¿Quién cuidará al abuelo?

noviembre 12, 2017 · Imprimir este artículo

Y ahora, ¿quién va a cuidar a los abuelos?

Aumentó la expectativa de vida y la medicina permite un envejecimiento activo, con la posibilidad de seguir en casa para el adulto mayor. ¿Pero a quién debería dejar entrar la familia para que lo cuide?

Y ahora, ¿quién va a cuidar a los abuelos?

Los adultos mayores siguen siendo sujetos con derecho a protagonizar su vida.
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Además de administrar personalmente los tres geriátricos que abrió en Buenos Aires hace cinco décadas junto con su marido, hasta hace poco Virtudes F. iba sola al supermercado y volvía a su casa cargando dos bolsas llenas de provisiones. Sólo después de sufrir un trastorno cardiovascular que la obligó a bajar el ritmo, aceptó contratar una empleada con cama adentro para que la acompañe por las noches. “No puedo quedarme sin hacer nada. Lo intento, pero no puedo. Tener ocupada la cabeza te obliga a no pensar tonterías. Hay que hacer, moverse, trabajar hasta el último minuto. Eso es lo que te mantiene vivo”, advierte esta gallega guapa de 92 años y memoria prodigiosa, que –a pesar de que sus hijas siempre se ofrecen a ayudarla– sigue ocupándose personalmente de los trámites bancarios de la empresa familiar.

La suya es de esas tantas excepciones que últimamente son noticia: personas longevas que se conservan en impecable estado físico y mental, como la nonagenaria actriz y conductora Mirtha Legrand, por citar un caso conocido. “No hay día en que la llame por teléfono y ella no me diga ‘bueno, te corto Marce, tengo que lavarme la cabeza para salir’”, contaba su hija recientemente, a propósito del cumpleaños de la diva de los almuerzos.

El aumento de la expectativa de vida y los avances de la medicina preventiva permitieron a muchos adultos mayores transitar lo que hoy se conoce como un “envejecimiento activo”, evitando o retrasando así la internación en residencias para adultos mayores. Los geriátricos u hogares de ancianos eran hasta hace una década la alternativa inexorable, más allá del grado de dependencia de la persona. Hoy existe una instancia anterior gracias a la profesionalización del cuidador domiciliario, una figura que tarde o temprano se vuelve imprescindible dentro de cualquier familia donde haya abuelos.

“Se necesita ser fuerte y decidido para soportar la parte más delicada de la tarea, que es compartir el último tramo de la vida”.

Personas capacitadas. Los cuidadores no son asistentes ni acompañantes terapéuticos, tampoco enfermeros. Son personas capacitadas para garantizar “la supervivencia social y orgánica de las personas con dependencia, es decir, de aquellas que carecen de autonomía personal y necesitan ayuda de otros para la realización de los actos esenciales de la vida diaria”, según coinciden las definiciones autorizadas.

Actualmente, sólo a nivel oficial, existen en todo el país más de 45.000 cuidadores domiciliarios inscriptos en el Registro Nacional de Cuidadores Domiciliarios implementado dentro del programa que lleva adelante el Ministerio de Desarrollo Social. La mayoría de ellos se formó profesionalmente en los cursos teórico/prácticos que dicta ese organismo y otras instituciones educativas, donde se imparten conocimientos específicos que habilitan para la tarea de atender, evitar situaciones de riesgo y tomar decisiones orientadas a mantener la integridad de adultos mayores, personas con discapacidad y enfermedades crónicas.

Una vida integrada. “Como criterio general, es necesario privilegiar la atención en el domicilio y brindar en la casa y en su ambiente las ayudas necesarias para que la persona continúe en su ámbito familiar y social habitual. En estos casos, la presencia de los cuidadores es importante porque permiten que el anciano lleve una vida integrada. Hoy, el objetivo de la medicina es conservar la autonomía de las personas mayores y prevenir discapacidades para alcanzar una vejez sana, activa e independiente”, explica Enrique Rozitchner, médico psiquiatra y psicoanalista ex coordinador de Psicogeriatría de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). De ese modo, se refiere a que el ámbito familiar y social contribuye a la salud física y también anímica.

“Los factores sociales y psicológicos son de suma importancia para evitar la soledad y el aislamiento. Un factor importante es la salud mental por las limitaciones que traen, por ejemplo, trastornos como la depresión. Por eso, el apoyo de amistades, la familia y las actividades recreativas son un soporte importante para conservar la salud y la autonomía. Con todo esto quiero señalar la importancia de prevenir la institucionalización de las personas mayores, reservándolos únicamente a los casos de deterioro avanzado de las funciones”, agrega el Dr. Rozitchner.

Vivir en Casa. Según cálculos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a mediados del siglo XXI se duplicará la población de individuos mayores de 60 años debido a la caída de las tasas globales de fertilidad. Ya el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas realizado en 2010 en la Argentina indicaba que, en ese momento, en la ciudad de Buenos Aires había 626.1861 mayores de 60, lo que representaba el 21,7 por ciento de la población urbana.

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“Las últimas investigaciones dicen que las personas mayores están bien y resuelven su vida cotidiana sin grandes problemas. En algunos casos, que aproximadamente el 5 por ciento de la población mayor tiene algún tipo de acompañamiento que, por lo general, lo proporciona un auxiliar gerontológico o una persona de servicio doméstico que cumple con la función de cuidado. De la población general, sólo un 2 por ciento se encuentra en internación geriátrica”, explica Julieta Oddone, coordinadora del Programa Envejecimiento de Flacso Argentina.

“Hace unos años hicimos un trabajo tomando una muestra representativa de la ciudad de Buenos Aires y eso arrojó, entre otros datos, que cerca del 1 por ciento de los que viven en hogares son personas en situación de pobreza, sufren enfermedades graves o no tienen familia. En esos casos, la institucionalización es un camino porque les mejora la calidad de vida, por eso no hay que demonizar el geriátrico. Eso no es conveniente. Si bien hay buenos y malos, a veces es la única salida, la única solución”, puntualiza.

Según cálculos de la ONU, a mediados del siglo XXI se duplicará la población de individuos mayores de 60 años debido a la caída de las tasas globales de fertilidad.

Cuidados especiales. La medicina moderna ha logrado que ciertas lesiones y patologías antes consideradas mortales ahora se traten como enfermedades crónicas, por lo tanto el paciente precisa cuidados especiales y permanentes. No obstante, cuando alguien ya no puede realizar por sí mismo el conjunto de actividades diarias básicas como levantarse de la cama, trasladarse, alimentarse, vestirse, higienizarse y manejar dinero, la familia debe asumir que necesita ayuda profesional. La búsqueda de personal idóneo, honesto y responsable suele ser un dolor de cabeza, pero la empatía, los conocimientos y el compromiso serán claves a la hora de elegir el cuidador adecuado. “El principal requisito para este trabajo es poner el corazón. De lo contrario, aunque uno lo intente, no se puede”, dice Lucila Fernández, que de lunes a viernes cuida a una mujer joven con una discapacidad mental y los fines de semana acompaña a una señora de 82 años que vive sola en una casa y no tiene familia directa.

Hace un tiempo, movilizada por su vocación, cursó la Diplomatura en Cuidados Domiciliarios e Institucionales que dicta la AMIA. “No es lo mismo atender a una persona enferma que a una sana. Esa es una primera gran diferencia. Hay que conocer las características de la patología para poder darle la atención que requiere el caso, tener mucha más paciencia, y sobre todo desarrollar la empatía. Los abuelos se enojan con la familia porque se sienten inválidos, e invadidos por un extraño que entra a su casa y que les toca sus cosas. No quieren reconocer que necesitan ayuda, ésa es una de las constantes en estos casos. La señora que cuido los sábados se puso mal al principio. Ahora nos llevamos bien. Pero no fue fácil. Voy los sábados cinco horas; en ese tiempo charlamos, me cuenta sus cosas, paseamos, tomamos la merienda, me fijo si tomó sus remedios, y así pasamos un rato agradable. Ahora hice un curso de acompañante terapéutico en la Universidad, y quiero seguir aprendiendo”, comenta.

Fuerza y decisión. Para Adelina Vásquez, experta en cuidar adultos muy mayores, además de paciencia, se necesita ser fuerte y decidido para soportar la parte más delicada de la tarea, que es compartir el último tramo de una vida. “Hay gente muy mayor viviendo sola en su casa, sin familia, abandonados. Se ven situaciones muy tristes. Hasta hace poco cuidé a una señora de 97 años y, antes, una de 100 y otra de 99. En esos casos hay que vigilar su higiene, mantener limpio su ambiente, que se alimenten y no se deshidraten, darles su medicación y escucharlos mucho. Siempre están recordando su pasado, las historias de su familia. Hice varios cursos sobre cuidados y realmente fueron útiles en la teoría, pero al final sólo es cuestión de amor. Lo único que funciona es el cariño. Y uno también se familiariza con la persona, comparte vivencias. Cuidé a una señora durante cuatro meses. Un día que no estuve se cayó, y la familia decidió ponerla en un geriátrico, y ahí murió por deshidratación. Fue al poco tiempo. Uno tiene que desarrollar el autocontrol para no sufrir y poder seguir ayudando. Hay que olvidarse de uno para poder dar. De eso se trata, nada más”, concluye.

Fuente: Clarín, 12/11/17.

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