quitar a unos para dárselo a otros.”[1]

Antiguamente, la única noción concebible -tanto jurídica como filosófica y económicamente- era la de derechos individuales. Todo el mundo, en épocas ya idas, tenía clara conciencia de qué significaban estas palabras unidas, y nadie cuestionaba la claridad de su sentido, al punto que había un gran consenso en cuanto a que separados estos vocablos perdían total representación. Hoy en día las cosas al respecto han cambiado bastante.

“Las libertades sancionadas por las cartas constitucionales de los siglos XVIII y XIX proporcionaban espacios y garantías para la acción libre del hombre, pero no atribuían ventajas sustantivas a nadie. Eran derechos absolutos (incondicionales) porque no tenían “coste”, porque su satisfacción no exigía la cooperación forzosa de los demás.”[2]

No eran derechos positivos sino negativos, en el concepto de que tales garantías constitucionales aseguraban que nadie pudiera interferir con las acciones, libres, voluntarias y lícitas de toda persona, reconociendo la misma obligación negativa hacia los demás. En algunos casos, los autores se refieren a ellos como derechos naturales, propios e inherentes a la condición humana, y por esto recibían este nombre. Constituían la órbita de conducta donde cada uno -sin lesionar los iguales derechos del prójimo- podía hacer lo que se le viniera en gana.

“Si tengo derecho a trabajar y nadie quiere contratarme, alguien (el gobierno) debe forzar a otro para que lo haga. Así, los derechos iguales para todos del liberalismo clásico se han transmutado en desiguales, en discriminaciones. Los modernos derechos sociales son costosos y además generan expectativas de satisfacción crecientes que inexorablemente se traducen en un deterioro, por no decir, en un creciente quebranto de los primeros.”[3]

Los “derechos sociales” son la más pura expresión de la negación del Derecho mismo, y son la causa de todos los males sociales (aunque resulte paradójico). Se tratan -como han expresado profundos pensadores, como el Dr. Alberto Benegas Lynch (h)- de pseudoderechos. Sin embargo, es la corriente imperante y dominante, no sólo en el campo jurídico sino en el económico que es donde más daño causan, ya que para que se cumplan tales “derechos sociales” se deben violar los derechos naturales de otra persona o de un conjunto de ellas. La misma necesidad de tener que calificar la palabra derecho, que ha perdido su sentido univoco para pasar a adquirir otro equivoco, nos da la pauta del caos legislativo y económico en la materia en el que se vive.

“Los derechos, que resultan significativos, son los derechos naturales, no los que se confieren por una autorización legislativa. Los llamados “derechos sociales” de hoy en día no son “derechos” y, sin dudas, no son “programas de ayuda social” pues nadie tiene la facultad de ayudar a expensas de otro; son más bien demandas que la sociedad puede o no satisfacer.”[4]

Participamos de la utilización de la locución derechos naturales que consideramos auténtica y la adecuada para expresar la naturaleza y esencia de los verdaderos derechos a los que antiguamente no era necesario adjetivar. Como bien expresa el autor que ahora comentamos, los derechos jamás provienen de la ordenanza gubernamental, ni de decreto, ni aun de ley positiva alguna. El poder político ha de reconocer los derechos individuales o naturales, mas no puede crearlos y, por supuesto, mucho menos abolirlos. Así, la Constitución de la Nación Argentina reconoce tales derechos individuales, aunque -lamentablemente- después de la infortunada reforma sufrida en el año 1994 su texto se vio desnaturalizado por completo.

“Y no obstante, en las democracias industriales modernas, a un gran número de ciudadanos se les exige trabajar para mantener a otros: en Suecia, el Estado más retrógrado en este sentido, por cada ciudadano que se gana la vida, 1.8 son mantenidos completa o parcialmente por los impuestos que él debe pagar; en Alemania y Gran Bretaña la proporción es de 1:1, y en los Estados Unidos de 1:0.”[5]

Si este es el panorama de las democracias industriales modernas imagínese el lector cual será el de los populismos latinoamericanos, donde del asistencialismo social se ha hecho más que una cultura, sino un culto mismo, y en los cuales postular la disminución o eliminación de los programas sociales de “ayuda” (en el caso particular de Argentina conocidos como “planes sociales”) es un tema tabú y merecedor de la más severa condena social para quien siquiera lo insinúe.

“Los pensadores comunistas y fascistas insistieron en que las personas somos sólo títeres de los supuestamente inapelables “capitanes de la industria”, un argumento falaz pero atractivo y conveniente para justificar que la política nos recorte o arrebate la libertad. Podemos decir que estamos en manos de leyes históricas inapelables, como diría Marx, o de héroes imprescindibles, como diría Carlyle, o de sombríos poderes económicos, como han sostenido cientos de artistas.”[6]

Para evitar esto, los propios comunistas han propuesto -como lo aclara el mismo autor líneas más abajo- la creación de los denominados “derechos sociales”. Es justamente en esos falsos “males” invocados por socialistas y fascistas (como los nombrados) que se sostiene que estamos “necesitados” de “derechos sociales”. Lo que realidad quieren es suprimir los únicos derechos reales existentes: los individuales o naturales (como lo han hecho y lo continúan haciendo). La idea de fondo es que el gobierno pueda manejar nuestras vidas y recursos como mejor le parezca.

[1] Lorenzo Bernardo de Quirós “Las consecuencias políticas del liberalismo: La declaración de derechos y el debido proceso”. Seminario Internacional sobre la Democracia Liberal. Democracia, Libertad e Imperio de la Ley. Sao Paulo. 15/16 de mayo Pág. 18-19.

[2] Lorenzo Bernardo de Quirós …ibidem.

[3] Lorenzo Bernardo de Quirós …ibidem.

[4] Richard Pipes. “Propiedad y Libertad: La Piedra Angular de la Sociedad Civil”. Fundación Friedrich Naumann. México Business Forum Pág. 23-24

[5] Richard Pipes. …ibidem, Pág. 23-24

[6] Carlos Rodríguez Braun “Cultura y economía”. Revista Libertas 41 (octubre 2004) Instituto Universitario ESEADE Pág. 4

Fuente: prensarepublicana.com, 28/01/18.

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Individualismo y Estado de Bienestar: El infierno sueco

enero 7, 2018

EL INFERNAL ‘PARAÍSO’ DE LA SOLEDAD SUECA: INDIVIDUALISMO Y ESTADO DE BIENESTAR

Por Mario Silar.

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¿ES REAL LA BUENA FAMA QUE TIENEN LOS PAISES NÓRDICOS? ¿QUÉ SE ESCONDE DETRÁS DE ESTE IDEAL DE AUTONOMÍA RADICAL?

SueciaHe tenido la gran fortuna de conocer hermosas ciudades y paisajes de los países nórdicos de Europa. Habiendo nacido y crecido en Sudamérica y viviendo hace varios años en el Viejo Continente, cuando uno hace turismo no puede evitar pensar: «¡qué bien se vive por aquí!». Pero ¿es realmente así? Fácilmente reconocemos que una cosa es el ojo del turista y otra la realidad del inmigrante que lleva varios años viviendo en un sitio muy lejano de sus raíces.

Todos sabemos, además, que «los países nórdicos» ocupan buena fama entre la opinión pública. En buena medida esto se debe a la tarea «informativa» de los medios de comunicación, así como las frecuentes referencias que hacen diversos actores políticos poniendo a estos países como los ejemplos a seguir. En efecto, es a estos países a los que miramos cuando queremos mejorar los sistemas educativos, ellos suelen ser también los referentes en materia de conciliación laboral, de derechos sociales e incluso de políticas de asilo y migración. En el imaginario de la opinión pública parece habitar la idea de que Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca han logrado casi «cuadrar el círculo», en la medida en que han sentado las bases institucionales para lograr una sociedad que goza de los niveles de prosperidad que ofrece la economía de mercado, al tiempo que han logrado -fruto de una supuesta fuerte presencia gubernamental- lidiar con éxito frente al monstruo de la desigualdad, que supuestamente anidaría en las economías capitalistas. Por el contrario, algunos retardatarios -en el colmo de su impostura- acogerían e incluso verían con buenos ojos la desigualdad a la que consideran la condición de posibilidad para tener una economía genuinamente libre y digna de los seres humanos. No se puede ser tan cruel, piensan muchos que tienen esta quimera mental en su cabeza, de pensar que el estado debe estar ausente para tener economías libres, y allí tenemos estos países nórdicos para «demostrar» lo contrario: que se puede vivir bien, en la abundancia, gracias a un estado fuerte que provee las bases económicas para equilibrar la balanza.

Dentro de este imaginario también suele acogerse la idea de que el individualismo es fruto del modus vivendi «consumista» alentado por el sistema económico capitalista, y que la socialdemocracia o un pretendido socialismo «light» fue el marco conceptual que estuvo y está a la base del éxito y de la prosperidad del modelo social nórdico actual.

LA MITAD DE LA POBLACIÓN SUECA VIVE SOLA Y EL 40%, ADEMÁS, AFIRMA SENTIRSE SOLO.

¿Es todo esto realmente así?

No.

Un reciente documental, de gran calado sociológico, analiza la realidad de la vida en Suecia, desenmascarando un auténtico drama oculto que viven actualmente muchos ciudadanos en ese país. Algunas estadísticas demográficas son desoladoras; revelan que, en la actualidad, uno de cada dos suecos vive solo (es la tasa más elevada del mundo), y que uno de cada cuatro suecos muere en soledad… lo que es más estremecedor… existen muchos cadáveres que no son reclamados por ningún otro ser humano, y personas que fallecen solas en su domicilio y pasa largo tiempo hasta que son identificadas. La situación es tan impactante que hace pocos días un medio de prensa, no precisamente promotor de las ideas de la economía de libre mercado -todo lo contrario-, publicaba una nota en la que abordaba este drama, titulada: «Suecia en caída libre hacia el aburrimiento».

El documental, titulado La teoría sueca del amor (2015) y dirigido por el cineasta ítalo-sueco Erik Gandini no se limita a describir el presente de la situación social sueca sino que rastrea los orígenes de este abismo de soledad y abulia que invade a buena parte de la sociedad. Es aquí donde podemos observar que la respuesta fácil y perezosa que consiste en endilgar al supuesto individualismo liberal la raíz de esta situación se revela claramente falsa. El documental desgrana lo que fue el proyecto de familia pergeñado bajo la tutela del primer ministro (socialdemócrata) Olof Palme [2] en los años setenta. En efecto, en 1972 el gobierno sueco elaboró un programa de gobierno titulado «La familia del futuro: una política socialista para la familia», que se constituyó en un auténtico manifiesto en el que se establecían las directrices de la política estatal para lograr una familia «nueva». El programa buscaba independizar al individuo de los lazos familiares. En efecto, el programa establecía la independencia o autonomía como un derecho humano fundamental: el individuo es un ser autónomo y puede, si así lo quiere, tener una familia pero puede liberarse de «las cargas familiares», que generan dependencia. De este modo, el individuo sueco tendría la «libertad» para definirse solo por las relaciones reales que quisiera establecer mientras que el estado tutelaría y se haría cargo de las otras relaciones que el individuo considerase «gravosas». Un principio fundamental (muy discutible y que revela la escasa profundidad antropológica y ética) de esta concepción consiste en asumir que las «interacciones» se basan en la «independencia».

Veamos un caso concreto: si una mujer se encuentra en pareja con un hombre y depende económicamente de éste, ¿se puede decir que se trata de una relación verdaderamente voluntaria? ¿no supone, acaso, esta dependencia económica una limitación a la voluntariedad de la relación? Según las líneas del manifiesto una relación de este tipo no sería auténticamente voluntaria; de ahí que el estado deba intervenir para dotar de los recursos económicos necesarios para dar mayor «independencia» a los miembros de esa relación. El principio de acción es muy simple: cada ser humano debe sentirse un ser autónomo y no como un apéndice de su tutor, cuidador, pareja o progenitor. Así de sencillo…, el clásico y falaz aut aut que no deja margen para una solución superadora. Para lograr este afán de independencia, auténtico ideal de vida que la clase política insufló en la ciudadanía sueca, debía ser posible generar las condiciones económicas y sociales que ofrecieran la sostenibilidad, de modo que solo se cultivaran relaciones «genuinamente auténticas». Demasiado bueno para ser verdad…, en verdad, demasiado destructivo por no ser ni bueno ni verdadero, y condenado a no durar.

Pasados más de cuarenta años de la aplicación de las políticas sociales inspiradas en el manifiesto, la realidad es que la mitad de la población sueca vive sola y que, según un estudio de la Cruz Roja sueca, el 40%, además, afirma sentirse solo. Y, respecto de la relación entre hombres y mujeres, el ideal de independencia no se detuvo simplemente en la independencia económica. Las mujeres suecas son las mejores clientas de los bancos de esperma existentes. Cryos, el banco de esperma más grande del mundo se encuentra en Dinamarca, y desde allí envía el líquido seminal con un sistema que permite una «aplicación casera» a los distintos domicilios de Suecia. La demanda de los «baby vikings», como se les conoce, supone un mercado en rápido crecimiento.

Esta silenciosa pero radical transformación de la sociedad sueca no pasa desapercibida a los ‘outsiders’, quienes también padecen las consecuencias de la transformación en el modus vivendi. Se calcula, por ejemplo, que los refugiados que arriban a Suecia tardan una media de siete años en encontrar trabajo y que las pocas relaciones de amistad que logran establecer son principalmente con ciudadanos no suecos. La pregunta común y frase hecha que suelen hacer muchas personas cuando arriban a Suecia es «¿pero dónde están los suecos?»

Cualquier persona medianamente sensata puede intuir lo perverso de todo el asunto y la manipulación que ha debido ejecutar la acción gubernamental sobre nociones básicas como la voluntariedad, la autonomía, la independencia, e incluso sobre la misma noción de relación humana, para llegar a este estado de cosas. Conviene volver una y otra vez al magistral texto de Joseph Ratzinger,«La libertad y la verdad» [3] donde supo intuir qué se esconde detrás de este ideal de autonomía radical, al tiempo que desgrana la estructura antropológica fundamental del ser humano como un ser-de, ser-para y ser-con, único ámbito desde el que se puede ser verdaderamente libre y responsable. Es desde esta estructura antropológica fundamental desde donde el hombre puede sentirse verdaderamente realizado. Se trata de un texto profético, no en vano bebe en la tradición del pensamiento clásico y cristiano, que señala la importancia de la amistad como virtud intensiva, indispensable para tener una vida auténticamente humana. En efecto, aunque uno alcanzara las cimas de la contemplación, no sería verdaderamente feliz si no tuviera un amigo (Cicerón, Francisco de Vitoria). La sociedad sueca diseñada por la tecnocracia socialdemócrata no supo intuir lo que se perdería si se perdía la sana y genuina interdependencia entre los seres humanos. En una entrevista que se puede observar en el documental, el sociólogo de origen polaco Zygmunt Bauman afirma: «Los suecos han perdido las habilidades de la socialización. Al final de la independencia no está la felicidad, está el vacío de la vida, la insignificancia de la vida y un aburrimiento absolutamente inimaginable». Y un sueco, testigo privilegiado de todo esto da en la clave del problema al afirmar: «Que el estado de bienestar se esté haciendo cargo de nosotros, ese es el problema. Deberíamos estar cuidándonos entre nosotros» [4].

Ludwig von Mises

Ludwig von Mises

Además, lamentablemente, el manifiesto no es fruto de una idea un tanto alocada de un actor político concreto sino que obedece a la lógica interna de la visión socialista-marxista de la sociedad. Ludwig von Mises no es un autor libre de errores y se pueden cuestionar muchos de sus implícitos antropológicos, no obstante en este asunto, supo intuir con una agudeza casi profética la radical inquina que la cosmovisión socialista tecnocrática manifiesta sobre la concepción de la familia como institución natural. Ahí están sus casi ignorados Socialismo (primera edición 1922) y La acción humana (1949) para el que desee explorar el tema. Ya en el primero de los textos citados von Mises supo ver la íntima relación entre una economía planificada, un estado tecnocrático y el inevitable avance de ingeniería social que actúa erosionando la institución familiar:

«Proposals to transform the relations between the sexes have long gone hand in hand with plans for the socialization of the means of production (…). Marriage is to disappear along with private property. (…) Socialism promises not only welfare-wealth for all-but universal happiness in love as well» [5].

Deseo insistir en que, como se puede observar, el marco conceptual desde el que se buscó dar impulso al individualismo no tuvo ni tiene nada tiene que ver con las bases morales de una economía de libre mercado, sino que obedeció al impulso más básico de la tecnocracia de corte socialista que pretende mediante la ingeniería social definir «de arriba a abajo» el modo en que se debe desarrollar la vida social. Es realmente lamentable la errónea puntuación de causa y efecto que muchas personas religiosas suelen hacer al señalar el individualismo como un efecto de un sistema económico libre cuando, con análisis y estudio sereno, se puede descubrir una y otra vez que gran parte del comportamiento individualista de las sociedades avanzadas obedece a medidas más o menos tecnocráticas llevadas a cabo por el poder gubernamental sobre la sociedad civil. En otra ocasión ya he mencionado la noción de «individualismo delegatorio», que considero fundamental para llevar a cabo un análisis de la vida social de mayor calado y que, tal vez, sea indispensable para leer adecuadamente los males y los signos de nuestro tiempo.

Con afán un tanto provocador, G. K. Chesterton gustaba decir que la familia es una organización «anárquica» (algo que a veces pienso cuando regreso por las noches a mi hogar y veo lo que mis hijos han hecho en el salón). En verdad, con ello señalaba un punto fundamental: en rigor se refería a que no hacía falta un acto gubernamental para que esta cobre existencia y subsista. Se trata de la clásica bipolaridad aristotélica por la que al tiempo que el hombre es un zoón politikón, es un ser «más conyugal que político», es decir, la polis se constituye por familias, que son el soporte y constituyen la base moral pre-política de la vida cívica. Se trata, paradójicamente, de una convicción que hoy apenas sobrevive en buena medida entre algunos pensadores de la tradición liberal clásica, esa que frecuentemente es tan denostada por algunos defensores de la familia, férreos antiliberales. Sería bueno que viajaran a Suecia o que al menos se tomaran un momento para ver el documental citado. Tal vez llegarían a identificar adecuadamente la verdadera amenaza que se cierne sobre la familia hoy en día.

En síntesis, el elixir de una sociedad de individuos (y no de familias, comunidades intermedias, etc.) profundamente aislados entre sí, en donde destaca en un primer puesto claro el individualismo secularizado sueco, como bien muestra el WVS – World Values Survey en su última edición (véase el cuadro nº 1 al final del texto), no ha sido creado por supuestas fuerzas ciegas de una economía de libre mercado. Por el contrario, ha sido causado por la planificación tecnocrática de corte socialista -advertido por Mises hace casi 100 años [6]-, de rechazo radical al carácter socialmente interdependiente de la vida humana, tal como reconoce y acoge la cosmovisión cristiana y la tradición liberal clásica. Celebro la presentación de este documental que ha agregado otro bit de información en esa ingente tarea que supone enseñar que la obsesión o «ideal» por la independencia y la autosuficiencia, y su maridaje con un estado de bienestar que debería de proveer todas las necesidades físicas y materiales termina generando anomia social, apatía, soledad y, en última instancia, alienación y pérdida de sí. Es fundamental que las personas con juicio crítico y una visión trascendente de la vida sepan advertir los agujeros negros existenciales que se generan en la actualidad e identifiquen adecuadamente las causas de estos agujeros.

Cuadro nº 1: Comparación de los valores humanos según dos ejes[7]

EJE VERTICAL INFERIOR: PREPONDERANCIA A VALORES TRADICIONALES.

EJE VERTICAL SUPERIOR: PREPONDERANCIA A VALORES RACIONALES SECULARIZADOS.

EJE HORIZONTAL IZQUIERDO: PREPONDERANCIA A VALORES DE SUPERVIVENCIA.

EJE HORIZONTAL DERECHO: PREPONDERANCIA A VALORES DE EXPRESIÓN DEL PROPIO SELF.

[1] von Mises, Ludwig, «The Social Order and the Family», en Socialism. An Economic and Social Analysis, New Haven, Yale University Press, 1951 (first edition 1922), p. 101.

[2] Palme fue una figura controvertida de la política doméstica e internacional; entre otras cosas posee el dudoso mérito de haber sido el primer jefe de gobierno occidental en visitar Cuba luego de la revolución castrista, y dio un discurso en Santiago de Chile, alabando los procesos revolucionarios de Cuba y Camboya. Aunque socialdemócrata, no se trataba de una figura especialmente moderada.

[3] Véase, Ratzinger, Joseph, «La libertad y la verdad», en Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo, Salamanca, Sígueme, 2003, pp. 200-222.

[4] «That the social welfare state is taking care of us is the problem. We should be taking care of each other».

[5] von Mises, Ludwig, Socialism, p. 87.

[6] «Free love is the socialist’s radical solution for sexual problems. The socialistic society abolishes the economic dependence of woman which results from the fact that woman is dependent on the income of her husband (…). Public funds provide for the maintenance and education of the children, which are no longer the affairs of the parents but of society. Mating ceases to found the simplest form of social union, marriage and the family. The family disappears and society is confronted with separate individuals only». von Mises, Ludwig, Socialism, p. 101.

[7] Fuente: http://www.worldvaluessurvey.org.

Fuente: expansion.com

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Sobre la economía socialista

diciembre 24, 2017

Una guía para principiantes sobre la economía socialista

Marian L. Tupy explica las principales razones por las cuáles la economía socialista fracasa: bloqueo del sistema de precios, incentivos perversos, entre otras.

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En estos últimos años me ha tocado hacer varias presentaciones a alumnos de colegios y universidades sobre la importancia de la libertad económica y de la amenaza persistente que representa el socialismo —como se puede observar, por ejemplo, en el reciente colapso económico de Venezuela. Un problema que he encontrado es que los jóvenes, hoy en día, no tienen una memoria personal sobre lo que fue la Guerra Fría, ni mucho menos un entendimiento de lo que fue la organización social y económica del bloque soviético, aspectos que no son priorizados o son ignorados por los programas educativos estadounidenses. Por esta razón he escrito una guía básica de la economía socialista, basada en mi propia experiencia creciendo en un país bajo un régimen comunista. Espero que este ensayo —tal vez un poco más largo— sea leído por muchos “millennials”, quienes frecuentemente son atraídos hacia ideas fracasadas de tiempos pasados.

Como un niño, creciendo en la Checoslovaquia comunista, por muchos años, pasaba caminando por un edificio en construcción que tenía como destino transformarse en un centro de salud o una clínica. La construcción de este edificio pequeño con forma de cuadrado era muy lenta y bien descuidada. Partes de la estructura se caían a pedazos incluso mientras el resto del edificio seguía construyéndose.

Recientemente volví a Eslovaquia. Un día, mientras manejaba a través de la capital, Bratislava, pude notar que un nuevo barrio se había desarrollado sobre una colina en la que dos años atrás no existía nada. Este enorme desarrollo de casas modernas y hermosas contaba con excelentes calles y un gran supermercado. Este nuevo barrio proveía hogares, privacidad y seguridad a cientos de familias.

¿Cómo puede ser posible para una empresa privada, planificar, construir y vender un vecindario completo en menos de dos años pero para un planificador central comunista imposible construir un edificio pequeño en casi una década?

Una parte importante de la respuesta yace en los “incentivos”. La empresa que construyó este vecindario en Eslovaquia no lo hizo por amor a la humanidad. Esta compañía desarrolló el proyecto, porque sus dueños (accionistas o inversores) buscaban obtener utilidades. Tal como lo expresó en 1776 Adam Smith, el padre fundador de la economía, “No es por la bondad del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

En un mercado que funciona de forma normal, es raro encontrar sólo una empresa que provea un tipo de producto o servicio. Las personas que compraron casas en el barrio que mencioné anteriormente, no estaban forzadas ni obligadas a hacerlo. Podrían haber comprados otras casas hechas por otros constructores en otras partes de la ciudad y probablemente a precios distintos. La competencia, en otras palabras, fuerza a los inversores (los capitalistas) a ofrecer productos mejores a precios más competitivos —un proceso que nos beneficia a todos.

Los comunistas se oponían tanto al lucro como a la competencia. Ellos veían al lucro como innecesario e inmoral. Desde su perspectiva, los capitalistas no trabajaban en un sentido convencional. El verdadero trabajo de construir puentes y de trabajar la tierra era hecho exclusivamente por los trabajadores. Los capitalistas simplemente se metían al bolsillo los excedentes de la compañía una vez que a los trabajadores se les había pagado el salario. En otras palabras, los comunistas creían que la clase capitalista explotaba a la clase trabajadora —y eso era incompatible con su objetivo de una sociedad igualitaria y sin clases.

Pero los capitalistas no son ni inmorales ni innecesarios. Por ejemplo, los capitalistas muchas veces invierten en nuevas tecnologías. Empresas que han revolucionado nuestras vidas como Apple o Microsoft, recibieron su financiamiento inicial de inversores privados. Dado que es su propio dinero el que está en juego, los capitalistas tienden a hacer un mejor trabajo en identificar las buenas oportunidades de inversión que el que hacen los burócratas del Estado. Es por esta razón que las economías capitalistas, y no las comunistas, son líderes en innovación y progreso tecnológico.

Más aún, invirtiendo en nuevas tecnologías y creando nuevas empresas, los capitalistas son capaces de proveer a los consumidores con una variedad abrumadora de productos y servicios, de crear empleo para miles de millones de personas y de contribuir con billones de dólares (“trillions” en inglés) al ingreso fiscal. Por supuesto que toda inversión involucra un nivel de riesgo. Los capitalistas solo cosechan grandes beneficios cuando invierten sabiamente. Cuando hacen malas inversiones, los capitalistas muchas veces deben enfrentarse a la ruina financiera.

Desafortunadamente, los comunistas no compartían la visión anterior y prohibieron la inversión privada, la propiedad privada, la toma de riesgos y el lucro. Todas las empresas privadas grandes que están en manos de privados, como las fábricas de zapatos y las siderurgias fueron nacionalizadas. La gran mayoría de pequeñas y medianas empresas, como almacenes de alimentos y granjas familiares fueron también expropiadas por el Estado. Sus dueños, rara vez recibieron compensación alguna. Todos se transformaron en trabajadores y todos trabajaban para el Estado.

Para prevenir nuevas desigualdades de ingreso y que se formen nuevas clases sociales, todos fueron pagados más o menos de la misma manera. Esto resultó ser un gran problema. Como las personas no podían ganar más cuando se esforzaban más en el trabajo, no se esforzaban más. Los comunistas trataron de motivar o incentivar a la fuerza laboral a través de la propaganda. Afiches y posters de trabajadores fuertes y determinados eran instalados por todas partes dentro del Imperio Soviético. Películas sobre los abnegados trabajadores de las minas y las granjas se proyectaban para inculcar a la población el fervor socialista.

La propaganda por sí sola no era capaz de aumentar la productividad de los trabajadores comunistas a los niveles del mundo occidental. Para incentivar a la fuerza de trabajo, los regímenes comunistas hicieron uso del terror. Los trabajadores que eran sorprendidos vagando en el trabajo muchas veces eran denunciados por sabotaje y eran fusilados. Comúnmente eran enviados a los Gulag —un sistema de campos de trabajo forzado. Algunas veces, las autoridades arrestaban y castigaban a personas inocentes a propósito. El terror arbitrario, los comunistas creían, harían que los trabajadores sean más productivos.

Al final, decenas de millones de personas en la Unión Soviética, China, Camboya y otros países comunistas fueron enviados a campos de concentración. Las condiciones de vida y de trabajo en estos campos de concentración eran inhumanas y millones de personas perdieron su vida en ellos. Mi tío abuelo, quien fue acusado y condenado por ser partidario de la oposición democrática y clandestina en la Checoslovaquia comunista, fue enviado a trabajar en las minas de uranio para proveer al programa soviético de armas nucleares. Trabajando sin protección alguna contra la radiación, murió de cáncer.

Para fines de los ochenta, los regímenes comunistas habían perdido gran parte de su fervor revolucionario. El terror y el miedo venían en declive y la productividad se desplomaba aún más. Así fue que hacia finales de los ochenta, un trabajador industrial promedio de Europa Occidental era casi ocho veces más productivo que su par polaco. En otras palabras, con el mismo tiempo y con los mismos recursos que un trabajador polaco producía $1 en valor de productos, su contraparte de Europa Occidental era capaz de producir $8 en valor de productos.

Conforme reemplazaron el fin de lucro con la propaganda y el terror, también reemplazaron la competencia con la producción monopolística. Bajo el capitalismo, las empresas compiten para atraer clientes bajando los precios y mejorando la calidad. Así es como un joven hoy puede elegir entre jeans hechos por Diesel, Guess, Calvin Klein, Levi´s, entre muchos otros.

Los comunistas pensaban que dicha competencia era tanto innecesaria como irracional. En su lugar, los países comunistas solían tener un productor monopólico de autos, zapatos, lavadoras, etc. Pero los problemas surgieron rápidamente. Dado que en los países comunistas los productores no tenían que competir contra alguien, no tenían ningún incentivo para mejorar sus productos. Compare, por ejemplo, el BMW 850 que se fabricaba en Alemania Occidental en 1989 con el Trabant que era fabricado en Alemania Oriental en el mismo año.

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Los fabricantes comunistas eran protegidos de competir localmente debido a que tenían un monopolio. También eran protegidos de la competencia extranjera mediante prohibitivamente altos aranceles e incluso la prohibición total de importaciones. Dicho de otra forma, los fabricantes tenían una base “cautiva” de consumidores. El fabricante de los autos Trabant no tenía que preocuparse de perder clientes, dado que los clientes no tenían a quién más comprarle automóviles.

Además, los trabajadores de la planta de autos Trabant recibían una remuneración fija e invariable, sin importar la cantidad de autos que produjeran. Como resultado, producían menos autos de los que se necesitaban. Las personas en Alemania Oriental debían esperar años, incluso décadas, antes de poder comprar un automóvil. De hecho, la escasez de la gran mayoría de productos de consumo, desde productos importantes como automóviles hasta los mundanos como el azúcar, era ubícua. Hacer fila se volvió parte del diario vivir.

oferta y demanda precioEn el capitalismo, la escasez se regula a través de los movimientos de los precios. Algunos precios, como por ejemplo el de las monedas que se transan globalmente, cambian virtualmente cada segundo. Otros precios cambian más lentamente. Si existe escasez de frutillas, por ejemplo, su precio aumentará. Como resultado, menos personas podrán comprar frutillas. De esta manera, las personas que valoran más las frutillas y están dispuestas a pagar el precio más alto siempre podrán obtenerlas.

El movimiento de los precios comunica información muy importante a los capitalistas. Los capitalistas invierten su dinero en aquellas oportunidades de negocios que son más rentables. Si el precio de algo está subiendo, quiere decir que no se está produciendo de eso lo suficiente. Los inversionistas se precipitan invirtiendo capital nuevo, esperando obtener ganancias. La producción aumenta. Así la economía en general tiende a un “equilibrio” o a un punto en el que el capital es distribuido en forma bastante aproximada a donde éste se necesita.

Los precios son una fuente de información fundamental, pero, ¿de dónde vienen? En una economía capitalista o de libre mercado, nadie establece o fija los precios. Estos surgen de manera “espontánea” en el mercado. Cada vez que compro una taza de café cuando voy al trabajo, por ejemplo, estoy incrementalmente subiendo el precio del grano de café. Cada vez que dejo de comprar mi taza de café, porque voy atrasado al trabajo, le bajo el precio en una cantidad pequeñísima. Si todos dejáramos de tomar café al mismo tiempo, el precio colapsaría.

Los comunistas prohibieron el lucro, los capitalistas, la competencia, el libre comercio y mucha de la propiedad privada (si no toda)  —todo lo cual es necesario para que los precios precisos puedan surgir. Al contrario, decenas de millones de precios para productos desde tractores hasta un pedazo de pan eran fijados anualmente (o cada ciertos años) por burócratas del Estado. Dado que no podían predecir con precisión cuanto pan se debía producir (la oferta) ni tampoco cuanto pan se iba a consumir (la demanda), estos burócratas casi siempre se equivocaban en fijar los precios.

La fijación de precios asociada con la baja productividad hacían que la escasez fuera peor. Si el precio de la harina se fijaba muy alto, las panaderías harían muy poco pan y así el pan desaparecería de las tiendas rápidamente. Si el precio de la harina se fijaba muy bajo, se haría demasiado pan y gran parte de este terminaría echándose a perder. Dicho de otra forma, las economías comunistas eran muy ineficientes.

Para complicar aún más las cosas, los comunistas algunas veces fijaban mal los precios a propósito. El precio de la carne, por ejemplo, se mantenía bajo año tras año solamente por consideraciones políticas. Los precios bajos creaban una ilusión de que los productos eran asequibles. En viajes al exterior, usualmente los oficiales comunistas se llenaban la boca diciendo que los trabajadores en el Imperio Soviético podían comprar más carne y otros productos alimenticios que sus contrapartes occidentales. La realidad era que las tiendas generalmente estaban vacías. Como consecuencia, el dinero tenía un uso limitado. Para poder sortear la escasez, muchas personas en países comunistas recurrieron al trueque de bienes y favores (servicios).

Bajo el comunismo, el Estado era dueño de todos los medios de producción, como las fábricas, las tiendas y las granjas. Para poder tener algo con que hacer trueque primero se debía “robar” al Estado. Un carnicero, por ejemplo, robaba carne y la cambiaba por verduras que el verdulero había también robado. El proceso era ineficiente, pero también corrompía la moral. Mentir y robar se volvieron algo normal y la confianza entre las personas se deterioró. Lejos de motivar la hermandad entre las personas, el comunismo hizo que las personas sospecharan unas de otras y fuesen más resentidas.

Desde luego que no todos fueron afectados de la misma forma por la escasez. Los oficiales del gobierno y sus familias generalmente evitaban las dificultades diarias que el resto vivía, ya que tenían acceso a tiendas, colegios y hospitales especiales. El comunismo comenzó como un movimiento que buscaba mayor igualdad. En realidad, fue un retorno al feudalismo. Como las sociedades feudales, las sociedades comunistas tenían una aristocracia compuesta por los miembros del Partido. Como las sociedades feudales, las sociedades comunistas tenían una población de sirvientes prácticamente sin derechos y con muy poca posibilidad de movilidad social. Tal como las sociedades feudales, éstas se mantenían a través de la fuerza bruta.

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Muchas veces me preguntan cómo estas sociedades lograron mantenerse por tanto tiempo si eran tan ineficientes. Parte de la respuesta se debe a la fuerza bruta con la cual los comunistas se mantenían en el poder. También se explica por el surgimiento de contrabandistas que hicieron que la economía pudiera fluir un poco mejor. Por ejemplo, cuando a una fábrica comunista de zapatos se le acababa el pegamento, el gerente de la fábrica llamaba a su “contacto clandestino” del mercado negro. Este contacto lograba contrabandear de una fábrica de pegamento o del extranjero el pegamento. El contrabando era ilegal, evidentemente, pero muchas veces era mejor (o más eficiente) que tratar con la burocracia gubernamental, lo que podría haber tomado años. Por lo tanto, la longevidad del comunismo se debió, en parte, al surgimiento de un pseudo mercado de bienes y favores (servicios).

—Este artículo fue publicado originalmente en CapX (EE.UU.) el 16 de septiembre de 2016.

Fuente: elcato.org


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