Tesoros ocultos de la corrupción K

junio 16, 2016 · Imprimir este artículo

“La burra”: tesoros ocultos de la corrupción K

El furor kirchnerista por la plata “física” multiplicó las fortunas enterradas o escondidas por ex funcionarios o empresarios asociados al Estado.

Por Claudio Savoia.

La salida de José López de la Fiscalia de General Rodríguez, ayer. Foto: David Fernandez

La salida de José López de la Fiscalia de General Rodríguez, ayer.

Mina. Trucho. Pollerudo. Buchón. Patovica. Son algunos de los cientos de términos que sólo cobran sentido en la Argentina, más precisamente junto al Río de la Plata. Pues bien, el diccionario de argentinismos –aceptado en su particularidad por la Real Academia Española– ya podría incorporar una nueva creación local: “la burra”. Así le dicen al dinero en efectivo producto del cobro de coimas u otros mecanismos de corrupción, en la jerga cotidiana de los funcionarios, empresarios y agentes de inteligencia habituados a esos oscuros menesteres.

“La burra” puede corporizarse en bóvedas, cajas de seguridad, bolsos, valijas, baúles de autos, entrepisos y dobles paredes disimuladas en estancias y propiedades –varios ex funcionarios kirchneristas y algún sindicalista importante desarrollaron la singular técnica de acondicionar espacios especiales en los huecos de los ascensores, entre los resortes–; ayer se sumó un nuevo depósito a la lista de guaridas: conventos de monjas de clausura. La imaginación todo lo puede.

nestornauta 02La predilección de Néstor Kirchner por “el físico” –otro término cuyo nuevo significado los argentinos aprendimos a comprender gracias al profesor Leonardo Fariña– creó una cultura del acopio de dinero en efectivo infrecuente aún entre los políticos más corruptos, y que derramó en el comportamiento de muchos de sus colaboradores y allegados, tanto funcionarios como empresarios o contratistas. Así fue que desde 2003 se multiplicaron las “burras”, su magnitud creció de forma exponencial y proliferaron los portadores de billetes.

lavado de dinero 17Debería estar prohibido por lo fácil –pero es fatalmente inevitable– acudir a las novelas de piratas y tesoros como analogía para los trasiegos de la “nueva política” que buscó inaugurar la prodigiosa casta de brahmanes kirchneristas. Ni Sandokan, su fiel lugarteniente Yáñez –piratas de la Malasia en la imaginación de Emilio Salgari– o Billy Bones, el protagonista de “La isla del tesoro”, habrían soñado con un suelo agujereado por todos lados para enterrar fortunas, como ocurrió en la Argentina K.

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Excavadoras y perros sabuesos de dólares husmearon en Santa Cruz, Chubut, Jujuy –recordemos la exposición de valijas de Milagro Sala dispuesta ante los canes especializados– y ahora también en las adyacencias de un monasterio bonaerense, alimentan el pánico de muchos ex funcionarios y la codicia de los ladrones. De los otros ladrones.

Policías, gendarmes y sobre todo espías cuentan historias tan apasionantes como incomprobables sobre supuestos mejicaneos a distintas “burras” conocidas o sospechadas. Una de ellas habla de un grupo de falsos militantes camioneros que hace unos años golpearon las puertas de una sede gremial con la supuesta intención de guardar bombos y banderas: franqueada la puerta, los visitantes redujeron al eventual portero y se dirigieron sin desvíos al escondite de la plata.

Otra leyenda es más sofisticada: los ladrones habrían alquilado el piso de abajo del departamento de la familia Kirchner en Recoleta –el mismo en cuyo balcón Cristina bailoteó hace dos meses– y con sumo profesionalismo hicieron un agujero en el techo del tamaño suficiente como para que una persona pudiera pasar, buscar varios bolsos grandes de marca Hugo Boss rellenos con billetes y huir por el mismo pasadizo para dejar abandonado el departamento. Los juglares ubican este cuento en tiempos en que aún vivía Néstor, quien habría multiplicado sus maldiciones cuando comprobó que todos los papeles del alquiler eran falsos.

En los últimos meses, sin embargo, el país de las “burras” ofrece otra curiosidad: el tránsito inverso de paquetes. Asustados por el despertar judicial, muchos de sus tenedores circunstanciales los devolvieron o rechazaron.

Fuente: Clarín, 15/06/16.


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